CAPÍTULO 15 El festival
El sábado llegó con un cielo despejado y ese calor seco de las tardes de montaña que se suaviza apenas cae el sol.
Clara pasó la mañana terminando de acomodar el puesto de libros, ajustando la mesa que Elena y ella habían nivelado días antes, y colocando, en un lugar visible, un pequeño letrero escrito a mano:
Librería Valdés — En memoria de Dolores Valdés.
Se quedó mirando el letrero un momento, sintiendo el peso pequeño y cálido del nombre completo de su abuela escrito ahí, en medio de la plaza, rodeado de guirnaldas de papel y el bullicio creciente de los preparativos.
—Quedó bonito —dijo José, apareciendo detrás de ella con una caja más de libros— Le hubiera gustado ver esto.
—Eso espero.
Terminaron de montar todo justo cuando la plaza empezaba a llenarse: familias enteras, niños corriendo entre los puestos, el aroma de comida recién hecha mezclándose con el de las flores que adornaban cada rincón visible.
La banda del pueblo probaba sus instrumentos cerca del escenario, y Clara reconoció, sin poder evitar una sonrisa, algunos de los arreglos florales que Elena había mencionado días antes, girasoles y cempasúchil enmarcando el escenario en una explosión de color cálido.
El puesto de libros funcionó mejor de lo que Clara había anticipado.
La gente del pueblo, movida tanto por la nostalgia hacia su abuela como por la curiosidad de ver a la nieta de "doña Dolores" detrás del mismo tipo de mesa, se acercaba con comentarios cariñosos, recuerdos compartidos, y compras que Clara sospechaba estaban más motivadas por el cariño que por el interés genuino en los títulos.
—Tu abuela me vendió este mismo libro hace como veinte años —le dijo un hombre mayor, sosteniendo una edición gastada de poesía—. Me cobró la mitad de lo que valía. Dijo que un hombre que leía poesía merecía un descuento.
Clara rió, sintiendo el corazón apretarse con una mezcla de nostalgia y orgullo.
—Entonces se lo doy igual de barato. Por tradición.
El hombre sonrió, agradecido, y se fue con el libro bajo el brazo, dejando a Clara con la sensación cálida de estar, de alguna manera, honrando algo más grande que un simple trámite de venta.
Elena apareció a media tarde, ya sin la ropa de trabajo, vestida con algo más ligero y floreado que Clara no pudo evitar notar de inmediato.
—¿Cómo va el negocio? —preguntó, apoyándose en la mesa con una sonrisa.
—Sorprendentemente bien. Creo que todo el pueblo le debe algún favor a mi abuela.
—No lo dudes. —Elena tomó uno de los libros, hojeándolo distraídamente—. ¿Ya cenaste? Hay un puesto de tamales que no te puedes perder.
—Todavía no.
—Ven. Iris me cubre el puesto un rato, y mamá puede vigilar el tuyo. Vamos a comer algo antes de que empiece la música.
Clara no necesitó que se lo pidieran dos veces. Y Lucia se quedo viendo la escena frente a sus ojos, como su hija por fin sonreía de verdad siendo plena.
Caminaron entre los puestos, comiendo tamales envueltos en servilletas de papel, mientras el sol terminaba de esconderse detrás de los cerros y las primeras luces artificiales del festival empezaban a encenderse, dándole a la plaza un aire casi mágico.
—Esto es exactamente como lo recordaba —dijo Clara, mirando alrededor— No había cambiado nada.
—Algunas cosas sí. —Elena señaló con la barbilla hacia el escenario, donde la banda ya empezaba a instalarse— Antes tocaba solo un señor con un acordeón. Ahora hay banda completa.
—Una gran mejora.
—El pueblo tiene sus prioridades.
Rieron juntas, caminando sin rumbo fijo entre la gente, saludando ocasionalmente a algún conocido, Clara notó, con una punzada de calidez, que varias personas ya la saludaban por su nombre, como si el pueblo, poco a poco, la estuviera reclamando de vuelta.
Se cruzaron con Esteban en algún punto, acompañado de un grupo de amigos, y el saludo fue cordial pero breve, un asentimiento cortés de su parte hacia Elena, una sonrisa educada hacia Clara, y nada más.
Clara notó, sin embargo, la mirada rápida y evaluadora que Esteban le dedicó, como quien confirma algo que ya sospechaba.
—¿Está bien? —preguntó Clara, una vez que ya se habían alejado— Contigo, digo.
—Sí. —Elena suspiró, aunque sin tristeza real— Fue raro al principio. Pero creo que lo entendió mejor de lo que yo esperaba.
Clara no preguntó más, aunque sintió, con una claridad que la sorprendió, un alivio pequeño y silencioso ante la respuesta.
La música empezó poco después, y con ella, buena parte del pueblo se congregó frente al escenario, donde la banda tocaba algo animado, tradicional, del tipo de canciones que Clara recordaba vagamente de las fiestas de su infancia.
—¿Bailas? —preguntó Elena, con una sonrisa traviesa que Clara no pudo, ni quiso, resistir.
—Hace años que no bailo nada de esto.
—Entonces es hora de refrescar la memoria.
Se unieron a la multitud que ya se movía frente al escenario, entre risas y pasos torpes al principio, hasta que el ritmo las fue arrastrando a ambas con una naturalidad que Clara no esperaba encontrar tan rápido.
Bailaron sin mucha coreografía, más guiadas por el ritmo y la energía colectiva del pueblo que por ningún paso específico, y en algún momento, entre giro y giro, Clara se sorprendió riendo con una libertad que hacía años no sentía.
La canción cambió a algo más lento, y por un instante, ninguna de las dos supo bien qué hacer, quedarse, alejarse, seguir bailando de una forma distinta, hasta que Elena, con una naturalidad que pareció sorprenderla incluso a ella misma, dio un paso más cerca.
—¿Está bien? —preguntó, en voz baja, casi perdida entre la música.
Clara sintió el corazón acelerarse.
—Está bien.
Bailaron esa canción más despacio, más cerca de lo que ninguna de las dos hubiera planeado, con las manos apenas rozándose sobre los hombros, y una distancia que se acortaba con cada compás sin que ninguna la nombrara en voz alta.
Clara podía sentir el perfume de Elena, una mezcla de flores y algo más cálido, y por un momento, el resto del pueblo, la música, todo, pareció desvanecerse hasta dejar solo ese espacio pequeño entre las dos.
—Clara —dijo Elena, con la voz apenas audible sobre la música.
—¿Sí?
Elena pareció a punto de decir algo más, algo importante, pero justo en ese momento la canción terminó, y con ella, la multitud alrededor volvió a moverse, a aplaudir, rompiendo el momento con la naturalidad brusca de la vida real interrumpiendo lo que fuera que estuviera a punto de suceder.
—Nada —dijo Elena finalmente, dando un paso atrás, con una sonrisa que no terminaba de esconder cierta decepción—. Olvídalo.
Se alejaron del escenario poco después, caminando hacia los puestos con una nueva torpeza entre ellas, esa incomodidad particular de dos personas que casi dicen algo importante y ahora no saben bien cómo seguir la conversación.
—Debería volver al puesto —dijo Clara, aunque no tenía especial urgencia por hacerlo.
—Sí. Yo igual.
Caminaron juntas de regreso, en un silencio que no era exactamente incómodo, pero que cargaba el peso de todo lo que ninguna de las dos había terminado de decir.
Justo antes de separarse, Elena se detuvo.
—Clara.
—¿Sí?
Elena la miró un largo momento, con algo en los ojos que parecía estar librando una batalla silenciosa entre decir y callar.
—Me alegra que hayas venido. Al festival, digo.
Clara sintió la decepción pequeña de saber que, otra vez, algo se había quedado sin decir.
—A mí también me alegra.
Se separaron ahí, cada una hacia su respectivo puesto, con la música todavía sonando de fondo y una sensación compartida, aunque ninguna lo supiera con certeza del todo, de haber estado a punto de algo que ninguna de las dos se atrevió a nombrar.
Esa noche, ya en la librería, Clara se quedó despierta mucho más tiempo del habitual, repasando el momento del baile una y otra vez, preguntándose qué habría dicho Elena si la canción no hubiera terminado justo en ese instante.
No tenía forma de saberlo.
Pero por primera vez, la pregunta no le dio miedo.
Le dio esperanza.