Todo lo que deseo 2
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Penélope es una mujer de sesenta y cinco años recién cumplidos que decidió tirarse a la buena vida cuando el desgraciado de su marido —mi padre— murió varios años atrás.

Viaja todo el año, se ha desentendido de su labor profesional y atiende a sus hijos, ya sea desde el Caribe, las Maldivas o cualquier otro lugar paradisíaco que le apetezca conocer.

—Me alegra que estés disfrutando. ¿Cuándo vuelves? —pregunto, entrando en el garaje del edificio.

—Pues no lo sé, cielo. Pronto. O no. ¿Os hago falta?

Dejo el coche en mi plaza privada y pienso en la pregunta cuando apago el motor.

Una madre siempre hace falta, ¿no? Tanto en los buenos momentos como en los malos, pero ¿cómo le pido a mi madre, que ha estado tantos años sufriendo, que vuelva de donde quiera que esté para apoyar a sus hijos?

Suspiro mientras me bajo del coche y me coloco el móvil en la oreja.

—No, por aquí todo está bien. Solo quería saber cuándo volveríamos a verte.

Penélope suelta una carcajada estruendosa.

—Ay, mi vida, pronto, de verdad. Os echo de menos.

—Y nosotros a ti. —Hay un silencio que me dice que se pondrá sentimental y no es algo que ninguno queramos, así que decido terminar la conversación cuando he subido al ascensor—. Pero quiero que disfrutes y seas feliz.

—Lo sé, cariño. Este viaje durará un par de semanas más. Antes de elegir el próximo destino pasaré a veros.

Estoy a punto de responderle cuando las puertas del ascensor se abren y me sorprendo con lo que veo. Camino en su dirección mientras me despido de mi madre.

—Ten cuidado, por favor. Hablamos pronto. —Cuelgo la llamada y guardo el teléfono—. ¿Qué haces aquí, Harriet?

Las puertas vuelven a cerrarse y el ascensor empieza a subir cuando marco la planta de mi despacho.

—Estaba de paso y he venido a verte.

Asiento nada conforme con su decisión. No quiero que nadie piense cosas que no son y, por cómo me mira Dimitri desde su silla, al otro lado de la oficina, y los ojos acusatorios de Mel, habrá preguntas más tarde.

A pesar de mis pocas ganas, no me queda otra que invitarla a pasar a mi despacho. Entonces tomo asiento en mi sillón y miro hacia abajo por el ventanal un momento, viendo a Celeste entrar en la librería que hay justo en la calle de enfrente.

Después de toda la semana poniéndolo en marcha, Jorge y yo hemos conseguido que me envíen el coche a un concesionario cerca de la librería de Brenda.

Justo donde me encuentro ahora. Así que en unos días lo tendré conmigo.

Aunque estamos bastante entretenidas bebiendo café y hablando de nuestras cosas, me he es imposible no mirar a través del cristal el alto, moderno y acristalado edificio que está enfrente.

No sé cómo no me fijé el primer día en que la empresa del Estirado es esa misma.

Ahora, a pesar de evitarlo a toda costa, echo miradas furtivas a la puerta. Pero no sé por qué, si ahora ni siquiera hablamos. Desde que se comportó conmigo como un capullo integral no he vuelto a dirigirle la palabra y, además, lo evito en casa siempre que puedo.

—¿Me estás escuchando?

Parpadeo cuando Brenda me habla; he vuelto a perderme en mis pensamientos.

Estoy muy dispersa últimamente, vivir con este hombre es odioso.

La casa huele todo el día a su perfume, el ruido de la ducha del gimnasio por las noches no me deja dormir y el rugido del motor cuando vuelve del trabajo me deja tensa para el resto del día.

Su presencia me inquieta y no tengo ni idea de por qué.

—Sí, perdona —miento a Bren.

Porque si vuelvo a decirle que es la quinta vez en menos de una hora que me quedo pensando en la nada, va a preguntarme qué es esa nada y tendré que explicarle que en realidad no es solo un simple nada, sino un hombre de negocios corpulento, sexy y atractivo a más no poder —al que odio, por cierto—,

que me ha dejado su casa hasta que encuentre una que no estoy buscando. Lo sé, estoy muy perdida.

—Entonces todo dicho. El viernes a las ocho.

Intento recordar qué leches me ha estado hablando antes y a qué he accedido el viernes a esa hora, pero varios cafés con la misma persona durante tantos días deben ayudar bastante para ir conociendo a alguien, porque Brenda me mira y forma una sonrisa divertida que se ensancha cada vez más.

—¿Qué? —pregunto inocentemente, con la taza en los labios, y a ella le hace mucha gracia.

—No estabas prestándome atención y me siento un poco ofendida, la verdad. Te pones hasta las barbas de mi café, qué menos que escucharme cuando te hablo.

Por un momento, me pienso que lo dice de verdad, pero una carcajada de nuevo por su parte me hace soltar todo el aire que había empezado a contener. Cuando consigue contagiarme la risa, dejo la taza sobre el mostrador.

—Lo siento, de verdad. No volverá a pasar —digo pasándole un brazo por los hombros.

—De acuerdo, si no, tendré que dejar de darte café gratis y empezaré a cobrarte lo que cuesta.

La miro desde cerca, fijándome en los pequeñísimos lunares marrones que tiene en la cara y el cuello; son diminutos, aunque no llegan a ser pecas, y creo que le hacen un rostro muy dulce. Debo estar muy seria, o acojonada de repente, porque me da un manotazo cariñoso en el hombro.

—¡Que es broma, mujer!

Volvemos a reírnos; Brenda es fantástica. Es extrovertida, simpática, divertida y, por cómo nos habla a los clientes y a mí, muy cariñosa. Se separa para envolver un libro en papel con estampado del firmamento.

Mientras, me acerco a Lucy, que está muy tranquila observando la calle. Al mirar hacia allí yo también, me encuentro con alguien. Aprovecho que Brenda está ocupada para salir y saludar.

—¡Hola! —exclamo desde el lado opuesto de la calzada.

Una sonrisa enorme me saluda.

—¡Hola! ¿¡Qué haces ahí!?

—¡He venido a ver a una…!

Una mano en alto me hace callar y reírme por lo bajo por la situación. Espero que cruce la calle al trote —muy peligroso, la verdad— y doy un paso atrás cuando se ha acercado bastante.

—Era innecesario hablar a gritos. ¿Cómo estás?

—Bastante bien, a pesar de haberme quedado sin apartamento en el que alojarme.

Su rostro se queda pálido y me doy cuenta de que se rasca la nuca.

—Oye, respecto a eso… Lo siento, no sé qué ha pasado… En O’Brien Group trabajamos con…

—¡Que es broma, Charles!

Me río con ganas. Pasar tiempo con Brenda me está devolviendo un poco de sentido del humor. Me detengo cuando los ojos del agente inmobiliario no se mueven ni un poco de mi cara. Una sonrisa asoma en sus labios.

—Vaya, vaya. ¿Este es el humor español? —bromea.

—Bueno, esto solo es una pequeñísima parte.

Va a decir algo cuando una mujer en traje de chaqueta pasa entre nosotros y hace que nos separemos un poco. Pero en cuanto se va, Charles acorta la distancia de nuevo.

—Estaría encantado de aprender un poco más sobre tu humor mientras te enseño la ciudad. ¿Qué me dices?

Guau, la caña se tira igual en cualquier parte del mundo.

Menuda proposición. Estoy a punto de aceptarla, porque ya es hora de dar un pasito más en todo este proceso, aunque no pase nada y solo se trate de una quedada con un amigo nuevo.

El caso es que quiero ser capaz de aceptar la petición de salir de un hombre sin que la ansiedad me ahogue.

Pero, por supuesto, parece que no es mi sino que Charles me haga de guía turístico. No al menos cuando el destino no es nada más ni nada menos que el mismísimo Connor O’Brien.

—Charles, ella no necesita un guía. Y de ser así, ya me ocupo yo.

Su voz gruesa, masculina y con un tono barítono de lo más atractivo me vuelve a poner tensa. No sé por qué, pero es aparecer él y disparárseme el pulso. Hoy lleva un traje gris, con camisa negra y corbata del mismo color. Dios mío…

—O’Brien, ¿por qué no dejas que Celeste decida por ella misma?

Ambos se miran y decido que esto es demasiado para mí.

Estar a punto de aceptar quedar con él no me capacita para poder sobrellevar que dos mastodontes de negocios estén intentando demostrar algo delante de mí.

Pero, por alguna absurda razón, no le doy largas al Estirado. Y ¡joder!, me molesta mucho.

—No pasa nada, Charles. —La sonrisa de victoria en esos morros apetecibles del acomplejado del lord me fastidia y hace que piense como la adulta que soy—. Pero el viernes salgo con una amiga a tomar algo. Puedes apuntarte, si quieres.

Charles le palmea el hombro a Connor, que no aparta sus ojos azules de mí.

—Parece que no tienes nada que decir —bromea dirigiéndose a él, pero a Connor no le hace ni pizca de gracia.

Mientras Charles sigue a lo suyo y dice algo de que espera un mensaje mío —porque me dio una tarjeta con sus datos el día que nos conocimos—, no puedo dejar de mirar al otro. Recorre mi rostro con la mirada de una forma tan intensa que me he quedado sin aliento.

«¿¡Pero qué me pasa!?».

—Charles, creo que tienes que ir a la oficina antes de marcharte a casa.

No desvío la mirada de él, ni siquiera para despedirme del simpático agente inmobiliario, y maldigo cuando Connor da un paso hacia mí al quedarnos solos. Veo lo molesto que está, igual de molesto que cuando estábamos en Cádiz, pero no consigo averiguar cuál es el motivo.

Por un momento me fijo en sus rasgos de nuevo, como siempre que está delante, aunque odio que me pase. Estoy pensando en lo dorado que tiene el pelo y lo bonito que tienen que ser sus ojos desde muy cerca cuando el muy imbécil decide hablar:

—Tu prima no debería preocuparse por tu integración aquí. Lo estás haciendo fenomenal, Celeste.

La ironía, la burla y cómo arrastra la palabra al decir mi nombre me hace sentir algo abrumador en el centro de mi pecho. Ni siquiera soy capaz de reprimir el escozor en mis ojos, pero sí que las lágrimas salgan.

—Eres un… un… —Aprieto los labios, más dolida por sus palabras de lo que creo normal sentir, teniendo en cuenta que no es nadie importante en mi vida—. ¡Vete a la mierda, imbécil!

«Menudo idiota. ¿Qué se cree insinuando nada sobre mí?». Uf, lo que me entra en el cuerpo. Hasta me pica la mano por el bofetón que no le he dado.

Regreso a toda prisa a la librería. Cabreada e irritada, me cruzo de brazos al sentarme de nuevo en el borde del mostrador de la librería, ahora vacía.