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La ciudad es preciosa. No exagero, el paisaje es hermoso.
Como buena visitante, lo fotografío todo cada dos por tres, para enviárselo a mi familia por WhatsApp.
El conductor entra en una zona donde empiezan a aparecer casas muy lujosas. Poco después diviso una rodeada de un impresionante jardín. Contengo el aliento cuando el taxi se detiene delante de esta. Es increíble.
¿Cuánto dinero tiene este hombre?
Admiro todo a mi alrededor cuando salgo del vehículo; no soy capaz de cerrar la boca ni en el momento de sacar las maletas.
Las ruedas dan en el suelo de hormigón y, justo cuando voy a seguir alucinando, la puerta de la entrada, blanca con cristalera, se abre.
Menuda estampita la de don Estirado saliendo del casoplón.
Por un momento pensé que estaría trabajando y podría instalarme sin verle la cara. Pero no, parece que voy a tener un gruía turístico como bienvenida.
De camino a mí me recorre con la mirada de arriba abajo, pasando también por mis maletas y echándole un vistazo al coche, y de vuelta a mí. Me fijo a la perfección en cómo le queda la camisa blanca que lleva, apretando esos brazos que bien sabe Dios que no me gustan nada.
—Buenas tardes —saluda cuando apenas nos separan dos pasos. Incluso huelo su perfume.
—Señorita, tiene que pagar —dice el conductor al mismo tiempo.
—Ay, disculpe. —Qué vergüenza.
Me sorprendo, pues me he quedado embobada con don Estirado y tengo al pobre señor esperándome. Saco la cartera del bolso y voy hasta la ventanilla bajada del conductor.
—No se preocupe. Cóbrese de aquí, caballero.
Los ojos de Connor, azules como el océano, se topan con los míos desde la ventana del copiloto, al otro lado del vehículo.
Parpadeo al sentir algo recorrerme la espalda; es…
agradable y extraño. Pero también imposible.
¡Nos caemos fatal! Al hombre no le importa quién dé el tarjetazo, el caso es cobrarse el viaje, con lo cual, se tira a por la tarjeta de Connor.
Normal, tiene la libra dibujada en la cara.
El taxi se marcha poco después y deja un vacío entre ambos. El aire gélido me atraviesa y hace que me estremezca. Connor se percata, así que se acerca y coge dos de mis maletas.
—Vamos dentro, aquí hace frío y parece que va a llover.
Asiento sin poder decir nada, no puedo creerme que esté a punto de vivir con él hasta a saber cuándo. Solo yo puedo meterme en estos líos. Bueno, en realidad fue la lianta de Gin.
Agarro con fuerza el asa de la maleta que queda a mi lado —con fuerza e irritación— y la arrastro hasta la casa. Por fuera es de ladrillos rojos, con el tejado gris y unas ventanas grandes que dejan ver el salón. Me percato de dos puertas de cochera a la izquierda.
Joder con don Estirado, menos mal que no lo soporto.
Intento mantener a raya mis hormonas, que no hacen más que fijarse en todo lo atractivo que envuelve a Connor, en vez de prestar atención a dónde vamos a vivir a partir de ahora.
Concentro la mirada en la impresionante cocina que me enseña, reluciente y con una decoración moderna y hogareña.
Nada que ver con el toque serio del salón. «Guau, es alucinante».
No hago más que examinarlo todo a mi alrededor hasta que llegamos a una puerta que se abre ante mí cuando él gira el pomo.
—Este es el gimnasio. —Se vuelve de forma repentina, menos mal que no me ha pillado comprobando si el pantalón de su traje se ajusta lo suficiente a su trasero—, puedes usarlo siempre que lo desees.
Me cuelo entre su cuerpo y la puerta para inspeccionar el interior. Está bastante bien, con espejos en una pared, aparatos de ejercicio a un lado, un equipo de música al otro… Vaya, me va a venir genial para el yoga.
—Gracias. Tener un espacio así para hacer deporte tiene que ser increíble.
Como no me responde, alzo la a mirada. Un pellizco me encoge el estómago al percatarme de la cercanía y de cómo me observa desde arriba. Como si acabase de verme, don Estirado parpadea y fija la vista de nuevo en el interior del gimnasio. Me pregunto si ha estado mirando ahí en algún momento.
—Sí, lo es —responde secamente.
Al dejarme un poco cortada con su insuficiente simpatía, paso el resto de la visita guiada en silencio, admirando los baños, los cuatro dormitorios que me enseña y, por último, la puerta que da a su despacho.
—A no ser que necesites algo de mí, no te será necesario venir aquí. —Asiento tragando saliva, qué mal pensada soy, y todo por culpa del maldito libro del aeropuerto. Resulta que es bastante subido de tono y los protagonistas siempre necesitan algo del otro—. Esa puerta será tu dormitorio.
Miro hacia donde me señala y vuelvo a asentir. Es el último cuarto que me ha enseñado y está justo al lado de su despacho. Genial. Tras un silencio raro, Connor acerca las maletas a mí y me mira fijamente a los ojos.
—Espero que aquí contengas un poco la actitud que tuviste cuando nos conocimos en verano. Bienvenida a Londres, Celeste.
Me quedo pasmada cuando se da media vuelta y desaparece en su despacho. El Estirado acaba de vacilarme.
Ayer me pasé todo el día en el dormitorio colocando mis pertenencias a mi gusto; solo salí a la hora de la cena.
No volví a coincidir con él, por suerte, así que cené verduras que encontré en el frigorífico.
Lo que me llevó a pensar que tenemos que hablar y acordar una serie de normas, empezando por repartirnos los gastos, no puedo estar gorroneando toda mi estancia.
Aunque tendremos que hablarlo en otro momento porque no está. Sale muy temprano para ir al trabajo.
Sola en la casa me siento más tranquila, como si fuese más libre.
No tengo que preocuparme por encontrármelo, ni por pensar cómo actuar en su presencia.
Por eso estoy echando un vistacillo más profundo en su casa.
Es más grande de lo que esperaba, no me imaginaba a Connor O’Brien el Estirado, viviendo en una casa familiar, sino en un pisito lujoso en el centro de Londres, lo suficientemente amplio para que quepa una orgía o algo así.
No sé, lo típico que hagan los ricachones buenorros como él. ¡En fin! Sorpresas que te da la vida, supongo.
Aún es muy temprano y no sé a qué hora volverá del trabajo.
Ha salido a las seis de la mañana y son las doce, espero que todavía no regrese.
Decido aprovechar para darme un baño en la preciosa bañera blanca con patas plateadas que preside el primer cuarto de baño.
Cojo algo de ropa abrigada y me recojo el pelo en un moño alto antes de meterme en el agua espumosa.
Mmm, un baño caliente siempre viene bien.
Mientras tanto, busco dónde ir en el centro de la ciudad y encuentro varios lugares que parecen interesantes.
Animada por tener algo qué hacer, llamo a un taxi para que me recoja en media hora, termino en el baño y me preparo.
El trayecto hasta Londres lo he aprovechado para llamar a mi abuela y chatear con mi prima y Jorge.
Mi abuela me ha contado, muy afectada, el lío de la nieta de su vecina Pepa con el hijo de uno de sus vecinos.
No he podido dejar de reír en todo el tiempo, la yaya tiene ese poder.
«Ay, shiquilla, este barrio parece un culebrón. Ni Pasión de Gavilanes se atrevió a tanto», dijo arrancándome una carcajada.
Me bajo del taxi tras pagarle al conductor y voy directa al primer lugar que ha llamado mi atención en la búsqueda de antes.
Cuando estoy delante de la puerta de color verde menta, leo el letrero: Brenda’s Books.
No dudo en entrar y una campanita suena con el movimiento de la puerta.
De repente, algo empuja mi pierna. Al buscar qué puede ser, me encuentro con un precioso setter inglés empujando su hocico contra mi espinilla.
—Pero qué preciosidad. —Me pongo de cuclillas y le acaricio con cuidado. De un momento a otro se tira panza arriba y me parto de la risa.
—¡Lucy! —Alzo la vista y me encuentro con una chica, que debe tener mi edad, acercarse a nosotras con paso firme—. Cielo, no molestes a los clientes.
Me pongo en pie enseguida, haciendo que Lucy también lo haga. Vuelve a sentarse y mira con ojitos de cordero degollado a la que supongo es su dueña.
—No te preocupes, no me molesta. Lucy es encantadora. —Sonrío—. Y preciosa.
La chica suspira, como resignada, y le acaricia la cabeza a la perrita dramática, que no ha dejado de lloriquear hasta que su dueña le ha puesto la mano sobre el pelaje.
—Lo sé, pero es muy joven y aún está aprendiendo. No a todo el mundo le gusta que un perro desconocido se acerque así. —Da un paso hasta mí y se pone una mano al lado de la boca para susurrarme—. Y estos ingleses son muy serios, ninguno ha hecho lo que tú desde que tengo la librería.
Dejo escapar una risa.
—Intuyo que no eres inglesa, ¿no?
La chica suelta una carcajada y me hace un gesto para que la siga hasta el mostrador, donde saca dos tazas de cerámica.
—Soy estadounidense, vivo aquí desde hace unos años. —Me enseña una taza—. ¿Café?
—Por favor.
Se acerca a una cafetera antiquísima, bien puede ser una reliquia, y la pone en funcionamiento. Unos segundos después, toda la librería huele a café. La chica se acerca a mí y se apoya en el mostrador, luego estira una mano con uñas rosas en mi dirección.
—Por cierto, soy Brenda, la dueña de esta preciosidad de librería.
—Encantada, yo soy Celeste. Y sí, es una monería.
Observo cómo mira su negocio con un brillo en los ojos y le da un sorbo a la humeante taza de café que acaba de llenarse. Suspira al sostenerla de nuevo con ambas manos y sonríe levemente.
—Los libros son mi terapia, crecí rodeada de ellos y siempre soñé con ser escritora. Tener mi propia librería y estar la mayor parte de mis días aquí es lo que me hace más feliz. —Lucy saluda a un cliente y ambas la miramos—. Bueno, y Lucy.
Mientras contemplamos a la perra, ninguna dice nada y seguimos tomando el café con el sonido de fondo de la gente que entra. Alguna vez yo sentí eso de lo que habla Brenda por mi trabajo, una vez pensé que ayudar a otros con sus problemas era lo que más deseaba en este mundo.
Pero, hace unos meses, todo se tambaleó de tal manera que empecé a cuestionarme qué era lo que de verdad quería o necesitaba.
—¿Y tú a qué te dedicas? —me interrumpe.