CAPÍTULO 28 La semana se alarga
Lo que debía ser una semana se convirtió, casi sin que nadie lo decidiera del todo, en algo más largo.
—Es solo que hay más papeleo del que pensábamos —le explicó Clara a Elena, por videollamada, la noche del sexto día—. El banco necesita una firma adicional que no puedo hacer hasta el lunes, y el contrato del departamento tiene una cláusula que el administrador quiere revisar conmigo en persona.
—Está bien —dijo Elena, con una sonrisa que se notaba, incluso a través de la pantalla, un poco más forzada que de costumbre. Tómate el tiempo que necesites.
—¿Segura?
—Segura.
Colgaron poco después, y Clara se quedó mirando la pantalla apagada del teléfono, con la sensación incómoda de que "segura" no había sonado, en realidad, tan segura.
Los días en Ciudad de México empezaron a llenarse de trámites, uno tras otro, cada uno más tedioso que el anterior.
Clara pasaba las mañanas en el banco, haciendo fila para firmas que parecían multiplicarse cada vez que resolvía una; las tardes, revisando con el administrador del edificio cláusulas del contrato que no recordaba haber firmado con tanta letra pequeña; y las noches, exhausta, empacando las últimas cajas con Andrés, que insistía en acompañarla "para que no te tardes el doble organizando sola".
—Podrías tomarte un descanso, ¿sabes? —le dijo Andrés, una noche, viéndola tachar otra línea más de su lista— No tienes que resolver todo en una semana.
—Sí tengo que hacerlo. —Clara no levantó la vista de la caja que estaba sellando— Cada día que se alarga esto es un día más lejos de donde quiero estar.
Andrés la miró con una sonrisa suave.
—Nunca te había visto con tanta prisa por terminar algo.
—Nunca había tenido tantas ganas de volver a un lugar.
Fue, precisamente, esa urgencia la que empezó a chocar con la realidad lenta e irremediable de la burocracia.
El banco perdió, en algún punto, uno de los documentos que Clara ya había entregado, obligándola a repetir un trámite completo.
El administrador del edificio, de vacaciones inesperadas, retrasó la firma final del contrato casi una semana.
Y Emmanuel, aunque sin ninguna mala intención, insistió en que Clara se quedara "solo un par de días más" para una reunión de transición con la persona que finalmente había tomado el puesto directivo.
Cada retraso, pequeño en sí mismo, se fue acumulando sobre el siguiente, hasta que la semana original se convirtió, sin que Clara lo hubiera planeado nunca, en casi dos.
Del otro lado del país, Elena luchaba con esa misma acumulación, pero desde una posición mucho más vulnerable: sin poder ver, sin poder participar, solo esperando actualizaciones que llegaban cada vez con más espacio entre una y otra.
—Todavía no —le decía Clara, casi cada noche, con una frustración genuina en la voz—. Ahora es el banco y el administrador. Juro que en cuanto pueda, tomo el primer vuelo.
—Lo sé. Te creo.
Y era cierto: Elena le creía. Pero creer no siempre alcanzaba para apagar del todo la vieja pregunta que la distancia, sin proponérselo, reavivaba: ¿y si esto se sigue alargando para siempre?
Esa pregunta la acompañó los días siguientes, instalada en algún rincón de su cabeza incluso mientras trabajaba, incluso mientras sonreía a los clientes que entraban a la florería sin sospechar nada.
La disimulaba bien, o al menos eso creía, hasta que Iris, que la conocía demasiado bien como para dejarse engañar, la encontró un jueves por la tarde con la mirada perdida hacia la ventana, un ramo a medio terminar entre las manos, los tallos ya marchitándose un poco por el tiempo que llevaba sin tocarlos.
—Estás distraída —dijo, dejando su bolso sobre el mostrador sin ningún preámbulo.
—Perdón. Estaba pensando.
—¿En Clara?
Elena asintió, sin mucha energía para negarlo.
—Cada día que se alarga esto, pienso que quizás hay algo que la está deteniendo allá, algo que no me está contando del todo. Y sé que probablemente es solo mala suerte con los trámites. Pero no puedo evitar pensarlo de todos modos.
Iris se sentó en el banco alto de siempre, con una expresión seria.
—¿Le has dicho eso? Exactamente como me lo acabas de decir a mí.
—No quiero sonar como la novia insegura que no confía en ella.
—Elena. —Iris la miró con firmeza cariñosa— Decirle lo que sientes no es lo mismo que no confiar en ella. Es, literalmente, lo contrario: es confiar en que ella puede escucharte sin que eso rompa nada.
Elena soltó una risa pequeña, reconociendo la verdad incómoda del comentario.
—Tienes razón.
—Siempre la tengo. Es agotador, lo sé.
Esa noche, Elena finalmente se armó de valor y llamó a Clara, en lugar de esperar el mensaje de rutina.
—Hola —dijo Clara, con una sorpresa genuina en la voz—. No esperaba que llamaras.
—Necesitaba escuchar tu voz. —Elena dudó un momento— Y necesito decirte algo, aunque suene tonto.
—Dime.
—Sé que no es tu culpa que esto se esté alargando. Sé que estás haciendo todo lo posible por volver rápido. Pero cada día que pasa, la parte más antigua y más miedosa de mí empieza a preguntarse si esto va a seguir alargándose para siempre. Y sé que no es justo pensarlo, pero ahí está.
Hubo un silencio breve al otro lado, y después, la voz de Clara, firme y sin ninguna vacilación.
—Elena, escúchame. No hay ningún momento en el que yo elija quedarme aquí más tiempo del estrictamente necesario.
Cada trámite que se atrasa me frustra más a mí que a ti, porque cada día es un día menos contigo, no un día más aquí.
Esto no se parece en nada a la última vez.
Esta vez estoy peleando activamente para volver, no buscando razones para quedarme.
Elena sintió el pecho aflojarse, con un alivio genuino.
—Gracias por decirlo así de claro.
—Voy a decírtelo las veces que haga falta. —La voz de Clara se suavizó—. ¿Mejor?
—Mejor.
—Te prometo algo: en cuanto tenga fecha de vuelo, eres la primera en saberlo. Nada de sorpresas, nada de silencios. Solo la verdad, aunque sea aburrida y llena de trámites de banco.
Elena rió, sintiendo, por primera vez en días, que la ansiedad acumulada empezaba a aflojarse de verdad.
—Te tomo la palabra.
Colgaron poco después, con un cariño renovado que ninguna de las dos quiso apresurar a analizar demasiado.
Y aunque la semana seguía alargándose, sin fecha de regreso todavía confirmada, algo en la forma en que ambas habían decidido nombrar el miedo, en lugar de dejarlo crecer en silencio, les dio a las dos la certeza tranquila de que, esta vez, ninguna estaba cargando la espera completamente sola.