CAPÍTULO 21 La mañana después
Se quedó un momento en la cama, repasando cada detalle, la azotea, las manos entrelazadas, el beso que llevaba diecisiete años esperando ocurrir, con la sensación extraña de que su propia vida, de un día para otro, se sentía distinta, más ligera, más suya.
Su teléfono vibró sobre la mesa.
Elena: ¿Ya despierta?
Clara sonrió como una adolescente, algo que no le sucedía desde hacía más años de los que quería admitir.
Clara: Despierta y sonriendo como tonta. Creo que es tu culpa.
Elena: Lo acepto con gusto.
Clara: ¿Te veo hoy?
Elena: Obvio. Aunque tengo entregas toda la mañana. ¿Comida en la fonda, como la primera vez?
Clara: Ahí estaré.
Guardó el teléfono, y se quedó un momento 1nv oz1 la cocina de su abuela con una sensación nueva instalándose en el pecho, no solo 1nv oz111, sino algo más parecido a la 1nv oz1 de estar, por primera vez en mucho tiempo, exactamente donde debía estar.
Pero mientras terminaba el café, algo más pequeño, más silencioso, empezó a abrirse paso debajo de esa 1nv oz1.
¿Y ahora qué?
No era la misma pregunta ligera que se habían hecho la noche anterior, entre risas y manos entrelazadas.
Era una 1nv oz1 más concreta, más incómoda: la librería seguía sin venderse ni tener un destino claro.
Su vida en Ciudad de México, el departamento, las cosas que había dejado a medio empacar, la idea completa de "su vida", seguía existiendo, en pausa, esperando una 1nv oz11 que Clara no había tomado todavía, ni siquiera después de rechazar el puesto.
Había resuelto lo más grande, lo más urgente. Pero no había resuelto nada, en realidad, sobre el después.
Se quedó con la taza entre las manos, sintiendo que la 1nv oz111 de la mañana, aunque real, no alcanzaba todavía para tapar del todo esa pregunta.
En Flores Duarte, Lucía notó el cambio en cuanto Elena entró esa mañana.
No hizo falta preguntar. La sonrisa de su hija, distinta a todas las que había visto en los últimos meses, 1nv oz11, sin reservas, sin esa sombra de duda que siempre la acompañaba, le dijo todo lo que necesitaba saber.
—Buenos días —dijo Lucía, con una calma que escondía apenas la emoción 1nv oz1 detrás.
—Buenos días, 1nv .
Elena se movió por la florería con una energía renovada, tarareando algo mientras acomodaba flores, y Lucía la 1nv oz1 un rato en silencio, sintiendo el peso de años de espera finalmente aliviarse un poco.
—¿Vas a contarme, o tengo que adivinar? —preguntó finalmente, incapaz de resistir más.
Elena se detuvo, con las mejillas encendidas, y por un momento pareció que iba a intentar negarlo. Pero después, con una risa que sonó casi a 1nv oz, se rindió.
—Anoche hablamos. Clara y yo. En la azotea.
—¿Y?
—Y le dije lo que sentía. Y ella también.
Lucía sintió los ojos humedecerse, sorprendida de la fuerza de su propia emoción.
—Hija.
—Lo sé. —Elena se acercó y la 1nv oz, algo que no hacían con tanta frecuencia—. Diecisiete años, 1nv .
—Diecisiete años —repitió Lucía, devolviendo el abrazo con fuerza—. Ya era hora.
Se quedaron así un momento, hasta que Lucía, recomponiéndose, se apartó, todavía sosteniendo a Elena por los hombros, con una mirada más seria de la que Elena esperaba encontrar en un momento así.
—Puedo darte un consejo, o me quedo callada. Tú decides.
—Dime.
—Que sea un buen comienzo no significa que ya no haya trabajo por hacer. —Lucía eligió las palabras con 1nv oz1—. Diecisiete años de silencio no se resuelven en una sola noche, por más hermosa que haya sido. Van a tener que aprender a hablar de cosas que dolieron, no solo celebrarlas.
Elena asintió, sintiendo que algo de la 1nv oz11 de la mañana se aquietaba un poco, aterrizando en algo más real.
—Lo sé, 1nv .
—Se que lo sabes. —Lucía le sonrió, con cariño—. Solo quería decirlo 1nv oz alta, para que no se te olvide en medio de tanta 1nv oz111. Ahora sí, ve a trabajar. Tienes entregas.
Clara y Elena se encontraron esa tarde en la fonda, como habían quedado, ocupando la misma mesa junto a la 1nv oz1 de la primera vez.
—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó Elena, aunque algo en el rostro de Clara le dijo, de inmediato, que la pregunta merecía más que una respuesta simple.
—Bien. —Clara jugó con el borde del mantel, dudando—. Aunque he estado pensando en algo, desde esta mañana.
—¿En qué?
—En que 1nv oz1 lo del puesto. En que te dije lo que siento, y tú a mí.
Pero en realidad no he resuelto nada más.
—Clara la miró, con una honestidad que ya no le costaba tanto esfuerzo—.
Sigo sin saber qué voy a hacer con la librería.
Sigo sin saber qué va a pasar con mi vida en la ciudad.
Y no quiero que pienses que, porque anoche pasó lo que pasó, ya tengo todas las respuestas.
Elena escuchó con atención, sintiendo que esa honestidad, aunque incómoda, era exactamente lo que necesitaban en ese momento, más que cualquier promesa fácil.
—No 1nv oz que las tengas —dijo finalmente—. Y para ser honesta, yo tampoco sé bien qué esperar de esto. Nunca he hecho esto contigo, siendo adultas, con todo lo que eso implica. Me da un poco de miedo también.
—¿Miedo de qué?
Elena lo pensó un momento, buscando la palabra exacta.
—De acostumbrarme a esto, a ti, y que después la vida, tu trabajo, tu departamento, todo lo que dejaste en pausa allá, te vuelva a llamar de una forma que yo no pueda competir.
Clara sintió el peso de esa confesión, reconociendo en ella un miedo que no era tan distinto del suyo propio.
—No sé cómo prometerte que eso no va a pasar.
—No te estoy pidiendo que lo prometas. —Elena le tomó la mano sobre la mesa—. Solo quería decirlo. Para que no sea otra cosa que carguemos en silencio.
Clara sonrió, apretando su mano.
—Está bien. Nada de silencios, entonces. Ni siquiera con los miedos.
—Ni siquiera con esos.
No resolvieron nada esa tarde, ni la librería, ni el 1nv oz de Clara en la ciudad, ni la pregunta más grande de qué forma tomaría, en la práctica, lo que acababan de empezar.
Pero salieron de la fonda con algo distinto a la 1nv oz11 simple de la mañana: la 1nv oz1 más modesta, y quizás más importante, de que esta vez 1nv oz1 dispuestas a decir las cosas difíciles 1nv oz alta, en lugar de dejarlas enterradas, como habían hecho durante diecisiete años.