TODO LO QUE DEJAMOS SIN DECIR CAPÍTULO 17 La llamada que no esperaba
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CAPÍTULO 17 La llamada que no esperaba

Elena pasó los días siguientes buscando el momento correcto, sin encontrarlo del todo.

No era que le faltaran oportunidades, Clara seguía pasando por la florería casi cada dos días, con alguna excusa cada vez más débil, y Elena hacía lo mismo del otro lado, apareciendo en la librería con pretextos igual de transparentes.

Pero cada vez que se acercaba al punto donde podría decir algo real, algo se interponía: un cliente, una entrega, el miedo mismo, que seguía siendo, a pesar de la conversación con su madre, una presencia difícil de ignorar del todo.

Se dijo a sí misma que esperaría al momento perfecto.

No contaba con que ese momento perfecto nunca llegaría de la forma en que ella lo imaginaba.

Pasaron el lunes y el martes sin que encontrara la ocasión, o el valor para intentarlo, y para el miércoles por la mañana, Elena ya empezaba a preguntarse si el momento perfecto no sería, en realidad, una excusa más elaborada que las anteriores.

No tenía forma de saber que, esa misma mañana, del otro lado del pueblo, algo estaba a punto de complicar todavía más las cosas.

La llamada de Emmanuel llegó mientras Clara terminaba de acomodar los últimos libros que le quedaban después del festival.

—Clara. —La voz de Emmanuel sonaba distinta a la de sus mensajes anteriores, más formal, más urgente—. Necesito que hablemos.

—Te escucho.

—La junta directiva quiere cerrar el proceso de la dirección esta misma semana.

Hay presión de los inversionistas para que la reestructuración se anuncie completa antes de fin de mes, y eso incluye saber quién va a estar al frente.

—Hizo una pausa—. Necesito una respuesta definitiva, Clara.

No puedo seguir sosteniendo esto indefinidamente, por más que quiera.

Clara sintió el estómago cerrarse de una forma que no sentía desde hacía semanas.

—¿Cuándo necesitas la respuesta?

—Idealmente, mañana. La reunión formal es el viernes, aquí, en la oficina. Si aceptas el puesto, necesitas estar presente.

—El viernes es en dos días.

—Lo sé. —La voz de Emmanuel se suavizó, apenas—. Sé que te pido mucho, y sé que las cosas allá no han sido simples. Pero también sé que llevas años trabajando para esto, Clara. No quiero ser yo quien te lo quite por circunstancias que no controlamos ninguno de los dos.

Clara se quedó en silencio, con el teléfono presionado contra la oreja y la vista perdida hacia la ventana de la oficina, hacia la calle que conocía ya de memoria, hacia el camino que llevaba, unas cuadras más adelante, a una florería con un letrero pintado a mano.

Pensó en el puesto. En los años que había pasado formándose para llegar exactamente a este punto, los manuscritos leídos hasta la madrugada, los autores difíciles con los que había aprendido a tener paciencia, cada pequeña victoria que la había ido acercando, sin que ella lo planeara del todo, a la oficina que algún día sería suya.

Era, sin exagerar, el sueño que había perseguido desde que tenía memoria, la prueba concreta de que el amor por los libros que su abuela le había sembrado podía convertirse en algo real, en una vida entera construida alrededor de eso.

Y sin embargo, por primera vez desde que Emmanuel había empezado a insinuar la posibilidad, ese sueño no se sentía como la respuesta obvia que siempre había asumido que sería.

Había algo más algo que no podía nombrar con la misma claridad con la que nombraba su carrera, pero que pesaba, de todos modos, con una fuerza que la sorprendía.

No era solo la librería. No era solo el pueblo.

Era la sensación, cada vez más difícil de ignorar, de que necesitaba entender qué era exactamente lo que estaba a punto de dejar atrás, antes de poder decidir con honestidad qué era lo que de verdad quería.

—Necesito pensarlo —dijo finalmente.

—Tienes hasta mañana en la noche, Clara. Lo siento. No puedo darte más tiempo que eso.

Colgó, y se quedó sentada en el escritorio de su abuela durante un largo rato, sin moverse, sintiendo que el suelo que había empezado a sentir firme bajo sus pies volvía, de golpe, a tambalearse.

El viernes.

Dos días.

Pensó en todo lo que dejaría sin resolver si se iba ahora: la librería, todavía sin comprador definitivo. La relación con sus padres, apenas empezando a encontrar una forma nueva de existir. Y Elena.

Elena, que llevaba días acercándose a algo que ninguna de las dos terminaba de nombrar, que la miraba de una forma que Clara ya no podía fingir no notar.

Sintió el impulso de escribirle de inmediato, de contarle, de preguntarle qué pensaba que debería hacer. Pero algo la detuvo quizás el miedo de que la respuesta de Elena, cualquiera que fuera, terminara de inclinar una decisión que Clara todavía no se sentía capaz de tomar con claridad.

En cambio, guardó el teléfono, y se permitió, por primera vez en semanas, sentir el peso completo de las dos vidas que llevaba intentando sostener al mismo tiempo.

Esa tarde, Elena llegó a la librería sin ninguna excusa preparada, solo con la determinación silenciosa que llevaba días construyendo.

Encontró a Clara sentada en el mostrador, con una expresión que no había visto antes, no la tristeza reservada de los primeros días, ni la ligereza que había empezado a ganar terreno en las últimas semanas, sino algo más parecido a la indecisión pura.

—¿Estás bien? —preguntó, olvidando por un momento todo lo que había planeado decir.

Clara levantó la vista, y por un segundo pareció que iba a mentir, a decir que sí, como tantas otras veces. Pero se detuvo.

—No del todo.

—¿Qué pasó?

Clara dudó, sopesando cuánto contar, y finalmente, con un cansancio que Elena no le había visto hasta entonces, se lo dijo todo: la llamada de Emmanuel, la reunión del viernes, la decisión que tenía que tomar en menos de dos días.

Elena escuchó en silencio, sintiendo que el terreno que había estado ganando con tanto cuidado se desmoronaba, de golpe, bajo una noticia que no había previsto.

—¿Vas a ir? —preguntó finalmente, con una voz que intentaba sonar neutral y no lo lograba del todo.

—No lo sé todavía. —Clara se pasó una mano por el cabello, con más cansancio que otra cosa— Tengo hasta mañana en la noche para decirle a Emmanuel qué voy a hacer.

Elena se quedó callada un momento, procesando la cercanía de esa fecha.

—Eso es muy pronto.

—Lo sé. —Clara suspiró, con una frustración que no iba dirigida a Elena, sino a la situación misma— Llevo años trabajando para este puesto, Elena. No es algo que pueda decidir así, de la noche a la mañana.

—No dije que debieras.

—No, pero lo estás pensando.

El comentario, más filoso de lo que Clara probablemente pretendía, se instaló entre las dos con un peso nuevo.

Por primera vez desde el reencuentro, algo parecido a una verdadera tensión, no la incomodidad cautelosa de los primeros días, sino algo más real, más parecido a un conflicto genuino se abrió paso entre ellas.

—No —dijo Elena finalmente, dando un paso atrás, tanto física como emocionalmente—No estoy pensando nada. Es tu decisión.

—Elena…

—No, tienes razón. —Elena se cruzó de brazos, con una calma forzada que no lograba esconder del todo el dolor debajo— Es tu vida, Clara. Tu carrera. Yo no tengo ningún derecho a pedirte que te quedes solo porque yo…

Se detuvo, sin terminar la frase, consciente de que estaba a punto de decir, en el peor momento posible, exactamente lo que llevaba días queriendo decir en el momento correcto.

—¿Solo porque tú qué? —preguntó Clara, con una intensidad repentina, como si finalmente estuviera dispuesta a escuchar lo que fuera que Elena hubiera estado a punto de decir.

Elena la miró, sintiendo el corazón latir con una fuerza casi dolorosa, sabiendo que estaba parada exactamente en el borde de la conversación que había estado esperando tener durante días, solo que ahora, con la presión del viernes pesando sobre ambas, todo se sentía más frágil, más precipitado de lo que había imaginado.

—Nada —dijo, retrocediendo otra vez— Olvídalo. Necesitas pensar en lo tuyo. No voy a complicarte más las cosas.

Se giró hacia la puerta, y Clara, todavía procesando la velocidad con la que la conversación se había torcido, no encontró las palabras para detenerla a tiempo.

—Espero que tomes la decisión correcta, sea cual sea —dijo Elena, ya en la puerta, sin voltear del todo— De verdad.

Salió, y la campanilla sonó detrás de ella con un eco que a Clara le pareció, de pronto, mucho más solitario de lo habitual.

Esa noche, ninguna de las dos miro las estrellas.

Clara se quedó en la librería, con el teléfono en la mano, escribiendo y borrando mensajes que nunca llegó a enviar, sin saber si debía disculparse, explicarse, o simplemente dejar que el silencio hiciera su trabajo hasta que ambas encontraran claridad por separado.

Elena, en su casa, se quedó mirando el techo, furiosa consigo misma por haber dejado que el miedo, otra vez, tomara el control justo cuando había decidido que no lo haría más.

Ninguna de las dos durmió bien.

Y el viernes, con todo lo que representaba, seguía acercándose, indiferente a lo que cualquiera de las dos sintiera al respecto.