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—¿De qué conoces a esos machitos? —pregunta Brenda en mi oído.
Yo tengo la vista fija en el trajeado que mira hacia aquí desde la calle antes de cruzar la calzada y entrar en su edificio.
—El que acaba de entrar por la puerta de ese edificio es mi mayor pesadilla —bufo, confundida.
El día ha sido largo y no hay nada como darme una ducha y salir para olvidarme un poco del trabajo. De mis problemas. Y de cierta mujercita que está poniendo mi casa patas arriba.
Salgo de mi dormitorio tras vestirme, tengo pensado ir al Seduction y pasarlo bien un rato. Por lo que, cuando paso por el salón y veo la cabeza rubia de Celeste asomar por el borde del respaldo del sofá, no me detengo a despedirme.
Nuestro inicio no fue bueno, pero su estancia aquí está siendo complicada y cada día es más difícil.
Sobre todo desde aquella mañana en la puerta de la librería.
He de admitir que fui un auténtico capullo.
Pero, en mi defensa, diré que ella no está siendo una dulzura conmigo. Eso lo deja para Charles.
«Pero ¿qué? Para el carro, tío».
Frustrado, arranco el motor de mi Aston Martin y me pongo en camino hacia el Seduction. Allí me olvido de todo por unas horas y siempre lo agradezco. Tardo casi una hora en llegar, teniendo en cuenta que no vivo en el centro de la ciudad y que el local está a las afueras.
Cuando llego, dejo el coche en una de las plazas libres de los aparcamientos subterráneos y subo hasta el bar en el ascensor.
Arriba suena la música ambiente. El Seduction es un sitio muy exclusivo y se palpa en cada rincón.
Es elegante, privado y lujoso. Saludo a varias personas al cruzarme con ellas hasta que me siento frente a la barra.
Hago un gesto a una de las camareras y, fruto de ser quien soy y del tiempo y los años que llevo viniendo aquí, enseguida saben qué voy a tomar.
Una copa de Johnnie Walker Blue Label aparece ante mí en muy poco tiempo, y el sabor amargo en la boca es lo que necesitaba en este preciso momento.
No debería beber, lo sé. Pero hay tantas cosas en esta vida que no se deberían hacer que, por un poco de alcohol esporádicamente, no va a pasar nada. Y, como he dicho antes, he venido aquí a olvidarme de todo.
Observo a mi alrededor en busca de una mujer que llame mi atención para pasarlo bien.
Las hay de todos los aspectos, pero, sobre todo, las hay muy atrevidas.
Lo que me hace pensar en Celeste, no porque ella lo sea precisamente, sino todo lo contrario.
Imaginarme su rostro dulce y su actitud tranquila —aunque debo decir que, por cómo me planta cara, no parece muy pasiva— me provoca varias cosas a la vez que me confunden.
Me cabrea pensar en ella estando aquí cuando he venido a todo lo contrario. Está en el sofá de mi casa viendo cualquier cosa en el televisor, y no debería dedicar ni un segundo de mi momento de paz a pensar en ella.
Bebo dos sorbos de mi copa y me acerco a un grupo de conocidos. Apenas pasan cinco minutos cuando Harriet aparece.
—Buenas noches a todos —saluda con voz dulce.
Los demás la saludamos también y se une a la conversación de negocios que acabábamos de empezar.
—Siempre es un placer verte por aquí —comenta cerca de mí.
La miro unos segundos. Harriet es alta, delgada, elegante, de cabello negro y ojos oscuros. Nada que ver con Celeste. Cojo aire por la nariz con fuerza y doy otro sorbo a mi copa sin apartar la mirada de ella.
—¿Vamos a una habitación? —le pregunto de pronto, bastante interesado en ocupar mi mente con otra cosa.
A Harriet le cambia la mirada y me basta un asentimiento de cabeza para que todo empiece. Se nos une una pareja más. No mantengo relaciones con hombres, pero ambos jugamos con nuestras acompañantes.
Dentro de la habitación, la otra mujer pone música y empieza, junto con Harriet, a desnudarse ante nosotros. Sin acercarse a ninguno de los dos, se marchan al baño, donde se asearán antes que nosotros. Una vez todos estamos listos, comienza la noche.
—Cielito, túmbate en la cama —pide el hombre a su esposa, la cual obedece enseguida.
Observo su desnudez, aunque la luz aquí es tenue.
Todavía estoy vestido, pero empiezo a quitarme la camisa después de unos minutos, observando el juego del matrimonio que tengo delante.
Aquí cada uno tiene sus propias normas. Hay quienes no permiten que otros toquen a sus parejas, o que se haga de todo con ellos.
Y personas que practican BDSM, juego de roles y otros juegos.
Yo solo tengo una norma: no tocarme a no ser que yo lo permita.
No quiero que nadie me bese, ni me acaricie, ni me desnude.
Aquí solo vengo a disfrutar del sexo, no a perder el tiempo con gilipolleces románticas.
Harriet se fija en cada uno de mis movimientos y tengo que demorarme un poco para ver si mi miembro empieza a moverse.
Me centro concienzudamente en su cuerpo desnudo, pensando en todo lo que vamos a hacer en unos momentos.
También observo cómo la mujer de la cama le da placer a su marido.
Con las manos en el botón de mi pantalón chino, la imagen de Celeste asoma en mi mente. «¡Venga ya!».
Sacudo la cabeza varias veces para deshacerme del pensamiento, pero es imposible borrar de mi imaginación su maldita imagen desnuda en medio de esta habitación.
Ahora sí que tenemos actividad ahí abajo.
¡Tiene que ser una puta broma! Todo es culpa de Guzmán.
Por decir eso de que ella es demasiado dulce.
Ahora no dejo de pensar en destrozar esa dulzura, que todavía no conozco, en este maldito lugar.
Tumbándola en la cama, disfrutándola con otras personas, jugando con su cuerpo y con su mente…
Cojo aire con fuerza y me desvisto a toda prisa.
Necesito despejarme. Con el preservativo puesto, le pido a Harriet que se cambie con el hombre del matrimonio.
Lo hace, sentándose sobre la cara de la otra mujer mientras el otro empieza a penetrar a su esposa.
Disfruto con lo que veo, hasta que me toca a mí.
Sharon, así dice que se llama nuestra compañera de juegos de esta noche, abre las piernas para mí cuando su marido asiente.
Él deja que Harriet le dé placer cuando su esposa da el visto bueno.
Penetro a Sharon de una estocada, frustrado, y la hago gritar.
Empiezo a moverme, concentrándome en lo que estamos haciendo.
Pero, para mi desagrado, Sharon es rubia.
De bote, pero rubia al fin y al cabo. La cara de Celeste aparece de nuevo.
Sus ojos claros, sus labios rosas y rellenos, su cuello fino y seductor. Un calambre me recorre la columna.
Maldigo en silencio, notando el amargo orgasmo que me sorprende con solo un segundo de su imagen en mi imaginación.
Todo lo que necesito para correrme con fuerza es fantasear con que las caderas desnudas en las que embisto son las de ella. Sus manos, sus piernas. Me descargo en el preservativo, quedando aturdido después. Salgo de Sharon y, tomando por sorpresa a Harriet, pongo fin a mi noche.
Me visto furioso, cabreado e irritado a más no poder. Tener a Celeste en mi casa ha sido un error enorme.
Llego a casa a eso de las dos de la madrugada, dejo el coche en el garaje y me quito los zapatos ahí mismo.
Cuando entro en casa, todo está en absoluto silencio.
Cruzo la cocina y salgo al pasillo de la entrada, desde donde me percato que la tele sigue encendida y de su cabeza en el sofá, aunque esta vez sobre el reposabrazos.
Enseguida soy consciente de que se ha quedado dormida.
Estoy a punto de ir a mi dormitorio para poner fin a esta noche de mierda, pero apenas he dado un paso, cuando rechisto por lo bajo al empezar a caminar en dirección al salón.
Cuando la tengo delante, me detengo de golpe.
No puedo apartar la mirada de su rostro tranquilo.
Está dormida, con los labios ligeramente abiertos, los cachetes rosados por estar tapada con una gruesa manta y el calor de la calefacción.
Las pestañas le rozan los pómulos y tiene el cabello despeinado.
De repente, un estruendo en lo que sea que echan por la tele provoca que haga un movimiento asustadizo. Me giro deprisa y apago el televisor para evitar que se despierte; al volverme, me doy cuenta de que es demasiado tarde.
Sus ojos claros están clavados en mí desde abajo. El pecho me aprieta y siento el corazón latir muy rápido; el maldito reloj pita y resuena por todo el espacio.
—Hola, ¿qué hora es?
Su voz soñolienta me produce algo muy irritable en la entrepierna y bufo por lo bajo.
Celeste se sienta pasándose una mano por los ojos.
Agradezco que la luz que llega al salón sea escasa cuando se quita la manta de encima, y descubro un pijama abrigado y ajustado de color blanco.
Soy consciente de sus pechos desnudos debajo de la camiseta y tengo que apartar la mirada para intentar ignorar lo que eso le produce a mi ya erecto miembro.
Mi perdición es presenciar cómo se la ve así: al natural. Parpadeo varias veces. Vuelve a clavar la mirada en mí y eso me provoca otra sensación, aunque esta vez es en la garganta.