CAPÍTULO 24 Lo que pasó esa noche
Fue una tarde tranquila, de esas que ya empezaban a sentirse comunes entre ellas, la que finalmente abrió la puerta a la conversación que ambas habían estado postergando desde la noche de la confesión.
Estaban en la azotea, se había vuelto costumbre subir ahí casi cada noche, ahora sin ninguna pregunta suspendida entre ellas, solo la simple comodidad de compartir el cielo, cuando Elena, mirando hacia las estrellas, rompió un silencio que llevaba un rato instalado.
—¿Puedo preguntarte algo? Sobre esa noche.
Clara no necesitó preguntar a cuál noche se refería.
—Claro.
—Nunca hablamos de los detalles. Solo de que pasó algo, de que te asustó. Pero nunca hablamos de lo que pasó, en realidad. Palabra por palabra.
Clara sintió el pecho apretarse, no de miedo esta vez, sino de la vulnerabilidad particular de tener que revivir un recuerdo que había pasado diecisiete años evitando mirar de frente.
—Tienes razón. Nunca lo hicimos.
—No tenemos que hacerlo ahora, si no quieres.
—No. —Clara negó con la cabeza, con una determinación suave—. Creo que ya es hora. Creo que necesitamos hacerlo, en realidad. Para terminar de cerrar esto del todo.
Elena asintió, y ambas se acomodaron un poco más, cara a cara, con la misma vulnerabilidad silenciosa que habían compartido la noche de la confesión.
—Recuerdo que esa noche estaba nerviosa —empezó Clara, con la voz baja, buscando las palabras con cuidado— Sabía que era la última vez que subiríamos aquí antes de irme. Llevaba días evitando pensarlo, porque cada vez que lo hacía, sentía algo parecido al pánico.
—Yo también estaba nerviosa. Aunque no sabía bien por qué.
—Nos quedamos calladas más tiempo del habitual esa noche. ¿Te acuerdas?
—Me acuerdo.
—Y entonces me tocaste la cara. —Clara sintió el recuerdo volverse casi físico, la sensación exacta de esa mano contra su mejilla, después de tantos años—. Me pediste que no te olvidara.
—Lo dije en serio.
—Lo sé. Y en ese momento, cuando te miré, sentí algo que nunca había sentido con nadie, antes ni después.
Algo tan grande que no supe qué hacer con ello.
—Clara cerró los ojos un momento, dejando que el recuerdo terminara de completarse—.
Sonreímos. Y después, sin que ninguna de las dos lo planeara, nuestras manos se tocaron de una forma distinta a como se habían tocado antes.
Y por un segundo, pensé que ibas a besarme.
O que yo iba a besarte a ti. No sé cuál de las dos cosas hubiera pasado primero.
Elena sintió las lágrimas acumularse, escuchando el recuerdo desde la perspectiva de Clara por primera vez en diecisiete años.
—Y entonces me asusté —continuó Clara— No de ti. De mí misma. De lo que estaba sintiendo, de lo real que se sentía, de lo que significaría si dejaba que pasara. Así que me levanté. Y me fui.
—Y al día siguiente ya no estabas.
—Al día siguiente ya no estaba. —Clara sintió las lágrimas caer, sin ningún esfuerzo por contenerlas— Lo siento, Elena.
Lo siento tanto. No solo por haberme ido.
Sino por haberte dejado sola con esa noche, sin ninguna explicación, preguntándote durante diecisiete años si había sido real, si te lo habías inventado, si habías hecho algo mal.
Elena tomó su mano, apretándola con fuerza.
—No hiciste nada mal, Clara. Tenías dieciocho años y sentías algo que te aterraba. Eso no te hace mala persona. Solo te hace humana.
—Pude haberte llamado. Pude haberte escrito, en algún momento de estos diecisiete años, y explicarte, aunque fuera tarde.
—Pudiste. —Elena lo dijo sin reproche, solo con la honestidad simple de reconocer un hecho—. Y yo también pude haberte buscado a ti. Los dos silencios se construyeron juntos, Clara. No cargues esto tú sola.
Se quedaron un momento en silencio, dejando que el peso de la conversación se asentara entre las dos, hasta que Clara, con una vulnerabilidad nueva, hizo la pregunta que llevaba toda la conversación evitando.
—¿Qué hubiera pasado, si me hubiera quedado esa noche? Si no me hubiera ido.
Elena lo pensó un momento, con una sonrisa pequeña y triste asomándose.
—No lo sé. Quizás nos hubiéramos besado. Quizás hubiéramos intentado algo, ahí mismo, siendo tan jóvenes, sin saber realmente qué estábamos haciendo. —Se encogió de hombros—. O quizás hubiera sido igual de aterrador para las dos, y hubiéramos encontrado otra forma de evitarlo.
—¿Te arrepientes? De que no haya pasado entonces.
—A veces. —Elena fue honesta, sin dulcificar la respuesta— Pero también pienso que, si hubiera pasado entonces, quizás no hubiéramos sabido qué hacer con ello. Éramos muy jóvenes, Clara. No sé si hubiéramos tenido las herramientas para sostener algo así en ese momento.
—¿Y ahora sí las tenemos?
Elena la miró, con una certeza tranquila que contrastaba con la incertidumbre de la pregunta.
—Ahora al menos sabemos nombrar lo que sentimos. Eso ya es más de lo que teníamos entonces.
Clara sonrió, sintiendo que algo, finalmente, terminaba de cerrarse dentro de ella —no el dolor completo, quizás, pero sí la herida abierta que llevaba diecisiete años sangrando en silencio.
—Gracias por preguntarme. Por querer saber, en lugar de dejarlo enterrado.
—Gracias por contármelo. Todo. Sin editarlo.
Se abrazaron ahí, en la misma azotea donde todo había empezado, y donde, diecisiete años después, finalmente habían terminado de decirse lo que quedó pendiente aquella noche.
Bajaron mucho después, ya entrada la noche, y en la puerta de la librería, antes de despedirse, Elena se detuvo un momento.
—Clara.
—¿Sí?
—Me alegra que hayamos esperado. Hasta ahora, digo. Duele pensar en los años perdidos, pero también creo que, si hubiera pasado antes, quizás no hubiera significado lo mismo.
Clara sintió la verdad de esas palabras asentarse con una calidez profunda.
—Tienes razón. Nos tomó años, pero llegamos. Eso tiene que contar para algo.
—Cuenta para todo.
Se besaron una vez más antes de despedirse, con la certeza tranquila de dos personas que, después de mucho tiempo, finalmente habían dejado de cargar solas el peso de un pasado sin resolver.
CAPÍTULO 25Lo que somos
—¿Sabes qué nunca hemos hecho? —dijo Elena, una tarde cualquiera, mientras ayudaba a Clara a acomodar los últimos libros que quedaban por ordenar en la librería— Ponerle nombre a esto.
Clara levantó la vista, con una sonrisa curiosa.
—¿A qué?
—A nosotras. —Elena se encogió de hombros, con una ligereza que no terminaba de esconder cierta timidez— Llevamos semanas siendo... esto. Pero nunca lo hemos dicho en voz alta. Ni siquiera entre nosotras.
Clara dejó el libro que tenía en las manos, pensando un momento.
—¿Qué quieres que seamos?
—No sé. —Elena rió, un poco nerviosa—. ¿Novias? Suena raro decirlo a los treinta y cinco años, como si tuviéramos quince otra vez.
—A mí no me suena raro. —Clara se acercó, tomándole la mano—. Me suena a algo que llevo diecisiete años queriendo poder decir.
—Entonces, ¿novias?
—Novias.
Se rieron juntas, con esa mezcla de ternura y torpeza que solo tienen las declaraciones que se sienten, al mismo tiempo, enormes y completamente naturales, y sellaron la conversación con un beso breve, interrumpido casi de inmediato por la campanilla de la puerta anunciando un cliente.
Los días que siguieron tomaron un ritmo nuevo, más estable, que Clara no recordaba haber sentido en años.
La librería empezó a reabrir, poco a poco, primero solo algunas tardes, después con horario más regular, mientras Clara reorganizaba el inventario y decidía, con más calma de la que hubiera imaginado posible, qué quería conservar del negocio de su abuela y qué quería empezar a construir por su cuenta.
Recibió, en esos días, una llamada inesperada: una editorial pequeña, especializada en autores regionales, la contactó preguntando si estaría interesada en colaborar de forma remota, revisando manuscritos, algo que podía hacer perfectamente desde San Aurelio sin necesidad de mudarse de vuelta a la ciudad.
—Es una fracción de lo que ganaba antes, pero es suficientes para tener tranquilidad —le contó a Elena esa noche, todavía procesando la sorpresa— Además es real, justo lo que me gusta. Y puedo hacerlo desde aquí.
—¿Eso es lo que quieres?
Clara lo pensó, con una honestidad que ya no le costaba ningún esfuerzo.
—Creo que sí. La librería, esto, y seguir editando aunque sea a menor escala. Suena a una vida completa, no a una a medias.
Elena sonrió, apretando su mano.
—Suena a una buena vida.
Esteban, por su parte, no había vuelto a mencionar lo del sábado, ni ninguna otra invitación, desde que la noticia de Clara y Elena se había asentado en el pueblo.
Pero una mañana, unas semanas después, apareció en Flores Duarte con su café de siempre, y algo en su expresión sugería que llevaba un rato queriendo decir algo.
—Elena —dijo, dejando el vaso sobre el mostrador—. ¿Puedo preguntarte algo, honestamente?
—Claro.
—¿Eres feliz? Con Clara, digo.
Elena no dudó ni un segundo.
—Muy feliz.
Esteban asintió, con una sonrisa que, aunque teñida de una nostalgia pequeña, era completamente genuina.
—Entonces me alegro de verdad. —Hizo una pausa— Y solo para que quede claro, de una vez por todas: ya no voy a insistir con lo del sábado. Ni con ningún otro día.
Elena rió, agradecida por la honestidad directa.
—Te lo agradezco, Esteban.
—Pero sí me gustaría seguir siendo tu vecino con derecho a café ocasional, si eso está permitido.
—Totalmente permitido.
Fue en ese momento que Clara entró a la florería, sin saber que interrumpía la conversación, y algo en la expresión de Esteban cambió, con una determinación tranquila.
—Clara. —La saludó, con una cordialidad genuina— Justo a tiempo. Le estaba diciendo a Elena que me alegro mucho por las dos.
Clara sintió una sorpresa breve, seguida de un alivio silencioso.
—Gracias, Esteban.
—Cuídala bien. —Lo dijo con una ligereza que no escondía, sin embargo, cierta sinceridad de fondo— Se lo merece.
—Pienso hacerlo.