CAPÍTULO 24 Lo que pasó esa noche #3
La llamada de Andrés llegó un martes por la mañana, mientras Clara y Elena desayunaban juntas en la cocina de la casa de la abuela, ya con la costumbre instalada de empezar así casi todos los días.
—Ya está casi todo listo de este lado —dijo Andrés, con ese tono eficiente que Clara reconocía de sus años trabajando juntos— El contrato de arrendamiento, las cajas que empaqué la semana pasada, todo.
Pero hay cosas que solo puedes resolver tú en persona.
La firma de la terminación del contrato, la entrega de llaves, un par de trámites en el banco.
Clara sintió el peso familiar de la logística instalarse sobre la ligereza de la mañana.
—¿Cuánto tiempo necesitaría?
—Una semana, quizás diez días, si quieres hacerlo con calma y no de carrera. —Andrés hizo una pausa— Y, ya que estás aquí, Emmanuel preguntó si te gustaría pasar por la oficina. Solo para despedirte como se debe. Dijo que no es una encerrona para hacerte cambiar de opinión, por si te lo preguntas.
Clara sonrió, a pesar de la inquietud creciente.
—Dile que sí. A las dos cosas.
Colgó, y se quedó un momento en silencio, con el teléfono todavía en la mano, sintiendo que la noticia, aunque esperada, traía consigo un peso distinto ahora que tenía una fecha real, concreta, atada a ella.
Elena, que había escuchado la mitad de la conversación, la miró con atención.
—¿Todo bien?
—Tengo que ir a Ciudad de México. Cerrar lo del departamento, firmar unos papeles. —Clara la miró, con cierta cautela—. Una semana, quizás un poco más.
Elena asintió, con una sonrisa que se esforzaba, visiblemente, por parecer más tranquila de lo que probablemente sentía.
—Tiene sentido. Es tu vida allá. Hay que cerrarla bien.
—Sí.
Se quedaron un momento en silencio, ambas fingiendo, con el mismo cuidado, que la noticia no había cambiado nada en el ambiente de la cocina.
Los días previos al viaje transcurrieron con una mezcla extraña de normalidad y una tensión suave que ninguna de las dos nombraba directamente.
Clara organizó los detalles del viaje entre ratos en la librería, dejando todo en orden, con José prometiendo echarle un ojo mientras no estuviera, y noches enteras en la azotea con Elena, como si ambas quisieran acumular la mayor cantidad posible de esos momentos antes de la pausa.
—¿Vas a extrañar la ciudad? —preguntó Elena, una de esas noches, con la cabeza apoyada en el hombro de Clara.
—Un poco, probablemente. Tengo buenos recuerdos allá. Amigos, una vida que construí con esfuerzo. —Clara la miró, con una sinceridad tranquila— Pero no voy a extrañar la parte de mí que tenía que fingir que estaba completa sin todo esto.
Elena sonrió, aunque algo en su expresión no terminaba de relajarse del todo.
—¿Y si, estando allá, extrañas más de lo que crees? La vida de antes, digo. Tu departamento, tu rutina, tu gente.
Clara se giró un poco, para poder mirarla de frente.
—¿Es eso lo que te preocupa?
Elena dudó, pero decidió, fiel a la promesa que se habían hecho de no guardarse las cosas, ser honesta.
—Un poco. No de forma racional. Solo... es la primera vez que te vas a alejar, desde que empezamos esto. Y no puedo evitar pensar en la última vez que te fuiste de aquí.
Clara sintió el peso de esa comparación, entendiendo exactamente de dónde venía.
—Esto no es lo mismo, Elena.
—Lo sé. Con la cabeza, lo sé perfectamente. —Elena se llevó una mano al pecho, con una sonrisa triste— Pero esto de aquí a veces no escucha tan bien a la cabeza.
Clara le tomó la mano, apretándola con firmeza.
—Voy a volver. No como una promesa vacía, sino porque ya no hay ninguna parte de mí que quiera estar en otro lugar que no sea aquí, contigo. Este viaje es solo para cerrar una puerta, no para abrir una nueva.
—Lo sé.
—¿Pero?
Elena suspiró, con una risa pequeña y nerviosa.
—Pero diecisiete años de miedo no se borran en unas semanas de felicidad, por más reales que hayan sido. Voy a estar bien. Solo quería decírtelo, en lugar de guardármelo.
Clara la abrazó, sintiendo en el gesto de Elena, esa honestidad incómoda, compartida en voz alta en lugar de enterrada, la prueba más clara de cuánto habían cambiado ambas desde el reencuentro en la librería, meses atrás.
—Vamos a estar bien las dos —dijo, con una certeza que esperaba, con todas sus fuerzas, fuera suficiente para sostenerlas a ambas durante los días que vendrían.
La despedida, la mañana de su partida, fue breve y contenida, ninguna de las dos queriendo convertirla en algo más pesado de lo necesario.
—Te escribo en cuanto aterrice —dijo Clara, con la maleta ya en la mano, junto al mismo coche con el que había llegado meses atrás.
—Más te vale.
Se besaron una última vez, con una ternura que llevaba consigo toda la promesa silenciosa de un regreso ya decidido, aunque ninguna de las dos, en el fondo, pudiera controlar del todo lo que los próximos días traerían consigo.
Clara subió al coche, y mientras se alejaba, vio por el retrovisor a Elena, de pie frente a la librería, con una mano en alto, más pequeña y más sola de lo que Clara hubiera querido dejarla.
San Aurelio se fue quedando atrás, con sus montañas, su cielo generoso de estrellas, y la mujer que, esta vez, Clara estaba absolutamente decidida a no volver a dejar esperando.