CAPÍTULO 13 Café frío
Esteban notó el cambio antes de saber ponerle nombre.
No fue nada dramático. Elena seguía recibiéndolo cada mañana con la misma sonrisa de siempre, seguía riendo de sus bromas, seguía, o al menos lo intentaba dándole largas con la misma ligereza de costumbre cuando él insistía con lo del sábado.
Pero había algo distinto en su mirada, una especie de distancia amable que Esteban no supo bien cómo interpretar, hasta que, esa mañana, encontró la respuesta sin buscarla.
—¿Y esto? —preguntó, señalando el libro del zorro y la luna, que Elena había dejado sobre el mostrador, todavía con el papel de la librería enredado entre las páginas.
—Ah. —Elena lo tomó, casi con timidez, y lo guardó bajo el mostrador—. Es un libro viejo. De cuando era niña.
—¿De dónde lo sacaste?
Hubo una pausa, apenas perceptible, pero suficiente para que Esteban, acostumbrado a leer a sus pacientes en los pequeños gestos que ellos mismos no notaban, entendiera la respuesta antes de que Elena la dijera en voz alta.
—Me lo dio Clara.
—Ah —repitió Esteban, con un tono que intentaba sonar neutral y no lo lograba del todo— La de la librería.
—La de la librería.
Esteban bebió un poco de su café, tomándose un momento antes de continuar, mientras Elena volvía a los tallos que tenía entre las manos con una concentración que a él le pareció, de pronto, un poco más forzada de lo habitual.
—¿Son amigas? ¿Ustedes dos?
—Lo fuimos. De niñas.
—¿Y ahora?
Elena levantó la vista, y por un momento pareció que iba a responder con la misma frase corta y cerrada que solía usar para cambiar de tema. Pero algo, quizás el cansancio de fingir que no había nada que decir, la hizo dudar.
—No sé cómo llamarlo ahora —dijo finalmente, con una honestidad que la sorprendió incluso a ella misma.
Esteban asintió despacio, sin insistir más, aunque algo en su expresión, una sombra breve, rápidamente disimulada sugería que había entendido más de lo que Elena había querido decir.
—¿Sábado? —preguntó de todos modos, un rato después, ya con la mano en la puerta, con menos convicción de la habitual en la voz.
Elena lo miró, y por primera vez desde que lo conocía, sintió que la pregunta pesaba distinto, no por la pregunta en sí, sino por la fatiga de saber que la respuesta seguiría siendo la misma, y que quizás, esta vez, Esteban también lo sabía.
—Esteban…
—Está bien. —Levantó una mano, con una sonrisa que no le llegó del todo a los ojos—. No hace falta que digas nada. Ya sé la respuesta.
—No es por ti.
—Eso ya me lo has dicho. —No lo dijo con rencor, solo con la resignación tranquila de quien finalmente entiende algo que llevaba tiempo evitando ver—. Creo que empiezo a entender por quién es, en realidad.
Elena no respondió. No pudo.
Esteban se despidió con la misma amabilidad de siempre, aunque esa mañana, por primera vez en más de un año, no prometió volver al día siguiente con más café.
Elena se quedó sola en la florería, con el silencio pesándole de una forma distinta a la habitual, y se sentó en el banco de madera junto a la ventana, sacando el libro del zorro de donde lo había escondido.
Pasó las páginas despacio, sin realmente leerlas, más concentrada en la sensación incómoda que le había dejado la conversación con Esteban, no culpa exactamente, pero algo cercano, la sensación de haber lastimado, sin quererlo, a alguien que solo había sido amable y paciente con ella durante más de un año.
Pensó en llamarlo, en aclarar las cosas, en decirle que no tenía que ver con nadie más, que simplemente no era el momento.
Pero sabía, en el fondo, que esa explicación ya no sería del todo honesta.
Esa tarde, Lucía la encontró todavía con el libro entre las manos, mirando por la ventana sin ver realmente nada.
—¿Pasó algo con Esteban? —preguntó, notando el vaso de café que él siempre dejaba, ausente por primera vez en meses.
—Creo que dejó de insistir.
Lucía se sentó a su lado, con esa calma suya que nunca apuraba nada.
—¿Y cómo te sientes con eso?
Elena lo pensó un momento, sorprendida de encontrar, al buscar la respuesta, algo más parecido al alivio que a la tristeza.
—No sé si debería sentirme mal.
—No tienes que sentirte de ninguna forma en particular, hija. Solo tienes que ser honesta con lo que sí sientes.
—¿Y si lo que siento no tiene mucho sentido?
Lucía la miró, con una ternura paciente que llevaba años reservándose.
—Los sentimientos rara vez tienen sentido cuando uno los está viviendo. Solo lo tienen después, cuando ya se puede ver todo desde más lejos.
Elena se quedó pensando en esa frase mucho después de que su madre volviera a sus flores, sintiendo, por primera vez en mucho tiempo, que no tenía ninguna prisa por entender del todo lo que estaba sintiendo, solo las ganas, cada vez más difíciles de ignorar, de seguir descubriéndolo.
Mientras tanto, en la librería, Clara recibía una visita distinta.
José llegó por la puerta lateral, como se había vuelto costumbre, con un termo de café.
Se sentó frente al escritorio, y en lugar de empezar con alguna pregunta práctica como solía hacer, se quedó mirando a Clara un momento más de lo habitual, con una expresión pensativa que ella no supo interpretar de inmediato.
—¿Qué? —preguntó Clara, notando la mirada.
—Nada. —José sirvió café para los dos, sin prisa—. Es solo que te ves distinta.
—¿Distinta cómo?
—No sé explicarlo bien. —Se quedó pensando, buscando las palabras con ese cuidado torpe que Clara ya empezaba a reconocer como parte de él—.
Más ligera, quizás. Cuando llegaste, cargabas los hombros de una forma...
no sé cómo decirlo. Como si estuvieras todo el tiempo esperando que algo malo pasara. Ya no te veo así.
Clara se quedó callada, sorprendida de que su padre, que durante toda su vida apenas parecía notar los detalles más superficiales, hubiera reparado en algo tan preciso, tan íntimo, sin que ella misma se lo hubiera dicho.
—No sabía que se notaba tanto.
—Se nota. —José le sonrió, con una calidez poco habitual en él— Me alegra verte así. Aunque no sepa bien qué lo cambió.
Clara no respondió de inmediato, sin estar segura de si su padre esperaba una respuesta real o si, como tantas otras veces, prefería dejar la pregunta abierta sin presionarla a cerrarla.
—Quería preguntarte algo más —dijo José, después de un momento, con una voz distinta, más directa—. Sobre la librería. ¿Ya decidiste qué vas a hacer con ella? Definitivamente, digo.
Clara dudó. Era la primera vez que alguien de su familia le hacía la pregunta tan directamente, sin dar por sentada la respuesta.
—No lo sé todavía.
José asintió, como si esa respuesta, en sí misma, ya le dijera algo importante.
—Tu abuela hubiera querido que hicieras lo que te hiciera feliz. No lo que fuera más práctico.
—¿Y tú qué crees que debería hacer?
José se quedó callado un momento, girando el termo entre las manos, como si la pregunta le costara más de lo que Clara esperaba.
—No sé si tengo derecho a opinar sobre eso —dijo finalmente—. Nunca fui bueno para decirte lo que yo pensaba. Ni cuando eras una niña, y ahora como adulta.
—Puedes intentarlo.
José exhaló, con algo parecido a un alivio incómodo, como quien lleva tiempo queriendo decir algo y no encuentra la forma correcta hasta que alguien, finalmente, le abre la puerta.
—Cuando eras niña —empezó, despacio—, yo trabajaba mucho.
Demasiado, probablemente. Y me decía a mí mismo que estaba bien, que hacía lo necesario para que a ti y a tu madre no les faltara nada.
Pero la verdad es que también era más fácil así.
Trabajar. Resolver problemas concretos. No tener que…
—hizo una pausa, buscando la palabra— sentarme contigo a hablar de cosas que no sabía cómo manejar.
Clara lo escuchó sin interrumpir, sorprendida de la dirección que estaba tomando la conversación.
—Cuando te fuiste a la universidad, una parte de mí sintió alivio —continuó José, con la voz más baja—.
No porque quisiera que te fueras. Sino porque ya no tenía que seguir fallando en algo que nunca aprendí a hacer bien.
Y eso... —negó con la cabeza— eso no está bien.
Un padre no debería sentir alivio de que su hija se vaya.
—Papá…
—Déjame terminar. —José la miró directamente, algo que rara vez hacía por más de unos segundos— Cuando volviste, hace unas semanas, pensé que tendría la misma oportunidad de siempre: estar cerca sin saber cómo estarlo, y dejar que el tiempo pasara otra vez.
Pero te vi tan perdida ese primer día, cargando esa caja con el nombre de tu abuela, que pensé: si no lo intento ahora, no sé si vaya a tener otra oportunidad.
Clara sintió los ojos arderle, una sensación que llevaba días conteniendo sin saber bien por qué.
—Me alegra que lo hayas intentado —dijo, con la voz apenas firme.
—Yo también. —José sonrió, con una honestidad simple que Clara no recordaba haber visto en él—. Así que, para responder tu pregunta: no sé qué deberías hacer con la librería. Pero creo que deberías hacer lo que sea que te haga sentir como te ves ahora. Ligera. Aunque no sepa bien por qué.
Clara sonrió, a pesar del nudo en la garganta, y por primera vez desde que había vuelto a San Aurelio, sintió que hablaba con su padre sin la distancia acostumbrada entre ellos, no del todo cerrada, quizás, pero sí, por fin, empezando a acortarse.
Se quedaron un rato más en silencio, terminando el café, sin necesidad de decir nada más.