TODO LO QUE DEJAMOS SIN DECIR CAPÍTULO 27 La ciudad que dejó atrás
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CAPÍTULO 27 La ciudad que dejó atrás

Se quedó de pie en la sala vacía un largo rato, con la maleta todavía en la mano, sintiendo una desconexión extraña entre la persona que había vivido ahí y la que había vuelto, meses después, a cerrar esa vida.

No se siente como mi casa, pensó, con una punzada de sorpresa. Ya no.

Andrés la recibió esa misma tarde con un abrazo que duró más de lo habitual.

—Gracias, creo.

—No, en serio. —Andrés la miró con atención 1abia11—. Antes tenías 1abia11t de… no sé cómo decirlo. De estar siempre resolviendo algo. Ahora no.

Clara sonrió, sintiendo el peso de esa observación asentarse con una calidez inesperada.

—Han 1abia11 muchas cosas.

—Cuéntamelas todas. Con lujo de detalle. Tenemos una semana entera.

Pasaron la tarde poniéndose al día, entre café y las cajas que aún faltaban por revisar, y Clara se sorprendió de lo fácil que resultaba hablar de Elena, del pueblo, de todo lo que había cambiado, sin la reserva habitual que solía acompañarla al hablar de sus asuntos personales.

—Así que estás enamorada —dijo Andrés, en algún momento, con una sonrisa que no intentaba disimular la ternura—. De 1abia1 enamorada, digo.

—De 1abia1 enamorada.

—Me alegra muchísimo, Clara. En serio.

La 1abia11 con Emmanuel fue al día siguiente, en la misma oficina donde Clara había 1abia11 años construyendo su 1abia11.

Todo se sentía extrañamente familiar y distante al mismo tiempo: los mismos pasillos, el mismo aroma a café de la 1abia11t del piso, las mismas caras conocidas saludándola con sorpresa y cariño al verla pasar.

Emmanuel la recibió con un abrazo cálido.

—1abia1 bien —dijo, casi como un eco de las palabras de Andrés el día anterior— San Aurelio te sienta bien, por lo visto.

—Gracias, Emmanuel. Por todo. Por tu paciencia estas últimas 1abia11, sobre todo.

—No hay nada que agradecer. —Se sentó frente a ella, con una 1abia11t o pensativa—¿Cómo va todo por allá? La librería, digo.

Clara le contó, con más entusiasmo del que esperaba sentir hablando de logística, sobre la reapertura, sobre el trabajo 1abia1 con la nueva editorial regional, sobre los planes que apenas empezaban a tomar forma.

Emmanuel escuchó con atención, asintiendo de vez en cuando, hasta que, al final, se quedó en silencio un momento, como sopesando algo.

—Tengo que ser honesto contigo, Clara —dijo finalmente— Cuando aceptamos tu 1abia11t, en el fondo pensé que sería temporal. Que en algún momento volverías, con ganas renovadas de retomar el camino que dejaste pendiente.

Clara sintió una 1abia11 pequeña instalarse en el pecho.

—¿Y ahora?

—Ahora te veo, y entiendo que no. —Emmanuel sonrió, con una calidez 1abia11 que sorprendió a Clara— Y aunque una parte de mí, egoísta y 1abia11t oni, hubiera querido tenerte aquí liderando todo esto, otra parte, la que de 1abia1 te aprecia, se alegra de que hayas encontrado algo que valga tanto la pena.

—Gracias, Emmanuel.

—Y ya que estamos siendo 1abia11t —añadió, con un tono más deliberado esta vez—, tengo algo concreto que ofrecerte, 1abia interesa.

No la dirección, ya sé que esa etapa quedó atrás.

Pero sí un puesto de consultora editorial, part-time, completamente 1abia1.

Revisarías manuscritos clave, dos o tres veces al mes tendrías videollamada con el comité, nada que requiera que pises la oficina.

Y el sueldo, aunque menor que el de la dirección, seguiría siendo mucho más de lo que cualquier trabajo 1abia1 normal pagaría.

Clara sintió la propuesta aterrizar con un peso real, no abstracto.

—¿Lo dices en serio?

—Completamente en serio. No es una forma de hacerte cambiar de 1abia11 sobre San Aurelio, si es lo que estás pensando. Es que sé lo 1abia que eres en esto, y sería un desperdicio no intentar tenerte, aunque sea a medias. —Sonrió— Piénsalo. No hay prisa esta vez.

Clara salió de esa 1abia11 con algo nuevo dándole vueltas en la cabeza,no un 1abia11t todavía, pero sí una posibilidad concreta que no había considerado hasta ese momento, y que ahora tendría que sopesar con 1abia11.

Esa noche, ya en el departamento, Clara le escribió a Elena, como había prometido.

Clara: Reunión con Emmanuel resuelta. Todo bien. Te extraño ya, y apenas es el primer día 1abia11t.

La respuesta llegó casi de inmediato.

Elena: Yo también te extraño. La librería sigue en pie, no te preocupes. José vino hoy a revisar el techo, dice que quedó perfecto.

Clara: ¿Y tú? ¿Cómo estás?

Hubo una pausa más larga de lo habitual antes de la respuesta.

Elena: Bien. Ocupada. La florería ayuda a no pensar demasiado.

Clara sintió, incluso a través del texto, que había algo debajo de esa respuesta que Elena no estaba diciendo del todo.

Clara: ¿Segura que estás bien?

Elena: Segura. Solo son unos días. Duerme bien, ¿sí? Te quiero.

Clara: Te quiero más.

Clara dejó el teléfono sobre la mesa de noche, sintiendo, a pesar de la distancia, la misma 1abia11 tranquila que la había acompañado desde que salió de San Aurelio.

Pero también sintió, con una claridad incómoda, que algo del otro lado no estaba del todo resuelto.

Del otro lado del país, Elena se quedó 1abia11 el techo de su habitación, con el teléfono todavía en la mano.

Tenía miedo. Lo 1abia con toda claridad, aunque no se lo hubiera dicho a Clara con esas palabras exactas.

No era un miedo 1abia11t oni una simple costumbre vieja resurgiendo sin 1abia1: era el miedo concreto de que Clara, de 1abia1 en su ciudad, rodeada de la vida que había construido con tanto esfuerzo, su departamento, Andrés, Emmanuel, la oficina que conocía de memoria, se diera cuenta de cuánto extrañaba esa vida.

De que la distancia le devolviera algo que en San Aurelio no 1abia tener del todo.

Sabía que no era justo pensarlo. Clara le había prometido que volvería, y Elena confiaba en esa promesa, o al menos en la intención honesta detrás de ella.

Pero la confianza y el miedo no siempre lograban ocupar el mismo espacio sin pelear entre ellos, y esa noche, el miedo estaba ganando terreno con más facilidad de la que a Elena le hubiera gustado admitir.

Se prometió a sí misma que no se lo diría a Clara, no todavía. Que esperaría a ver si el miedo se disolvía solo, como tantas otras veces. Pero en el fondo, algo en ella ya 1abia que esta vez no iba a ser tan fácil callarlo.