Todo lo que deseo 12
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Aprovechando su confusión, alargo el brazo con cuidado y me sorprende que no se aparte cuando deslizo los nudillos por su mejilla y su mandíbula.

—My darling —susurro, y le paso un brazo por la cintura, acercándola para pegarla contra mi cuerpo. Con la otra mano le sostengo la nuca y acerco mi cara a la suya—. He venido a buscarte.

Parpadea, no dice nada, pero tampoco me aparta. Aprieto mi agarre y su cuerpo se amolda al mío de forma perfecta. Como debe ser.

—Brenda me lo ha contado todo. Escuchó a Harriet citarte en un lugar y entregarte algo. Harriet me llamó hace unas horas para que viniera aquí. Ha sido una estupidez por su parte intentar separarnos.

Le acaricio los labios con los míos y gime por lo bajo; cierro los ojos aguantando las ganas de besarla.

—Estamos hechos el uno para el otro, cielo.

Jamás me arriesgaría a perderte, darling.

Jamás. —Saco el anillo del bolsillo de mis vaqueros y sostengo su mano; al instante, empiezo a deslizarle la alianza por el dedo, despacio—.

Te quiero a mi lado todos los días de mi vida, Celeste.

Nos quedaremos aquí o iremos a España. Mi sitio está contigo.

No me importa la parte del mundo a la que quieras ir; iré contigo.

Llora y ahora es su cuerpo el que se pega al mío sin necesidad de que se lo pida. Ahora son sus brazos los que rodean mi cuello y un placer exquisito me recorre el sistema nervioso.

—Siento muchísimo haber desconfiado de ti. Tendría que haberlo hablado contigo antes, pero estaba asustada. —Apoya la frente en la mía y tomo aire, no tengo nada que perdonarle, solo deseo que estemos bien de nuevo—. Te quiero y estoy más que decidida a pasar el resto de mi vida a tu lado.

Espera un momento, mirándome con intensidad, y luego estrella su boca contra la mía. Dios… por fin. Abro sus labios y acaricio su lengua, abrasadora y suave como el terciopelo. Gime entre sollozos y me aprieta contra ella como si fuese a desaparecer.

No me importa dónde estamos, ni que no sea el lugar idóneo para un final feliz, pero… joder, cualquier sitio sirve para recuperar a la mujer de mi vida.

El calor de junio pega fuerte, el día está espléndido y nuestra casa está llena de gente.

Mi familia y la de Connor, reunidas, forman una comedia muy intensa.

Nuestros amigos también están aquí, aunque ellos volverán a Londres el lunes, dentro de dos días.

Estamos disfrutando con ellos de las primeras semanas de nuestra luna de miel.

Al principio pensé que elegir la fecha para la boda sería imposible con tan poco tiempo de antelación, pero, en febrero, Connor me confirmó que podríamos casarnos en mayo sin problemas.

Desde ese día todo fue muy rápido: la búsqueda del vestido, la preparación de la boda, los invitados… Era como si la cuenta atrás hubiera empezado a dos días de la boda. Pero, como estoy rodeada de gente que me adora, todo ha salido a pedir de boca.

Así que hace dos semanas Connor y yo celebramos nuestra boda en la playa, con nuestra familia y amigos.

El reencuentro fue precioso y me emocioné muchísimo al ver la barrigota de mi prima.

Nina va a ser una bebé preciosa, querida y adorada.

Abajo está sonando Riptide de Vance Joy, el bullicio de todos llega a mis oídos y sonrío.

—¡Ay, shiquilla! No cojas tanto peso que vas a estresar a mi bisnieta.

—Yaya, que no pasa nada.

—Pero ¿cómo no va a pasar nada? ¡Estás de ocho meses y quieres ir cargada como una mula!

—Gin, cariño, hazle caso a tu abuela antes de que nos tire algo la cabeza.

—Eso, tú anímala, Guzmancito.

—Abuela, es solo una bolsa con toallas y un par de palas. —La voz de mi hermano suena entre ellos.

—¡Camila, Rodri! No os tiréis así a la piscina, que os acabáis partiendo la crisma —vuelve a gritar la yaya por encima de los ladridos de Lucy, Frankfurt y Sky.

Escucho las risas de Brenda y Alexandra mientras los demás disfrutan.

Echamos de menos a Mel, pero solo pudo escaparse para el día de la boda.

Al parecer, le ha sido imposible quedarse más tiempo.

La forma en la que nos lo contó y lo rápido que se fue tras terminar la celebración nos dejó preocupados a todos.

Especialmente a Charles.

Poco después reconozco el timbre en la voz de Penélope y escucho cómo Duque, Dimitri y Charles hablan con los demás.

Reprimo una carcajada cuando Brenda le suelta una de las suyas a Dimitri.

Pero no puedo seguir escuchando lo que ocurre ahí abajo, porque Connor se apropia de todos mis sentidos al acariciar mi cuerpo desnudo con la yema de sus dedos.

Me ha atrapado de improviso mientras hacía unos bocadillos y los demás disfrutaban de la piscina de nuestra nueva casa.

No, no nos hemos mudado a Cádiz, nuestra vida ahora está en Londres, pero decidimos comprar una casa aquí para venir siempre que quisiéramos. Ahora puedo hacerlo cuando me apetezca.

Tras muchos años soñando con el momento, y gracias a que mi hermano metiera la cabeza en los asuntos de nuestro padre, este va a pudrirse en la cárcel por todo el maltrato y las desgracias que ha ocasionado a nuestra familia. Mi madre no volverá, lo sé, pero le hemos hecho justicia.

El cuerpo de mi marido se pone delante de mí; con una rodilla me abre las piernas y con la mano —esa donde lleva el anillo de casado que tanto me gusta mirarle— me echa el pelo hacia atrás. Siento su erección en mi entrada y me produce un escalofrío.

—Ahora será rápido, señora O’Brien. —Me muerde el cuello y empieza a penetrarme; no me preocupo en contener mis gemidos—. Pero esta noche no habrá horas suficientes en el reloj para todo lo que quiero hacerle a mi preciosa mujer.

De un empellón llega al final, haciéndome ver estrellitas.

Sus manos van a mi cintura, donde me sujeta y me mantiene firme contra el colchón para que no me mueva con sus agitadas estocadas.

Me besa con dulzura, se recrea en cada caricia y me mira enamorado.

Nos giramos y me quedo sobre él. Está apoyado en el cabecero de la cama y empiezo a moverme tras poner las manos en sus hombros.

Me encanta hacerlo suspirar. Observo cómo se le van cerrando los ojos conforme el orgasmo nos va alcanzando.

Como consecuencia, su reloj empieza a sonar, siento cómo Connor me aprieta hacia abajo y, tras varios movimientos más, me hace gritar de placer al mismo tiempo que gruñe y se dejar ir.

Estoy sudorosa y noto su propio sudor mientras me hace círculos al final de la espalda. Cuando habla, su voz sigue ronca y cargada de deseo.

—Todo lo que deseo está aquí, en esta cama, entre mis brazos. —Levanto la cabeza de su cuello para mirarlo—. Este corazón, que una vez fue insensible y solitario, latirá con ardor y pasión por ti hasta el último de mis días.

Asiento, besándolo y riendo.

Su amor, y el de todas las personas que están abajo acompañándonos, ha curado todas y cada una de mis heridas del pasado.

No me puedo creer que, por fin, Todo lo que deseo esté publicada. Una historia de amor dulce y ardiente a la vez que solo ha sido posible ver en mis manos gracias al apoyo incondicional que recibo de mis lectoras.

Gracias a todas por estar y disfrutar de mis libros. Y gracias a mi familia por creer siempre en mí.

Isabel Moreno