Todo lo que deseo 1 #3
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Pierdo el hilo de mis propios pensamientos, pero lo agradezco. No estoy aquí para pensar en mis inseguridades, ni para hacerme mil preguntas que no puedo responderme; sino para reencontrarme.

Doy un sorbo al café, que está riquísimo, y formo una sonrisa en mis labios antes de mirar a Brenda.

—Digamos que ahora no hago nada, he viajado hasta aquí desde España para volver a conectar conmigo misma. —No puedo evitar hacer una mueca vergonzosa al pensar en qué diría don Estirado si le confesara esto.

Elimino el pensamiento de mi mente, bastante frustrada, justo en el momento que Brenda se gira hacia mí al completo.

—¡La leche! Compartimos motivo de traslado. —Se ríe, pero no la entiendo muy bien. Se apoya de nuevo en el borde del mostrador y pega su hombro al mío, ambas miramos al frente—. Algo me dice que vamos a llevarnos muy bien, Celeste.

Llevo al menos veinte minutos con el teléfono en la oreja, escuchando las preguntas de Gin sobre cómo le va a su prima.

Ayer tuve que contarles a ella y a Guzmán que había surgido un problemilla con la documentación y que la chica había perdido su apartamento; no hace falta aclarar la poca gracia que le hizo a Gin.

—Sé amable con ella, Connor, no conoce a nadie allí.

Contengo las ganas de decirle que me importa muy poco, pero prefiero no ser brusco. Incluso siendo la culpable de que su prima esté en mi casa ahora. Bueno, tal vez no sea responsable de eso, pero sí es la que me provocó que terminase viniendo aquí, por lo cual puedo culparla igualmente.

Voy a decirle cualquier cosa para que se quede tranquila cuando la puerta de mi despacho se abre y aparece Mel. La miro acercarse a la silla frente a mi escritorio y sentarse, y decido poner fin a la llamada.

—Gin, preciosa, tengo que colgarte. Debo ocuparme de unos asuntos. Despídete de mi pequeña —le pido, refiriéndome a Camila.

Mel alza la mirada de su tableta para clavarla en la mía y hago un gesto para que continúe con su trabajo.

—¿Qué es más importante que la seguridad de Celeste?

Escuchar su nombre me chirría y, bastante frustrado por la charla que está dándome, aprieto un poco más el teléfono como si eso pudiese hacer que me apacigüe un poco.

—¿Liderar mi empresa? —pregunto con sarcasmo, haciendo que bufe.

—Está bien, pedazo de hielo insensible.

—Sois tal para cual —mascullo malhumorado al pensar en mi amigo.

—Búscate una novia que te baje los humos, Connor. Adiós, tontainas.

Me es imposible reprimir la sonrisa por su insulto. Me ha servido para camuflar muy bien las náuseas que me ha provocado su insinuación sobre tener pareja. Cuando dejo el teléfono en el soporte de carga, Mel vuelve a mirarme, esta vez dejando la tableta sobre su regazo.

—Podías haberme pedido que esperase fuera —comenta cuando cree que es oportuno.

—Bueno, no tengo secretos contigo —le explico echándome hacia atrás en el sillón.

Alza los hombros y vuelve al trabajo.

—Tienes cita con el cardiólogo en cuatro días. —Aprieto los dientes y me obligo a no masajearme la zona del corazón—. Y Harriet quiere que os veáis esta noche. —Mel vuelve a mirarme; veo la diversión en sus ojos—. Supongo que no tienes secretos conmigo.

—Cancela la cita de Harriet, dile que ya la llamaré. ¿Algo laboral?

—Por supuesto, pero pensé que preferirías escuchar lo divertido primero.

Suelto aire por la nariz por la socarronería de mi secretaria y ella empieza a detallarme la organización para el resto de la jornada y lo programado para mañana.

Me tomo un momento para observarla con detenimiento.

Mel lleva en la empresa tres años, acabó los estudios y ahora trabaja aquí mientras termina de ultimar detalles en su carrera.

Sé que quiere ser asesora empresarial, pero no sé cuáles son sus planes a largo plazo.

Mi secretaria es algo difícil. Es hermética, fría y calculadora.

Muy pocas veces deja ver su lado divertido y relajado, y cuando se lo concede no lo hace con todo el mundo.

Además es cabezota y por el tiempo que pasamos juntos, por el trabajo y la afinidad que tenemos puedo permitirme el lujo de decir que tiene un carácter de mil demonios y ha sabido ponernos a todos en nuestro sitio cuando ha sido necesario.

A Dimitri le para los pies cuando se pasa de la raya con sus borderías.

A Duque, el jefe del departamento de arquitectura, lo trata como a un crío —a pesar de ser mayor que ella—; en su defensa diré que a veces lo parece.

A mí me ha cantado las cuarenta en más de una ocasión y a Charles…

bueno, a él en realidad es como si le tuviese la guerra declarada.

—Eso es todo, O’Brien. —Parpadeo, no le he prestado ni un poco de atención y ella lo sabe; por eso achina los ojos al mirarme y niega con la cabeza—. Te lo mandaré todo por correo.

—Gracias.

Delante de la puerta, se vuelve hacia mí con una sonrisa terrorífica en los labios.

—Ahí viene el otro O’Brien.

La miro caminar hasta su mesa, dejando en mi campo de visión el cuerpo alto y corpulento de mi hermano pequeño.

Dimitri se pasa una mano por el pelo, del mismo tono rubio que el mío, y termina en su barba. Después se sienta en la silla —se ve pequeña con él encima— y deja los brazos sobre el respaldo de la que tiene a su lado.

—Buena postura para un líder —comento señalándolo.

—Estoy cansado, hermano. Déjame respirar.

No tenemos nada que ver, eso es un hecho. Físicamente puede que compartamos complexión, color de pelo y un poco el tono de los ojos, pero después somos muy distintos. Dimitri es el caos y terror personificados; todavía me cuesta creer que sea capaz de llevar una parte de la empresa él solo.

—¿Qué ocurre ahora? —inquiero después de un silencio demasiado largo. Es entonces cuando adopta una postura más profesional.

—Ha habido un problemilla con un proyecto.

Me reclino en el sillón y apoyo los codos en el cristal de la mesa, esperándome lo peor. Dimitri, a pesar de haber sido siempre un irresponsable, me ha demostrado que no hay nada en su vida que le importe más que la empresa. Así que, si ha venido hasta aquí a contármelo, tiene que ser importante.

—¿Qué problema? Habla ya.

—El edificio donde iba a alojarse esa monería española que conoces y que ahora vive contigo, la cual espero que me presentes algún día porque…

Lo detengo con una mano en alto, molesto de repente porque piense en Celeste con esa mente suya tan depravada. Sé cómo funciona su cerebro.

—Al grano, Dimitri.

Pasea la mirada por mi postura unos segundos, no reprime la sonrisa y tampoco la falta de miedo a sufrir daños físicos como tenga intención alguna de decir nada al respecto.

—La estructura de dicho edificio ha sufrido algunos problemas y es probable que se vaya a la mierda.

Sorprendido, no puedo moverme hasta que repaso varias veces sus palabras en mi cabeza. «Mierda, mierda, mierda». Esto no es bueno, nada bueno.

Es como si el karma hubiese venido a cobrar lo que he hecho.

Me levanto del sillón, airado, pensando en ello, y camino hasta la puerta, haciéndole un gesto para que venga conmigo. Cuando lo tengo detrás me giro hacia él.

—Intenta hablar con más profesionalidad cuando al trabajo se refiera.

—Disculpe, su majestad. —Se ríe a mi espalda.

Me detengo de nuevo y lo miro otra vez.

—Lo digo en serio, Dimitri.

—No dudes de mi profesionalidad, hermano. Sé cuándo debo serlo. Ahora déjate de idioteces y organiza la reunión en la que estás pensando.

Se aleja de mí y se acerca a su secretaria, Alexandra, una joven de apenas veintidós años que acaba de incorporarse en la empresa. Un día apareció por aquí para buscar trabajo y decidimos probar, y aunque lo hace bien, todavía se cohíbe cuando nos ve por la oficina.

—Mel, organiza… —comienzo a decir.

—Los chicos no deberían tardar en llegar, les envié un correo urgente con la reunión.

—¿Cómo? —pregunto totalmente perplejo.

—¿Que cómo puedes tener una secretaria tan magnífica? —suelta con un tono burlón que atrae la mirada de mi hermano—. Bueno, por suerte has tenido encuentros fortuitos con demasiadas secretarias para que yo pueda estar aquí. Así que, en parte, gracias, aunque conmigo se cierra el juego.

«¿Es que aquí me vacila todo el mundo o qué?».

Justo cuando voy a pedir seriedad a Mel y a mi hermano que adopte una mejor postura, en vez de estar apoyado vagamente sobre el escritorio de Alexandra, las puertas del ascensor se abren y aparecen Duque y Charles.

—Buenas tardes a todos —saluda el jefe de arquitectura. Cuando está junto a Dimitri le palmea el hombro, luego mira a la chica, que se hunde en su silla enseguida.

—¿Qué has hecho esta vez, Dimitri? —habla Charles, mi jefe del departamento inmobiliario, dejando caer su cuerpo sobre un sillón cerca de unas plantas.

—Hacer que nos reunamos —bromea el idiota de mi hermano.

—Dime que al menos tiene solución —interviene Duque, deshaciéndose de la chaqueta de su traje y colgándola de su antebrazo.

—Contigo al mando, siempre —le dice Dimitri.

—¿Cómo está la chica? —La pregunta de Charles, que se ha levantado y colocado a mi lado, me saca de mis pensamientos.

—Bien, supongo, hoy no la he visto.

Mi amigo asiente, no parece muy convencido.

—Ayer parecía agobiada, la verdad. No es para menos. No es de buen gusto mudarte a otro país y que te ocurra algo así.

Pienso en ello un instante, puede que tenga razón. Quizá no esté pasándolo bien, y que yo haya sido un cabrón con ella diciéndole eso tampoco la habrá ayudado. Creo que tengo que disculparme.

—¿Por qué no dejáis de parlotear y entráis en la sala para que todos podamos irnos a casa? —La voz de Mel nos interrumpe. Y todos, incluida Alexandra, la miramos.

Como niños respetando a su madre, los cuatro nos dirigimos a la sala de reuniones.