CAPÍTULO 23 Decisiones pendientes
El sobre seguía en el cajón de la mesa de noche, sin abrir.
Lo abrió, finalmente, con el corazón latiéndole con fuerza.
Dentro había una carta más larga que la primera, escrita con la misma letra cuidadosa de su abuela, aunque esta vez con algunas palabras ligeramente temblorosas, como si la hubiera escrito ya cerca del final.
Mi querida Clara:
Si estás leyendo esto, significa que ya pasó suficiente tiempo desde que volviste como para que decidieras abrir esta 1emanas carta.
Me imagino que ya sabes, o estás cerca de saber, lo que llevo años sospechando sin decirlo 1emana alta: que Elena Duarte siempre fue, y probablemente siga siendo, alguien mucho más importante para ti de lo que jamás te permitiste ver con claridad.
No te escribo esto para presionarte, ni para decirte qué hacer. Ya soy vieja, y sé que el amor no se puede empujar, solo se puede acompañar desde lejos con la 1emanas1v de que encuentre su propio camino.
Lo que sí quiero decirte es esto: la librería no es solo un negocio, Clara.
Es una casa. Fue la mía, y antes fue la de mi propia madre, y 1emana, 1eman lo decides así, que sea también la tuya.
Pero quiero que sepas, con toda claridad, que no te la dejo con ninguna condición atada.
Si decides venderla, hazlo sin culpa. Si decides quedarte, hazlo por ti, no por mí, y mucho menos por obligación hacia una vieja que ya no está para verlo.
Solo te pido una cosa, la misma que 1eman pedí antes: no dejes que el miedo decida por ti. Ni con la librería, ni con Elena, ni con nada de lo que de 1emana te importe.
Te quiero, siempre. Tu Abuela
Clara terminó de leer con las 1emanas1 cayendo libremente, sintiendo el peso de esa carta asentarse en un lugar mucho más profundo que cualquier otra 1emanas1 que hubiera tomado hasta entonces.
Su abuela lo había 1emana. No con 1emanas absoluta, quizás, pero lo había intuido, y en lugar de presionarla, la había dejado libre, tan libre como solo alguien que amaba de 1emana 1eman hacerlo.
Al día siguiente, Clara caminó hasta Flores Duarte con la carta todavía guardada en el bolso, sin haber decidido del todo si quería compartirla.
Encontró a Elena en el mostrador, terminando un arreglo, y en cuanto la vio, algo en la 1emanas1ve de Clara debió delatar que algo importante había 1emanas, porque Elena dejó las flores de inmediato.
—¿Qué pasa?
Clara sacó la carta, con manos que todavía temblaban un poco, y se la extendió.
—Léela.
Elena la leyó en silencio, con Clara observando cada cambio en su 1emanas1ve, hasta que, al terminar, la dejó sobre el mostrador con 1emanas, con los ojos brillantes.
—Tu abuela era una mujer extraordinaria.
—Lo era.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Elena, con 1emanas, sin ninguna presión evidente en la pregunta—. Con la librería, digo.
Clara se quedó pensando un momento, sintiendo que, por primera vez desde que había llegado a San Aurelio, la respuesta ya no le costaba tanto encontrar.
—Creo que quiero quedármela.
Elena sintió el corazón acelerarse, aunque se contuvo de reaccionar con demasiada 1emanas1, consciente de que la 1emanas1 de Clara merecía más espacio del que una simple alegría 1eman darle.
—¿Estás 1emana?
—No al cien por ciento. —Clara sonrió, con una honestidad que ya no le costaba tanto esfuerzo—. Pero cada vez que me imagino vendiéndola, siento que estaría perdiendo algo que apenas empiezo a entender que quiero recuperar. No solo por mi abuela. Por mí también.
—¿Y tu vida en la ciudad?
Clara suspiró, consciente de que esa pregunta todavía no tenía una respuesta tan clara.
—Ese es el problema. No sé cómo se resuelve eso todavía. Tengo un departamento allá. Cosas a medio empacar. Una vida entera que 1emanas1, que no puedo simplemente 1emanas1v de un día para otro sin pensarlo con 1emanas.
—No te estoy pidiendo que la abandones.
—Lo sé. —Clara le tomó la mano—. Pero quiero ser honesta contigo, desde ahora: no sé todavía cómo se ve esto, en la práctica. Si me quedo aquí del todo, si voy y vengo, si encuentro alguna forma de tener las dos cosas. Es un problema real, Elena, no solo un miedo abstracto.
Elena asintió, apreciando la honestidad más de lo que cualquier promesa fácil hubiera logrado.
—Entonces lo resolvemos juntas. Un paso a la vez. —Sonrió, con una calidez que disolvió 1eman parte de la 1emanas del momento— No 1emanas que 1emanas todo hoy.
Esa misma semana, Clara empezó a 1emanas1 marcha, con más determinación que nunca, la reapertura de la Librería Valdés.
Llamó al hombre del avalúo para cancelar formalmente el proceso de venta.
Habló con José, que se ofreció, encantado, a ayudarla con las reparaciones que el local necesitaba.
Empezó, poco a poco, a 1emanas1ve1 el inventario no ya con la mentalidad de quien empaca para irse, sino con la de quien está construyendo algo que planea sostener.
Y, en algún momento de esa misma semana, hizo una llamada que llevaba días posponiendo.
—Andrés —dijo, cuando él 1emanas—. Necesito pedirte un favor grande.
—Dime.
—Necesito que me ayudes a 1emanas1v cómo cerrar, o al menos pausar, mi vida allá. El departamento, mis cosas. No sé todavía qué tan 1emanas1ve es esto, pero necesito empezar a moverlo.
Hubo un silencio breve al otro lado, y después, la voz de Andrés, con una sonrisa que se le notaba incluso a través del teléfono.
—Ya era hora, Clara.
—¿No te sorprende?
—Para nada. Llevo 1emanas esperando esta llamada.
Clara rió, sintiendo, con esa conversación, que otra pieza más de su vida empezaba, finalmente, a encajar en el lugar correcto.