Todo lo que deseo 1
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Todo lo que deseo

Todo lo que deseo

Por Isabel Moreno

© inepub.com

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Necesito un cambio. Uno gordo. De esos que te remueven por dentro y te permiten ver todo diferente. De los que se hacen a lo loco y que te llevan a dejar tu trabajo antes de seis meses. Vamos, como el que estoy a punto de experimentar yo.

Después de unas increíbles vacaciones en Cádiz con mi familia, la idea se volvió más sólida. Y todo gracias a mi querida prima. Porque, si ella no le pedía al amigo de su novio que me hiciese el favorcito de alquilarme uno de sus pisos, no se quedaba tranquila.

Al estirado inglés se le notó a leguas la poca gracia que le hizo. Y no es para menos, teniendo en cuenta lo mal que nos caemos, porque si algo tengo claro es que no es para nada guapo, ni sexy, ni musculoso, ni…

Perdona, a lo que iba: ¡Me cae como el culo, y punto!

Pero eso no es lo importante aquí, sino que estoy a horas de dejar mi vida para vivir una nueva experiencia.

El destino no es coincidencia. Elegí Londres porque mi madre siempre quiso conocerla y he querido cumplirle ese sueño.

Que el Estirado sea de allí ha sido una suerte y me ha venido muy bien para el tema del alojamiento.

Pero esto nunca se lo diré. De hecho, espero no tener que decirle nada.

Absolutamente nada. Nunca. Si no coincidimos, mejor.

Solo de pensar en esa cara atractiva, tapada por unas caras gafas de sol, y en su pelo rubio brillando bajo el sol de Cádiz, me irrito. Todavía no puedo creer que se atreviese a llamarme darling. Por favor, ¿de qué iba?

—¿Estás hablando sola?

La voz de mi hermano, que vive conmigo desde que terminaron las vacaciones, me sobresalta. No me acostumbro a vivir con él. Bueno, ni con él ni con nadie, la verdad sea dicha. Lo miro abrocharse la chaqueta de uno de los trajes que usa desde que trabaja en el bufete de abogados.

—No, no hablaba sola, solo ponía en orden mi cabeza antes de irnos.

Mi hermano clava sus ojos, del color de la miel, en mi persona. Lleva el pelo húmedo tras haberse peinado. Se acerca a mí y me acaricia la barbilla con el pulgar.

—Todo está bien, hermanita. —Hay un silencio bastante nostálgico, pero parpadea antes de que pueda decirle algo y se agacha para coger mis maletas—. Vamos.

Él sale primero del piso y yo voy detrás, pensando en lo adulto que se le ve desde que es abogado.

Es como si venir a Madrid, ser lo que siempre ha querido y vivir solo —en parte— lo hubiese cambiado.

Cuando se instaló, se apuntó al gimnasio y a veces va a jugar al baloncesto con unos colegas del trabajo.

Físicamente también ha evolucionado. Creo que le ha venido muy bien. O al menos eso espero.

—¿Seguro que te quedas bien solo? —le pregunto por enésima vez en lo que llevamos de mañana.

—Que sí, de verdad. Además, ya has firmado que puedo modificar lo que quiera de tu piso. ¿Cómo no me voy a quedar bien?

Pongo los ojos en blanco; a veces, el antiguo Jorge sale a la luz y me encanta. Le doy un manotazo cariñoso en el brazo y me acurruco en él una vez que estamos dentro del ascensor.

—No sabes cuánto te quiero, hermanita.

—Y yo a ti —murmuro.

No lo miro, no porque entonces me regañaría por llorar.

Me ahueco un poco más debajo de su brazo y lo achucho contra mí con fuerza hasta que las puertas del ascensor se abren en el garaje.

Guardamos las cosas en el maletero y me subo al asiento del copiloto.

Dejaré mi coche aquí hasta que pueda enviarlo a Londres.

Hemos decidido que me lo quede yo porque mi hermano, con sus ahorros y el nuevo trabajo, está pensando en comprarse uno, aunque no le urge porque siempre va en metro.

Unos minutos después, cuando ya hemos salido del edificio, siento un nudo tan grande en la garganta que me paso todo el viaje en silencio, admirando la ciudad por última vez en meses.

Al llegar, todavía faltaba una hora para la salida del vuelo, así que nos tomamos algo en una de las cafeterías y me compré un libro de bolsillo del que nunca había oído hablar. Me apeteció darle una oportunidad, como estoy haciendo con este viaje.

Ahora estamos a la espera de que pueda embarcar y no he soltado la mano de mi hermano desde que la agarré hace al menos diez minutos.

Sé que nos separamos cuando yo tenía dieciocho años, pero siempre nos hemos visto cada vez que lo hemos necesitado.

Al irme a Londres estaremos más lejos, y eso me provoca una tristeza que no esperaba experimentar a estos niveles.

Menos mal que no está aquí toda la familia, si no esto sería un show dramático. Eso no quita que ya lo fuese anoche, cuando hicimos una videollamada grupal.

La voz que sale de los altavoces hace que muchos miremos en la dirección de la que proviene e intercambio una mirada con mi hermano.

Es tan guapo y hemos crecido tanto... Ya no somos esos niños que corrían por la playa sin importar la estación del año, ni los que disfrutaban del cine de verano, ni los que paseaban por el mercadillo del paseo marítimo en verano.

Lo abrazo con fuerza y tomo aire cuando siento sus brazos rodeándome con amor. Me estrecha al escucharme hipar y me besa en la coronilla. Cuando ya es hora de irme, me separa un poco para observarme con una media sonrisa en los labios. A pesar de ello, veo cómo se le han enrojecido un poco los ojos.

—Te quiero más que a mi vida, Celeste. Cogeré un maldito avión todos los días si así lo necesitas.

Te traeré de vuelta en cuanto me lo pidas.

—Vuelve a atraparme en un abrazo y noto cómo apoya la mejilla en mi cabeza—.

Donde tú estés, ahí estaré yo. — Asiento contra su pecho y ahora sí que tengo que despedirme.

El corazón me late con fuerza. Me retira una lágrima de la mejilla antes de besarme la frente.

—Sé feliz, hermanita. No te mereces menos.

—Te quiero, Jorge. Te llamaré en cuanto llegue.

—Avísame primero, a ver si voy a estar estrenando el piso de soltero. —Me guiña un ojo y suelto una carcajada llorosa, siempre sabe cómo hacerme reír.

Sin decir nada más, cojo mis maletas y hago todo el largo proceso hasta que estoy sentada en mi asiento del avión. Cuando despegamos, abro el libro que me he comprado y empiezo a leer. Las primeras palabras me dan un vuelco al corazón:

«A veces el primer paso da miedo, pero cuando el resultado es el esperado se siente como estar en las nubes».

Apenas son las doce de la mañana cuando salgo del aeropuerto con una sensación agridulce en el cuerpo. Lo primero que pienso es que me he puesto poca ropa de abrigo y estoy helada. o segundo es: ¡Que lo he hecho!

Dios… Miro a mi alrededor y pienso en que nadie sabe lo que estoy haciendo, o sea, nadie tiene ni idea de que llego de Madrid en busca de una nueva vida, de un cambio. ¡Es maravilloso y terrorífico!

Dentro del taxi que estaba libre en la puerta, reviso el correo que me llegó hace días.

Estimada señorita Cazorla:

Desde O’Brien Group nos ponemos en contacto con usted para facilitarle la dirección y la ubicación exacta del inmueble que se le ha asignado.

Esperamos que tenga una agradable estancia en Londres.

Atentamente, O’Brien Group.

Oh, claro que don Estirado no se pondría en contacto conmigo, es más fácil que otro haga el trabajo.

Debo admitir que, en el fondo, muy en el fondo, me esperaba un mensajito.

No sé, es la única persona que conozco aquí.

Pero bueno, no he venido para saber de él, sino por mí. Con lo cual… ¡A vivir la experiencia!

Cuando el conductor me informa de que hemos llegado a mi destino, el corazón me bombea con fuerza y siento un pellizco en la boca del estómago. La cabeza me da vueltas mientras me bajo, una vez que le he pagado, y saco del maletero mi equipaje.

Viendo la ubicación, sé que estoy por la zona del centro, pero nada más. Por suerte, antes de que un ataque de histeria se hiciera con el control de la situación, solo me da tiempo a dar dos pasos hasta que un hombre, alto, trajeado y rubio, se acerca a mí.

—¿Señorita Cazorla?

Uf, qué cosquilleo de adrenalina me recorre el cuerpo. Esto cada vez es más real.

—Sí. —Pongo mi mejor sonrisa—. ¿Y usted es…?

—Oh, sí, claro. —Su sonrisa de disculpa me parece muy mona—. Charles Hoffman. Jefe inmobiliario en O’Brien Group.

—¡Encantada!

—El placer es mío. —¡Qué inglés más encantador!

—¿Vamos a ver el piso en el que me quedaré? —pregunto emocionada.

—Oh, ¿no la han informado?

—¿De qué? —Pongo una mueca tensa, esto no me gusta.

Hoffman se toca la nuca, haciendo un gesto de disgusto antes de sacarse el teléfono del bolsillo del pantalón.

Apenas dos minutos después está hablando un poco alterado.

Exige saber por qué la persona a la que acaba de llamar «cabronazo» de forma muy bajita, como para que no lo escuche —aunque lo hago igualmente—, no ha tenido los huevos suficientes de ponerse en contacto conmigo.

Guau, espero que no esté hablándole así a un empleado. De ser así, su sonrisa mona se iría al garete.

—Vete a la mierda, Connor —murmura dándose la vuelta hacia mí.

«Este hombre debe ser un tipo duro», pienso cuando escucho a quién se refería. Cuando separa la distancia entre nosotros, finjo no haber oído nada.

—¿Qué ocurre? —No puedo ocultar la preocupación.

—Ha habido un terrible imprevisto con la documentación de su alquiler y se han ocupado todos los apartamentos del edificio en el que iba a quedarse. Vengo a recogerla; ya debería haber sido informada.

—Bueno, pues búsquenme otro. ¡¿Don Estirado no tiene muchos?! —exclamo bastante irritada a estas alturas. Incluso a distancia me incordia.

—¿Quién? —curiosea Charles, y hago un gesto con la mano para que se olvide el tema. Agobiada, me siento sobre una de mis maletas rosa. No tendría que haber venido—. Señorita, no se preocupe, lo hemos solucionado.

Charles, de punta en blanco y con unos zapatos brillantes, está de cuclillas delante de mí intentando relajarme. Y es cierto que saber que ha habido una solución me reconforta. Voy a pedirle que se explique mejor y más detalladamente cuando vuelve a hacer que me cague en todo:

—Un taxi la llevará a Windsor, se alojará en casa de Connor O’Brien hasta que le asignemos otro apartamento que le guste.

Lo dicho: ¡Me cago en todo!

Bueno, pues aquí me encuentro, con toda mi vida y pertenencias en el maletero de un coche que me lleva a Windsor, donde viviré con don Estirado.