CAPÍTULO 18 Jueves
Clara despertó el jueves con la sensación de tener una piedra instalada en el pecho.
Faltaban menos de veinticuatro horas para responderle a Emmanuel, y en lugar de sentirse más cerca de una decisión, se sentía exactamente igual de perdida que el día anterior, quizás peor, con la conversación truncada con Elena todavía pesándole, sin resolver, como una herida que no había tenido tiempo de cerrar antes de que la presionaran a tomar la decisión más importante de su carrera.
No había vuelto a saber nada de Elena desde que salió de la librería la tarde anterior.
Se preparó café sin ganas reales de beberlo, y se sentó en la cocina de su abuela con la libreta de pendientes abierta frente a ella, esperando, sin mucha fe, que escribir algo la ayudara a pensar con más claridad.
No escribió nada.
Solo se quedó mirando la página en blanco, hasta que el sonido de la puerta lateral —José, con su termo de siempre— la sacó de sus pensamientos.
—Te ves mal —dijo José, sin rodeos, sentándose frente a ella con su propio café.
—Gracias, papá. Justo lo que necesitaba escuchar.
—No lo digo para que te sientas mal. Lo digo porque me preocupa.
Clara suspiró, y por primera vez desde que había empezado a reconstruir esta relación torpe y nueva con su padre, sintió la necesidad genuina de contarle todo, sin editarlo, sin la reserva habitual que la caracterizaba.
—Tengo que decidir si acepto un puesto en la editorial. Mañana. —Hizo una pausa—. Y no sé qué hacer.
José la escuchó con atención mientras Clara le explicaba la situación: la llamada de Emmanuel, la fecha límite, el peso de años de trabajo pendiendo de una respuesta que tenía que dar en menos de un día.
—¿Y qué es lo que te detiene? —preguntó finalmente, con esa simpleza directa que Clara ya empezaba a reconocer como parte genuina de él, no solo torpeza.
—No lo sé.
—Sí lo sabes. —José la miró, con una firmeza suave— Solo no quieres decirlo en voz alta.
Clara sintió el impulso de negarlo, de esconderse detrás de la ambigüedad de siempre. Pero algo en la mirada de su padre, esa misma mirada que apenas unas semanas atrás no hubiera sabido cómo sostenerle la hizo ceder.
—Es Elena —dijo finalmente, con la voz más pequeña de lo que hubiera querido.
José asintió, sin ninguna sorpresa evidente en el gesto.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
—Clara, no hace falta ser muy observador. —Lo dijo sin ninguna burla, solo con una honestidad cariñosa—. Y creo que, en el fondo, tú también lo sabes desde hace tiempo.
Clara se quedó en silencio, sintiendo que algo en su pecho, algo que llevaba semanas conteniendo con cuidado, empezaba a aflojarse.
—Tengo miedo, papá.
—¿De qué?
—De que si me quedo, pierda todo lo que he construido. Y de que si me voy... —se detuvo, con la voz quebrándose apenas—. De que si me voy, pierda algo que ni siquiera he terminado de encontrar.
José se quedó callado un momento, sopesando sus palabras con el mismo cuidado torpe de siempre.
—Cuando tu madre y yo nos casamos —dijo finalmente—, yo tenía una oferta de trabajo en la capital. Buen sueldo, buen puesto. Todo lo que se supone que uno debe querer.
—No sabía eso.
—No se lo cuento a nadie. —Sonrió, apenas— Al final no la tomé. Me quedé aquí, con tu madre, contigo en camino. Y durante años me pregunté qué hubiera pasado si hubiera elegido diferente.
—¿Te arrepientes?
—No. —Lo dijo con una certeza que sorprendió a Clara— Pero tampoco te voy a mentir: hay una parte de mí que siempre se preguntó. Y esa pregunta, con los años, aprendí a hacer las paces con ella, pero nunca desapareció del todo.
—¿Qué estás tratando de decirme?
José la miró directamente, con una claridad poco habitual en él.
—Que cualquier decisión que tomes va a tener un costo, Clara. Eso es inevitable. La pregunta no es cuál decisión no duele. Es cuál costo estás dispuesta a cargar el resto de tu vida.
Clara sintió las palabras de su padre asentarse con un peso que no esperaba, resonando en un lugar mucho más profundo del que las conversaciones anteriores habían logrado alcanzar.
—No sé cuál es esa respuesta todavía.
—Lo sé. —José le tomó la mano, un gesto que hasta hace unas semanas hubiera sido impensable entre ellos— Pero tienes hasta mañana para encontrarla. Y sea cual sea, yo voy a estar orgulloso de ti. Eso ya no tiene condición.
Esa tarde, Clara caminó sin rumbo fijo por el pueblo, dejando que sus pies la llevaran donde quisieran, mientras las palabras de su padre seguían dándole vueltas.
¿Cuál costo estás dispuesta a cargar el resto de tu vida?
Terminó, sin sorprenderse demasiado, frente a Flores Duarte, mirando el letrero pintado a mano desde la acera de enfrente, sin decidirse a cruzar.
A través del cristal, vio a Elena moviéndose entre las flores, concentrada en algún arreglo, con el cabello recogido de la forma descuidada que Clara ya conocía de memoria.
No entró.
No todavía.
En cambio, se quedó ahí un largo rato, observando, permitiéndose sentir con total honestidad lo que la sola imagen de Elena, trabajando tranquila en su propio mundo, le provocaba, un peso cálido y aterrador a la vez, una certeza que llevaba días evitando nombrar del todo.
Cuando finalmente se dio la vuelta para caminar de regreso a la librería, sin haber cruzado la calle, algo en ella ya había cambiado, aunque todavía no supiera exactamente en qué forma.
Esa noche, sentada en la azotea, con el cielo tan despejado como cada noche desde su regreso, Clara sacó su teléfono y escribió un mensaje a Emmanuel.
Lo borró.
Lo volvió a escribir.
Lo borró otra vez.
Finalmente, después de casi una hora sentada bajo las estrellas, con el frío calándole los huesos y una claridad extraña asentándose poco a poco en su pecho, escribió algo distinto, no para Emmanuel, sino para sí misma, en la libreta que llevaba semanas llenando de tachaduras y decisiones a medio tomar.
Mañana lo sabré.
No era una respuesta. Pero, por primera vez en días, se sintió como el inicio honesto de una.