CAPÍTULO 22 Lo que no se dice nv oz alta
A la mañana siguiente de la conversación en la fonda, Clara caminó hacia la librería con el mismo ánimo ligero de los últimos días, sin sospechar que algo tan pequeño como una taza de café iba a bastar para ponerlo todo en duda.
Pasó frente a Flores Duarte de camino, y a través del cristal vio la misma escena que Elena le había descrito alguna vez: Esteban, apoyado en el mostrador, dejando un café junto a las flores que Elena tenía a medio arreglar.
Nada fuera de lo común. Una rutina que llevaba más de un año existiendo, mucho antes de que Clara volviera siquiera a San Aurelio.
Y sin embargo, algo pequeño y afilado se instaló en su pecho sin pedir permiso.
Clara se dijo a sí misma que no tenía ninguna razón para sentir celos, porque eso era, exactamente, lo que sentía, por más que le costara nombrarlo así.
Elena y ella llevaban apenas un día siendo, oficialmente, lo que fuera que fueran ahora, ninguna de las dos había encontrado todavía la palabra exacta, y por ahora ninguna la necesitaba.
Nada había cambiado, en apariencia, en la rutina de Elena.
Y sin embargo, esa misma normalidad era, de alguna forma retorcida, lo que más la inquietaba: la prueba de que la vida de Elena en San Aurelio había seguido girando perfectamente bien sin ella, durante diecisiete años, y seguiría haciéndolo con o sin Clara en ella.
Siguió caminando sin entrar, diciéndose que no tenía sentido sentir eso, que Elena le había dicho, con toda claridad, lo que sentía. Pero la inseguridad no funcionaba con lógica, y Clara lo sabía mejor que nadie.
Esa misma tarde, cuando se vieron en la librería, Clara intentó comportarse con normalidad, aunque algo en su actitud debió delatarla, porque Elena, después de un rato, dejó el libro que estaba hojeando y la miró directamente.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Clara.
Clara suspiró, sintiéndose un poco ridícula incluso antes de decirlo en voz alta.
—Vi a Esteban en la florería, esta mañana. Con su café.
Elena frunció el ceño, sin entender de inmediato.
—Sí. Sigue viniendo. No todos los días como antes, pero... es mi vecino, prácticamente. Nos vemos.
—Lo sé. No es que piense que hay algo entre ustedes.
—¿Entonces qué es?
Clara dudó, sopesando cuánto exponer de una inseguridad que ni ella misma terminaba de entender del todo.
—Es que llevo diecisiete años imaginando este momento, Elena.
Y apenas lo tengo, hace un día, y ya no sé cómo dejar de tener miedo de que se me escape otra vez.
—Se pasó una mano por el cabello, frustrada consigo misma—.
Y sé que no es justo para ti, que tú no has hecho nada.
Es solo que verte con él, aunque sea algo tan simple como un café, me hizo sentir que...
no sé. Que quizás no soy la única opción para ti. Que quizás nunca lo fui.
Elena se quedó callada un momento, procesando la confesión con una seriedad que Clara agradeció, en lugar de la burla o la impaciencia que había temido.
—Clara, mírame. —Esperó a que Clara sostuviera su mirada— Esteban es un buen hombre.
Pero nunca fue una opción. Ni siquiera cuando tú no estabas aquí, cuando hubiera sido, quizás, lo más lógico.
Y no fue porque le faltara algo a él. Fue porque, sin que yo quisiera admitirlo, siempre estuve esperando algo que ni siquiera sabía si iba a volver a pasar.
—¿A mí?
—A ti.
Clara sintió el peso de esas palabras aliviar, aunque no del todo, la inseguridad que llevaba cargando desde la mañana.
—No quiero que esto se sienta como una prueba, para ninguna de las dos —dijo Elena, con cuidado— No puedo prometerte que nunca vas a sentir miedo. Yo también lo siento, Clara, todos los días, de formas distintas. Pero sí puedo prometerte que no tienes que competir con nadie. Nunca lo hiciste.
Clara asintió, sintiendo las lágrimas amenazar sin llegar del todo a caer.
—Perdón por lo de Esteban. No es justo que…
—No tienes que disculparte por sentir algo. —Elena le tomó la mano—. Solo dímelo, la próxima vez. Así, como acabas de hacerlo. Eso es lo único que te voy a pedir siempre: que no te lo guardes.
Ese mismo día, por la tarde, en la casa de los padres de Clara, Antonia colgaba el teléfono después de una llamada breve con una de las maestras del comité, cuando José entró a la cocina con una expresión pensativa que ella reconoció de inmediato.
—¿Qué pasa? —preguntó, sirviendo dos tazas de café sin que él se lo pidiera.
—Estaba pensando en Clara.
Antonia se sentó frente a él, con más atención de la que solía prestarle a estas conversaciones.
—¿Qué con ella?
José dudó un momento, sopesando cuánto decir.
—Creo que está con Elena. Como algo más que una amistad, digo.
Antonia se quedó quieta, con la taza a medio camino de sus labios.
—¿Estás seguro?
—Bastante. —José la miró, con cuidado—. ¿Te sorprende?
Antonia se tomó un momento antes de responder, algo poco habitual en ella.
—No tanto como debería, supongo. —Bajó la taza, pensativa— Cuando eran niñas, a veces pensaba que había algo distinto en cómo se buscaban la una a la otra. Pero nunca le puse nombre. Una no le pone nombre a esas cosas cuando su hija todavía es pequeña.
—Nunca me dijiste que lo habías notado.
—Nunca lo pensé con esas palabras, José.
Era solo una sensación. —Antonia se quedó mirando su taza, con una expresión que José rara vez le veía: reflexiva, casi vulnerable—Sabes que no soy buena para esto.
Para las conversaciones grandes, para detenerme el tiempo suficiente a preguntar.
Siempre hay algo más urgente, o eso me digo.
—Lo sé.
—Pero eso no significa que no la vea, José. Que no la haya visto siempre. —Su voz se quebró apenas— Solo que nunca supe cómo demostrarlo de una forma que ella pudiera notar.
José extendió la mano, tomando la de Antonia con una ternura poco habitual entre ellos.
—Todavía puedes.
Antonia asintió, con los ojos brillantes, y por primera vez en mucho tiempo, se permitió sentarse un momento más de lo habitual, sin ninguna urgencia tirando de ella hacia otra parte.
Al día siguiente, Clara recibió una llamada de su madre a media mañana, mientras ordenaba unos documentos en la librería.
—Hola, mamá.
—Clara. —Antonia sonó distinta, más pausada de lo habitual—. Quería preguntarte algo, y quiero que sepas que puedes decirme lo que sea, sin que yo lo haga raro.
Clara sintió una alerta pequeña encenderse, sin saber qué esperar.
—Está bien.
—¿Estás con Elena? Como pareja, digo.
El silencio de Clara se extendió más de lo que hubiera querido, sorprendida de que su madre, de todas las personas, fuera quien preguntara directamente.
—Sí —dijo finalmente— Lo estoy.
Hubo una pausa al otro lado, y por un momento Clara temió la reacción que pudiera venir.
—Me alegro mucho, hija —dijo Antonia, con una sinceridad que Clara no recordaba haber escuchado con tanta claridad en mucho tiempo— Sé que no siempre he sido la mejor escuchando.
Que casi nunca me detengo el tiempo suficiente.
Pero quiero que sepas que sí te veo, Clara.
Aunque no siempre lo demuestre como debería.
Clara sintió los ojos arderle, sorprendida por completo.
—Gracias, mamá.
—Y Elena siempre me pareció una buena persona. Desde niña. —La voz de Antonia se suavizó todavía más— Me alegra que hayan encontrado el camino de regreso la una a la otra.
Colgaron poco después, con una promesa vaga de verse pronto, pero Clara se quedó sentada un largo rato, con el teléfono todavía en la mano, sintiendo que algo entre ella y su madre, algo que llevaba toda la vida sin nombre, acababa de encontrar, aunque fuera solo un poco, una forma nueva de existir.