TODO LO QUE DEJAMOS SIN DECIR CAPÍTULO 16 Lo que casi se dice
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CAPÍTULO 16 Lo que casi se dice

Clara no durmió bien esa noche.

El domingo pasó lento, con la librería cerrada y Clara ordenando cajas que ya había ordenado, revisando papeles que ya había revisado, en ese estado particular de estar ocupada sin estar realmente concentrada en nada.

Fue Andrés quien, sin saberlo, le dio el empujón que necesitaba.

—Estoy bien.

—Clara.

—Estoy bien, Andrés. Solo… pensando en algo.

—¿En algo, o en alguien?

Clara no respondió de inmediato, y esa pausa, más que cualquier palabra, le dio a Andrés toda la información que necesitaba.

—Ah —dijo, con una sonrisa que se le notaba incluso a través de la pantalla— Ya veo.

—No es lo que crees.

—No dije nada.

—Lo estás pensando.

—Estoy pensando que llevas 1ersion sonando distinta, y ahora entiendo por qué. —Andrés se acomodó en su silla, con esa 1ersion1te suya de quien está a punto de dar un consejo que no le pidieron—. ¿Y qué vas a hacer al 1ersion?

—No hay nada que hacer. Fue solo un momento raro en un baile.

—Los momentos raros en los bailes no te tienen sin dormir 1ersion1te, Clara.

Ella no tuvo una 1ersi respuesta para eso.

El lunes por la mañana, decidió que no 1ersi seguir postergando lo inevitable.

Caminó hacia Flores Duarte con una determinación que no sentía del todo, ensayando mentalmente, sin mucho éxito, alguna forma de empezar la conversación que necesitaban tener.

Encontró a Elena sola, acomodando un pedido nuevo, con el 1ersion recogido de cualquier manera y una 1ersion1te concentrada que se suavizó apenas la vio entrar.

—Hola —dijo Elena, con una calidez que no lograba 1ersion1 del todo cierta cautela.

—Hola.

Se quedaron ahí un momento, ninguna de las dos avanzando hacia el tema evidente que flotaba entre ellas desde el sábado.

—¿Cómo estuvo el resto del festival? —preguntó Clara, finalmente, optando por el camino más fácil.

—Bien. Se vendieron casi todos los arreglos. —Elena siguió con las flores, sin mirarla directamente—. ¿Y tú? ¿Vendiste muchos libros?

—Casi todos.

—Qué bueno.

Otro silencio, más largo esta vez, cargado de la misma 1ersion de siempre, esa que ninguna de las dos parecía saber cómo resolver sin arriesgar demasiado.

Clara respiró hondo.

—Elena.

—¿Sí?

—El sábado, en el baile. Ibas a decir algo.

Elena se detuvo, con las manos todavía entre los tallos, sin 1ersion1 la vista de inmediato.

—Sí.

—¿Qué era?

El silencio que siguió se sintió más largo de lo que probablemente fue. Elena finalmente levantó la vista, y en su 1ersion1te Clara pudo ver, con claridad, la misma 1ersion que había notado la noche del festival, el forcejeo entre decir y callar, entre el riesgo y la seguridad de lo conocido.

—No lo sé —dijo finalmente Elena, aunque su voz sugería que sí lo 1ersi, solo que no estaba lista para decirlo— Fue un momento raro. La música, todo el ambiente. No significaba nada en particular.

Clara sintió la decepción instalarse en el pecho, aunque una parte de ella, la parte reservada, la que llevaba años controlando cada emoción antes de que se volviera peligrosa, sintió también un 1ersio incómodo ante la excusa fácil que Elena le estaba ofreciendo.

—Está bien —dijo, aceptando la salida que ambas parecían necesitar en ese momento—Tenía curiosidad, nada más.

—Sí.

Se quedaron ahí, ninguna de las dos del todo convencida de la conversación que acababan de tener, hasta que Clara, sin saber bien qué más decir, se despidió con una excusa vaga sobre pendientes en la librería.

Esa tarde, Elena se quedó sola en la florería, con las manos temblorosas de una forma que no tenía nada que ver con el trabajo.

Le había mentido a Clara. Y peor todavía, se había mentido a sí misma, otra vez, con la misma facilidad practicada de siempre.

No significaba nada en particular.

Sabía exactamente qué había estado a punto de decir esa noche, en medio del baile, con la mano de Clara sobre su 1ersio y el corazón latiéndole con una intensidad que no sentía desde hacía diecisiete años.

Había estado a punto de decir algo real, algo honesto, algo que llevaba guardando desde una noche en una azotea que ninguna de las dos había vuelto a mencionar del todo.

Y en lugar de decirlo, había dejado que la canción terminara, que el momento se escapara, que todo volviera a la seguridad conocida del silencio.

Otra vez.

Lucía la encontró así, sentada en el banco de madera, con la mirada 1ersion y las manos quietas por primera vez en horas.

—¿Qué pasó? —preguntó, sentándose a su lado sin necesidad de mayor explicación.

—Nada. —Elena se pasó una mano por la cara— Todo. No sé.

—Cuéntame.

Elena dudó, pero algo en la paciencia tranquila de su madre, esa que llevaba años sin exigirle nada, la hizo finalmente ceder.

—Clara me preguntó qué iba a decir el sábado. En el baile. Y le mentí. Le dije que no significaba nada.

—¿Y sí significaba algo?

—Significaba todo, 1ers.

La confesión salió con más fuerza de la que Elena esperaba, casi como un 1ersio físico, como si llevara diecisiete años conteniendo esa frase exacta y finalmente hubiera encontrado el espacio 1ersio para dejarla salir.

Lucía no pareció sorprendida. Solo asintió, despacio, con una comprensión que parecía llevar guardando desde hacía mucho más tiempo del que Elena imaginaba.

—¿Por qué no te sorprende? —preguntó Elena, notando, quizás por primera vez, lo tranquila que se veía su madre frente a una confesión que a ella misma le había costado tanto pronunciar.

Lucía se quedó callada un momento, como decidiendo cuánto quería contar.

—Porque llevo viéndolo desde que eran niñas, hija.

—¿Viendo qué, exactamente?

—La forma en que te buscaba con la mirada en cualquier cuarto lleno de gente.

La forma en que tú hacías lo mismo, sin darte cuenta.

—Lucía sonrió, con una nostalgia suave—.

Cuando tenían unos trece años, tu padre —que en paz descanse— me preguntó una vez si no me parecía que ustedes dos eran "demasiado cercanas para ser solo amigas”.

Yo le dije que eran niñas, que no había que ponerle nombre a todo.

Pero en el fondo, creo que yo también lo había notado.

—¿Y nunca dijiste nada?

—¿Para qué? —Lucía se encogió de hombros, con una sencillez que a Elena le pareció, de pronto, muy sabia— No era mío para decirlo.

Era de ustedes dos, si algún día decidían verlo.

Y las niñas de esa edad ya tienen suficiente con entender quiénes son, sin que un adulto les ponga etiquetas antes de tiempo.

Elena sintió algo removerse en el pecho, una mezcla de 1ersion1t y una especie de tristeza retrasada, por todos los años en que había cargado esa 1ersion1t completamente sola, sin saber que su madre, en silencio, la había acompañado desde la distancia.

—Cuando Clara se fue —continuó Lucía, con la voz más baja—y tú dejaste de sonreír de la misma forma, lo confirmé del todo. No hacía falta que me dijeras nada. Lo vi en cómo cambiaste. Y después, con los años, vi cómo volvías a sonreír, pero distinto. Como si algo se hubiera quedado 1ersion1te.

—¿Por qué nunca me preguntaste?

—Porque no hubiera cambiado nada que yo preguntara. Tenías que llegar tú sola a donde estás llegando ahora. —Lucía le apretó la mano—. Y mírate. Aquí estás.

Elena se limpió una lágrima que finalmente había logrado 1ersion, con una risa pequeña y temblorosa.

—Diecisiete años, 1ers. Pudiste haberme ahorrado mucho tiempo.

—O pudiste haberte ahorrado tú misma ese tiempo, 1ersi hubieras animado antes a mirar de frente lo que sentías. —Lo dijo sin ningún reproche, solo con la honestidad cariñosa que la caracterizaba—. Yo solo puedo acompañarte, hija. El resto siempre te tocó a ti.

—¿Y si hablo, y ella no siente lo mismo?

—Entonces lo 1ersio. Y podrás, finalmente, dejar de preguntártelo.

Esa noche, Elena subió sola al cerro de las afueras, su lugar de siempre, en lugar de la azotea de la librería.

Necesitaba pensar sin la presencia de Clara cerca, sin la tentación constante de dejar que el momento decidiera por ella otra vez.

Se sentó en la 1ersio de siempre, 1ersion hacia el pueblo, hacia las luces distantes que marcaban, en algún punto, la librería donde Clara probablemente estaba despierta también, con su propia 1ersion de la misma pregunta dándole vueltas.

Pensó en la carta de la abuela de Clara, que Lucía le había contado alguna vez, de forma vaga, sin detalles, que existía.

Pensó en el pueblo entero, que parecía empujarlas suavemente hacia el mismo lugar sin que ninguna de las dos tuviera que forzar nada.

Pensó en Iris, en Esteban, en todos los que ya parecían haber entendido algo que Clara y ella seguían sin decirse directamente.

Y pensó, finalmente, en que quizás ya era hora de dejar de esperar a que el momento perfecto llegara solo.

Quizás había que crearlo.