CAPÍTULO 14 El festival de las cosechas
El pueblo empezó a cambiar de ritmo esa semana.
Clara lo notó primero en los pequeños detalles: guirnaldas de papel colgando entre los postes de luz de la plaza, un escenario improvisado que empezaba a tomar forma cerca de la fuente, y una energía distinta en la gente, más animada, como si San Aurelio entero estuviera conteniendo la respiración antes de algo importante.
—Es el festival de las cosechas —le explicó José, cuando ella preguntó, casi de pasada, durante una de sus visitas— Cada año, a finales de temporada. Hay música, comida, un mercado más grande de lo normal. Todo el pueblo participa.
Clara sintió una punzada de reconocimiento.
—Íbamos siempre. De niña.
—Lo sé. Tu abuela nunca se lo perdía. Tenía un puesto de libros usados, ¿te acuerdas? Vendía a precios ridículos, casi regalados. Decía que los libros debían circular, no acumular polvo.
Clara no lo recordaba con claridad, pero la imagen —su abuela detrás de una mesa de libros, bajo las luces de papel del festival— se sintió, de inmediato, como algo que necesitaba recuperar.
—Voy a poner un puesto este año —dijo, casi sin pensarlo—. En su nombre.
José sonrió, con un orgullo que no intentó disimular.
—Le hubiera encantado eso.
Se quedaron un rato más hablando de los detalles, dónde solía ponerse el puesto de la abuela, qué tan temprano había que llegar para conseguir buen lugar, hasta que José se despidió, prometiendo ayudarla a cargar las cajas de libros el día del festival.
Clara pasó el resto de la tarde separando los libros que llevaría, y fue mientras acomodaba una caja junto a la puerta que notó, a través de la ventana, el ajetreo que ya empezaba a tomar forma calle abajo: alguien colgando más guirnaldas, un grupo de niños corriendo con banderines de papel, y un aroma dulce y floral que llegaba, con la brisa, desde la dirección de Flores Duarte.
Ese aroma no era casualidad.
En Flores Duarte, los preparativos habían empezado desde días antes.
Elena llevaba años a cargo de los arreglos florales del escenario principal, una tradición que había heredado, sin proponérselo del todo, del entusiasmo de su madre por el festival y esa semana la florería se llenaba de más color del habitual: girasoles, cempasúchil, ramas de algo silvestre que Elena cortaba ella misma de los cerros cercanos al pueblo.
—Este año quiero hacer algo distinto —le dijo a Lucía, una mañana, mientras ambas seleccionaban flores para los arreglos del escenario— Menos formal. Más parecido a como se veía el pueblo cuando yo era niña.
—¿Y eso por qué, si se puede saber?
Elena se encogió de hombros, aunque una sonrisa pequeña se le escapó sin que pudiera evitarlo.
—Solo se me ocurrió.
Lucía la observó de reojo, con esa mirada suya que veía más de lo que decía, pero no insistió. Llevaba semanas notando el cambio en su hija, más ligera, más despierta, con una energía que Lucía no había visto en años y aunque nunca lo mencionara directamente, sabía perfectamente de dónde venía.
La noticia de que Clara participaría en el festival llegó a Flores Duarte de la forma más natural posible: por la propia Elena, que se topó con Clara en la plaza esa misma tarde, ambas cargando cajas hacia sus respectivos puestos.
—¿Vas a vender libros? —preguntó Elena, genuinamente sorprendida, ajustando una caja de flores contra su cadera.
—En nombre de mi abuela. Parece que era toda una institución en esto.
—Lo era. —Elena sonrió, con un cariño que se notaba genuino—. ¿Necesitas ayuda montando el puesto? Yo termino con lo mío en un rato.
—No quiero quitarte tiempo.
—No es quitarme tiempo si yo lo ofrezco.
Clara no pudo evitar sonreír ante la lógica simple e implacable de Elena, la misma que recordaba de siempre.
—Está bien. Te espero.
Elena llegó al puesto de Clara casi una hora después, con las manos todavía manchadas de tierra y un entusiasmo que contagiaba con facilidad.
—Bueno, ¿qué tenemos aquí? —Se asomó a las cajas de libros que Clara había traído, revisando títulos con genuina curiosidad—. ¿Todos de tu abuela?
—Los que sobraron después de que separé los que me voy a quedar.
—¿Cuáles te vas a quedar?
Clara señaló una caja aparte, más pequeña, colocada con cuidado lejos del resto.
—Los que ella marcó de alguna forma. Con notas al margen, dedicatorias, cosas así.
Elena se acercó a esa caja específica, con un respeto casi ceremonial, y sacó, sin buscarlo particularmente, uno de los libros de encima.
Era el mismo del zorro y la luna, una segunda copia, más gastada todavía que la que Clara ya le había regalado, con una nota en la primera página, escrita con la letra de la abuela:
Para las tardes en que hace falta creer en los finales felices.
Elena se quedó mirando la nota un largo rato, sin decir nada, y Clara, viendo su expresión, sintió la necesidad de llenar el silencio.
—¿Estás bien?
—Sí. —Elena cerró el libro con cuidado, como si temiera dañar algo frágil— Es solo que tu abuela… tenía una forma de ver las cosas que yo no sabía cuánto extrañaba hasta ahora.
Clara no supo qué responder a eso, así que simplemente asintió, dejando que el silencio hiciera el trabajo que las palabras no lograban.
Terminaron de montar el puesto juntas, entre risas ocasionales y la torpeza compartida de intentar hacer que una mesa desnivelada se mantuviera firme.
—Está chueca —dijo Elena, agachándose para revisar una de las patas— Necesitamos algo para nivelarla.
—¿Un libro, tal vez? Tengo como doscientos aquí mismo.
—Muy graciosa.
Fue en eso que una mujer se acercó, cargando una caja de servilletas y manteles hacia los puestos de comida, y se detuvo al reconocer a Elena.
—¿Necesitan ayuda con eso? —preguntó, dejando la caja en el suelo sin esperar respuesta, y agachándose junto a Elena para inspeccionar la pata desnivelada.
—Iris, ella es Clara —dijo Elena, enderezándose— Clara, Iris. Ayuda a coordinar casi todo el festival, aunque nadie se lo pidió oficialmente.
—Alguien tiene que hacerlo. —Iris le sonrió a Clara, con una calidez directa, y le extendió la mano—. Mucho gusto. Ya había escuchado tu nombre por ahí. Aunque no precisamente por Elena, que últimamente se le olvida contarme las cosas importantes.
—Espero que cosas buenas.
—Cosas curiosas, más bien. —Iris se puso de pie, sacudiéndose las manos—. Esta lleva días rara. Bueno rara es creo, pero más rara de lo normal. —Señaló a Elena con la barbilla, sin ninguna mala intención en el gesto.
—Iris.
—¿Qué? Es un cumplido. —Se rió, recogiendo de nuevo su caja—. Bueno, las dejo. Tengo que resolver una crisis de manteles antes de que doña Rosario me busque con las tijeras. Un gusto, Clara.
Se despidió con una mano en alto, alejándose hacia los puestos de comida, y Elena se quedó un momento mirándola irse, con una media sonrisa que no terminaba de esconder cierta incomodidad.
—Perdón por eso —dijo, volviendo a la mesa— Es así con todo el mundo.
—Me cayó bien.
—Sí, suele pasar. —Elena empujó la pata de la mesa con el pie, probando si ya se sostenía—. Ya, creo que quedó.
El sol ya empezaba a bajar cuando finalmente terminaron, y ambas se sentaron, agotadas, en un par de sillas plegables junto a las cajas ya ordenadas.
—Gracias por la ayuda —dijo Clara, ofreciéndole una de las dos botellas de agua que había comprado antes.
—Fue divertido, la verdad. —Elena bebió un poco, mirando el puesto terminado con una satisfacción genuina—. Hace tiempo que no armaba nada que no fuera un arreglo de flores.
—Deberías diversificar.
—Mira quién habla. La editora que ahora vende libros de segunda mano en un festival de pueblo.
—Toco fondo profesionalmente, sí.
Rieron juntas, con esa naturalidad que cada vez costaba menos encontrar entre ellas, y por un momento, sentadas una junto a la otra bajo las primeras luces del atardecer, ninguna de las dos sintió la necesidad de llenar el silencio con nada más.
—Iris tiene razón, ¿sabes? —dijo Elena, después de un rato, mirando hacia el horizonte en lugar de a Clara—. No hablo mucho de ti. Con nadie, en realidad.
—¿Por qué no?
Elena se quedó pensando la respuesta, con una honestidad que parecía costarle un poco de esfuerzo.
—Porque no sabía cómo explicar algo que ni yo misma terminaba de entender.
Clara sintió el peso de esa frase asentarse entre las dos, sin urgencia de responder de inmediato, dejando que el silencio, otra vez, hiciera parte del trabajo.
—Oye —dijo finalmente, con un tono más ligero, aunque el corazón le latiera con fuerza—. ¿Vienes al festival el sábado? No solo por el puesto, digo. A la fiesta completa. Hay música, baile, toda la cosa.
—No me lo perdería.
—¿Quieres que… —Elena dudó apenas un segundo— vayamos juntas? No sé, para no perdernos entre toda la gente.
Clara sintió el corazón acelerarse ligeramente ante la pregunta, aunque estuviera formulada con la mayor casualidad posible.
—Me gustaría eso.
Elena sonrió, esa sonrisa completa que Clara ya reconocía sin esfuerzo, y por un instante, el silencio entre ellas se sintió menos como una ausencia de palabras y más como un espacio compartido, cómodo, que ninguna de las dos necesitaba apresurar a llenar.
Esa noche, mientras cerraba el puesto y guardaba las últimas cajas, Clara se permitió, por primera vez, imaginar el sábado con una expectativa que no había sentido en mucho tiempo, no la ansiedad calculada de quien organiza un evento, sino algo más simple, más cercano a la ilusión.
Subió a la azotea antes de dormir, como cada noche, y se quedó mirando el cielo con la misma pregunta de siempre dándole vueltas, aunque esta vez con un matiz distinto.
Ya no se preguntaba si Elena sentía algo similar.
Empezaba, con cautela, a permitirse creer que sí.
Del otro lado del pueblo, Elena se quedó despierta más tiempo del habitual, con el libro del zorro sobre la mesa de noche y la frase de su madre —puedes desear que se quede— todavía dándole vueltas.
Pero por primera vez en diecisiete años, se durmió pensando en un sábado por venir con algo parecido a las ganas.