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Para que luego digan que la seguridad en uno mismo no importa en alguien.
Nadie en su sano juicio, si no tuviese lo que hay que tener, sería capaz de decirle a cuatro hombres de negocios, muy cansados, que muevan el culo y hagan su trabajo.
Queda claro quién manda aquí.
—Qué humor se calza la morena —dice en voz baja Duque al pasar al interior.
Charles resopla y le palmeo un hombro. No tiene que verbalizar lo que piensa. Dentro, tomamos asiento y todas las bromas y burlas de hace unos segundos se convierten en la profesionalidad que tanto me gusta de mi equipo.
La reunión se alarga más de lo que pensábamos.
Tanto que le pedí a Alexandra y Mel que se marcharan a casa cuando fui consciente de que anochecería.
Por fortuna, todo ha salido a pedir de boca y Duque ha encontrado la forma de arreglar el problema, aunque eso no evita el dinero que habrá que invertir —con el cual no contábamos— y los varios meses de obras.
Pero hemos utilizado la ocasión para mejorarlo y hacer apartamentos de lujo.
Lo que parecía un grave imprevisto, ha terminado siendo una buena inversión.
Apago el motor del coche cuando estoy dentro del garaje.
En la puerta me topo con un taxi y desde los escalones veo como Celeste se baja del coche con el teléfono en la oreja.
Ahora es el momento de disculparme por haber sido un capullo, pero ella simplemente pasa por mi lado con una sonrisa radiante, que se la provoca la llamada que atiende, y me saluda con un cabeceo.
Malhumorado por ello, saco las llaves antes de que ella haga lo mismo con la copia que le dejé esta mañana en la encimera de la cocina y le abro la puerta.
La observo cambiarse de zapatos y marcharse al interior de la casa sin decirme una palabra.
Por alguna razón me molesta su actitud, pero no pienso darle vueltas al asunto.
Me da igual si no me habla, no somos amigos.
Todavía molesto, saco el teléfono del bolsillo de mi chaqueta y hago una llamada. Apenas salta el tercer tono cuando me atienden.
—Paso a recogerte en media hora, Harriet.
Dejo mis cosas en su sitio y me voy directo al baño para darme una ducha. No pienso dedicar un segundo más en pensar en la mujer tan desagradable que ahora vive conmigo.
Observo todas las máquinas con las que me hacen pruebas cada cierto tiempo desde el año pasado.
Esta es la cuarta y la última, si todo sale bien.
La doctora observa los informes y las pruebas que realizamos hace unas horas.
Lleva casi veinte minutos repasándolas, mientras no dejo de pensar en el proyecto que poníamos en marcha hoy.
Bueno, en eso y en la actitud de Celeste. Pero eso es algo que sigo dejando al margen. Solo espero que esté buscando apartamento.
—Señor O’Brien, todo está perfecto.
Una tensión que no era consciente de que sentía se esfuma de mi cuerpo. Pero no dejo que se note; si algo me enseñó mi padre fue a ser un jodido insensible. Mi única respuesta en este momento es un asentimiento de cabeza.
—Por ahora, se terminaron las revisiones, pero después del susto que tuviste espero que te lo estés tomando todo con más calma.
—Por supuesto que sí, me preocupa mi salud.
Por eso me fui de vacaciones en verano, algo que nunca había hecho. ¿Desatender mi empresa y dejar a esos tres descerebrados al mando? Totalmente imposible antes del amago de infarto que tuve en casa a principios de año después de una sesión de ejercicio.
Por suerte, en ese momento mi hermano había ido a visitarme y se encontraba en la puerta de mi casa cuando me caí al suelo.
No recuerdo cómo me recogió y cómo terminé en el hospital, aunque él me cuenta que rompió una de las ventanas para entrar.
Y desde entonces llevo un reloj que mide mis pulsaciones y suena mucho más de lo que desearía.
No me gusta recordarlo, porque eso me hace pensar en el hijo de puta del que he heredado esto.
—¿Entonces puedo marcharme ya? Tengo una reunión —Me levanto y me gano una mirada de reproche.
—¿Lo dice en serio?
—Doctora, estoy más tranquilo, pero no voy a dejar de trabajar. Soy demasiado joven aún.
Ella resopla y me acompaña a la puerta.
—Voy a darle el alta médica, pero, en cuanto note algo, acuda al hospital. Por favor, cualquier dolor o molestia. Lo digo en serio, señor O’Brien.
—Por supuesto. Gracias por todo.
Salgo de la consulta, pensando en que he perdido gran parte de la mañana con la cita médica y que he tenido que faltar a la reunión pese a haber intentado lo contrario por todos los medios.
Pero las dos únicas personas que lo saben, Dimitri y Mel, no me lo han permitido.
Y ahora voy a tener que enterarme de lo que se haya hablado por medio de los chicos.
Voy conduciendo cuando una llamada suena por los altavoces del coche. Cuando veo el nombre en la pantalla, la acepto.
—Hola, cariño, ¿cómo ha ido la cita con el médico?
—Hola, mamá, bien. Me han dado el alta médica. ¿Y tú cómo estás?
Hago varios giros y paso un semáforo en verde, que da paso al edificio de mi empresa, mientras escucho la música, el barullo al otro lado de la línea y cómo mi madre se pide un margarita.
—Perfectamente, esta isla es una maravilla.