CAPÍTULO 24 Lo que pasó esa noche #2
Esteban sonrió, se despidió con un gesto amistoso, y salió de la florería con la misma tranquilidad con la que había entrado, dejando tras de sí una sensación de cierre genuino, sin rencores ni tensiones pendientes.
Elena se giró hacia Clara, con una sonrisa aliviada.
—Creo que eso ya quedó completamente resuelto.
—Eso parece.
El resto se fue acomodando con una facilidad que, después de tantas semanas de incertidumbre, casi se sentía como un regalo.
Lucía las invitó a cenar un domingo, con Iris incluida, insistiendo en que "una comida como esta no se hace sin la gente que las quiere alrededor de la mesa".
La cena se extendió mucho más allá de lo planeado.
Lucía sirvió platillos que Elena recordaba de la infancia, recetas que no había probado en años, y la conversación saltó de un tema a otro sin ningún orden particular: el festival del año próximo, un chisme reciente sobre la nueva panadería, y, en algún momento, Iris levantando su copa con una solemnidad exagerada.
—Por Clara y Elena —dijo, con una sonrisa traviesa—. Que se tardaron diecisiete años, pero al menos tuvieron la decencia de no hacernos esperar diecisiete más.
—Iris —protestó Elena, entre risas.
—¿Qué? Es un brindis honesto.
Todos rieron, y Lucía, levantando también su copa, añadió, con una voz más suave:
—Por las segundas oportunidades. Que no siempre llegan, pero cuando llegan, hay que saber recibirlas bien.
Clara sintió el calor de esa mesa, risas, comida, gente que las quería sin condiciones, instalarse en el pecho con una sensación que ya no le costaba nombrar: la de pertenecer, por fin, a algo más grande que ella misma.
José se presentó unos días después, temprano por la mañana, con una caja de herramientas y una escalera que Clara no recordaba haber visto nunca en casa de sus padres.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Clara, asomándose por la puerta lateral, todavía en pijama.
—Vengo a arreglar el techo. Elena me contó que gotea cuando llueve fuerte.
—Papá, no tenías que...
—Un hombre que se respete no deja que su hija cargue sola con las goteras.
—José ya estaba acomodando la escalera contra la pared, con una determinación que no dejaba espacio para réplicas— Además, quiero hacerlo.
Nunca arreglé nada aquí cuando tu abuela vivía.
Se me hace que le debo esto, aunque sea tarde.
Clara lo observó trabajar toda la mañana, subiendo y bajando la escalera con un cuidado torpe pero decidido, y en algún momento, sin que se lo pidiera, José la llamó desde arriba.
—Pásame esa teja de allá, ¿quieres? La que está junto a la caja.
Clara subió a ayudarlo, y pasaron el resto de la mañana trabajando juntos, hablando de cosas sin importancia, el clima, el pueblo, alguna anécdota vieja que José recordaba de cuando Clara era niña, con una naturalidad que, meses atrás, hubiera sido impensable entre ellos.
Cuando terminaron, José se limpió las manos con un trapo y miró el techo con satisfacción.
—Ya no debería gotear más.
—Gracias, papá.
—No me lo agradezcas. —Sonrió, con esa calidez nueva que ya se había vuelto costumbre en él—. Solo avísame la próxima vez que algo más necesite arreglo. Aquí o en cualquier parte de tu vida. Para eso estoy.
Antonia, por su parte, empezó a llamar con una frecuencia que sorprendía a Clara cada vez, siempre con la misma pregunta al inicio, pero cada vez con más paciencia para escuchar la respuesta completa.
—¿Cómo van las cosas? —preguntó, una tarde, sin ninguna prisa evidente en la voz, algo que meses atrás hubiera sido casi imposible de imaginar— Entre Elena y tú, digo.
—Bien, mamá. Muy bien, en realidad.
—Cuéntame algo. Lo que sea. No tengo que salir corriendo a ningún lado ahora mismo.
Clara sonrió, sorprendida, y le contó sobre la reapertura de la librería, sobre las flores de Elena ya instaladas en las ventanas, sobre pequeños detalles cotidianos que, meses atrás, jamás se hubiera imaginado compartiendo con su madre con tanta naturalidad.
Antonia escuchó todo, sin interrumpir, sin ninguna llamada urgente cortando la conversación a medias, y cuando Clara terminó, se quedó un momento en silencio antes de hablar.
—Me alegra tanto poder escuchar esto, hija. Todo esto.
—A mí me alegra poder contártelo.
—La próxima vez que hable con Elena, voy a preguntarle también. Directamente a ella, no solo a través de ti. —Antonia dudó un instante—. Quiero aprender a hacer esto bien. Tarde, pero quiero aprender.
Clara sintió los ojos humedecerse, agradecida por ese esfuerzo genuino, torpe todavía, pero real.
—Nunca es tarde, mamá.
El pueblo, con su memoria larga y su cariño discreto, simplemente las dejó ser, sin escándalo, sin comentarios innecesarios, como si dos mujeres reencontrándose después de diecisiete años fuera, en el fondo, exactamente el tipo de historia que San Aurelio sabía cómo abrazar.
Y en medio de toda esa normalidad recién ganada, Clara y Elena empezaron a construir, día a día, la vida sencilla y compartida que ambas, sin decirlo del todo en voz alta, llevaban años esperando poder tener.
Esa noche, en la azotea, con las manos entrelazadas y el cielo entero desplegado sobre ellas, Elena apoyó la cabeza en el hombro de Clara.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —dijo, con una sonrisa suave.
—¿Qué?
—Que después de tanto miedo, tanto tiempo perdido, al final resultó ser tan simple. Solo teníamos que decirlo.
Clara sonrió, besando su cabeza con ternura.
—A veces lo más difícil es lo más simple. Solo hace falta el valor de intentarlo.
Se quedaron ahí, en silencio, disfrutando de la quietud compartida, conscientes ambas de que, aunque la vida seguiría trayendo preguntas nuevas, decisiones pendientes, y quizás incluso algún obstáculo que todavía no podían prever, por primera vez en diecisiete años no tenían que enfrentarlo solas.
CAPÍTULO 26Antes del viaje