CAPÍTULO 20 Lo que finalmente se dice
Elena llegó a la librería justo cuando el sol terminaba de esconderse detrás de los cerros, con el cielo todavía teñido de ese naranja profundo que antecede a las primeras estrellas.
Clara la esperaba en la puerta lateral, y en cuanto sus miradas se cruzaron, ninguna de las dos necesitó decir nada para confirmar que ambas seguían decididas a terminar la conversación que llevaban días postergando.
—¿Lista? —preguntó Clara.
—Lista.
Subieron juntas por la escalera de metal, en un silencio distinto a todos los anteriores, no cargado de incertidumbre, sino de una especie de expectativa nerviosa, compartida, que ninguna de las dos intentó disimular.
El cielo, esa noche, parecía especialmente generoso.
Se sentaron en el borde de siempre, más cerca la una de la otra de lo que habían estado en cualquier visita anterior, con apenas un espacio entre sus hombros que ninguna de las dos hizo el esfuerzo de mantener.
Durante un momento, ninguna habló. Solo dejaron que el silencio se asentara, cargado pero no incómodo, como si ambas necesitaran ese instante de quietud antes de cruzar el umbral que llevaban semanas rodeando.
Fue Clara quien finalmente rompió el silencio.
—Iba a decir algo, en la librería, hace dos días. Antes de que todo se complicara con lo de Emmanuel.
—Yo también.
—¿Quieres empezar tú, o empiezo yo?
Elena soltó una risa breve, nerviosa, mirando hacia el cielo en lugar de a Clara.
—No sé si tengo el valor de empezar.
—Yo tampoco estoy segura de tenerlo. —Clara la miró de reojo, con una vulnerabilidad que rara vez se permitía mostrar—. Pero creo que si no lo decimos ahora, vamos a seguir dándole vueltas para siempre.
Elena asintió, respirando hondo, como quien se prepara para saltar desde un lugar alto sin saber exactamente qué hay abajo.
—Está bien. —Se giró un poco hacia Clara, con las manos entrelazadas sobre el regazo—. Voy a empezar yo.
Clara esperó, con el corazón latiéndole con una fuerza que sentía en la garganta.
—Cuando te fuiste —empezó Elena, con la voz más baja de lo habitual—, sin despedirte, sin ninguna explicación, pasé meses sin entender qué había hecho mal. Pensé que había sido yo. Que había arruinado algo, aunque no supiera bien qué, con lo que pasó esa última noche, aquí mismo, en esta azotea.
Clara sintió el pecho apretarse.
—Elena, tú no…
—Déjame terminar. —Elena la miró, con una firmeza suave que Clara respetó de inmediato—.
Durante años me dije que había sido solo un momento raro, algo que se me había ocurrido a mí sola, algo que magnifiqué porque te quería tanto que no supe distinguir entre el cariño de una amiga y algo más.
Y aprendí a vivir con esa versión de la historia, porque era más fácil que la alternativa.
—¿Cuál alternativa?
Elena tomó aire, con los ojos brillantes bajo la luz de las estrellas.
—Que no fue solo mi imaginación. Que esa noche pasó algo real entre las dos, y que te asustó tanto que preferiste desaparecer antes que enfrentarlo.
El silencio que siguió se sintió como el más largo de toda la noche.
Clara sintió las palabras de Elena aterrizar con una precisión dolorosa, exponiendo algo que ella misma había pasado diecisiete años evitando nombrar con esa misma claridad.
—Tienes razón —dijo finalmente, con la voz temblorosa—. En las dos cosas.
Elena se quedó inmóvil, esperando.
—Esa noche —continuó Clara, obligándose a sostener la mirada de Elena a pesar del impulso de apartarla—, cuando me tocaste la cara, cuando me pediste que no te olvidara... sentí algo que nunca había sentido antes. Algo que me asustó tanto que no supe qué hacer con ello, excepto huir.
—¿Por qué te asustó tanto?
—Porque significaba que ibas a importarme de una forma que yo no sabía cómo manejar.
—Clara sintió las lágrimas empezar a caer, sin ningún esfuerzo por contenerlas— Toda mi vida aprendí que amar así de fuerte a alguien significaba, tarde o temprano, perderlo.
Mi madre siempre distraída, siempre en otra parte.
Y pensé, de una forma que ahora sé que no tenía sentido, que si me iba antes de que las cosas se volvieran demasiado reales entre nosotras, iba a dolerme menos.
—¿Y te dolió menos?
Clara soltó una risa amarga, mezclada con las lágrimas.
—Me dolió durante diecisiete años, Elena. Cada día.
Elena sintió sus propias lágrimas escapar, sin ninguna intención de detenerlas tampoco.
—A mí también.
Se quedaron ahí, ambas llorando en silencio, dejando que diecisiete años de preguntas sin responder finalmente encontraran algo de resolución, aunque fuera incompleta, aunque quedaran todavía cosas por decir.
—Lo siento —dijo Clara, después de un momento—. Por haberme ido así. Por todos estos años de silencio. Por haber dejado que el miedo decidiera por mí.
—Yo también siento no haber ido a buscarte. Pude haberte escrito, haber insistido. En cambio, dejé que el orgullo y el miedo hicieran lo mismo conmigo.
—Estábamos las dos asustadas de lo mismo.
—Eso parece.
Clara extendió la mano, despacio, insegura, y la posó sobre la de Elena, que descansaba entre las dos sobre el borde de la azotea. Elena no la apartó. Al contrario, entrelazó sus dedos con los de Clara, con una naturalidad que parecía haber estado esperando diecisiete años para ocurrir.
—¿Y ahora qué? —preguntó Elena, en voz baja, mirando sus manos entrelazadas.
—No lo sé. —Clara sonrió, a pesar de las lágrimas—. Pero por primera vez en mucho tiempo, no me da miedo no saberlo.
Elena la miró, con una expresión que mezclaba la esperanza con algo más profundo, más antiguo, que ambas reconocían perfectamente aunque nunca lo hubieran nombrado en voz alta.
—Clara.
—¿Sí?
—Creo que todavía te quiero. De la misma forma que hace diecisiete años, aunque haya intentado convencerme de lo contrario durante todo este tiempo.
Las palabras quedaron suspendidas entre las dos, finalmente pronunciadas después de tantos años de silencio, y Clara sintió que algo en su pecho, algo que llevaba diecisiete años atado con fuerza, finalmente se aflojaba por completo.
—Yo también te quiero —dijo, con una certeza que no había sentido sobre nada más en toda su vida—. Creo que nunca dejé de hacerlo, aunque pasé mucho tiempo fingiendo que no era así.
Se miraron un largo momento, con el cielo entero de testigo, con diecisiete años de distancia finalmente reducidos a la escasa distancia entre sus rostros.
Fue Elena quien se acercó primero, despacio, dándole a Clara todo el tiempo del mundo para retroceder si lo necesitaba.
Clara no retrocedió.
Se besaron, ahí, en la misma azotea donde todo había quedado interrumpido diecisiete años atrás, bajo el mismo cielo estrellado, con la misma sensación de estar completando, finalmente, algo que nunca debió quedar sin terminar.
Cuando finalmente se separaron, ninguna de las dos dijo nada durante un momento, simplemente compartiendo el silencio con una sonrisa que ninguna de las dos hacía esfuerzo alguno por disimular.
—Diecisiete años —dijo Elena finalmente, con la voz todavía temblorosa por la emoción.
—Diecisiete años —repitió Clara—. Creo que ya nos tocaba.
Elena rió, apoyando la cabeza en el hombro de Clara, mirando juntas el cielo que las había visto crecer, separarse, y finalmente, después de tanto tiempo, volver a encontrarse.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó Elena, después de un rato, sin ninguna urgencia real en la pregunta, solo la curiosidad tranquila de quien finalmente se siente segura para hacerla.
—No lo sé —admitió Clara— Pero quiero averiguarlo contigo.
Se quedaron ahí mucho más tiempo del habitual, hasta que el frío de la noche finalmente las obligó a bajar, tomadas de la mano, con una certeza nueva y frágil creciendo entre las dos, consciente de que lo que acababa de empezar todavía tenía mucho camino por recorrer.
Pero por primera vez en diecisiete años, ninguna de las dos sentía miedo de recorrerlo.