TODO LO QUE DEJAMOS SIN DECIR CAPÍTULO 12 La azotea
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CAPÍTULO 12 La azotea

Pasaron tres días antes de que ninguna de las dos volviera a mencionar la azotea.

Clara la vio dos veces en ese tiempo, una comprando pan en la misma panadería, coincidencia que ambas fingieron no planear; otra cuando Elena pasó frente a la librería con una entrega y se asomó apenas un momento, saludando desde la puerta sin entrar del todo.

En ninguna de las dos ocasiones hablaron de nada importante.

Clima, trabajo, el pueblo. Pero algo en la forma en que se miraban, un segundo más de lo necesario antes de despedirse, sugería que ambas seguían pensando en la pregunta que se había quedado suspendida entre ellas.

Fue Elena quien finalmente la nombró.

Llegó a la librería un viernes por la noche, ya cerrada al público, y tocó la puerta lateral con una inseguridad que no era propia de ella.

Clara abrió, sorprendida.

—Hola —dijo Elena, con las manos metidas en los bolsillos de una chamarra ligera—. Sé que es tarde. Pasaba por aquí y... —se detuvo, exhaló, y decidió no terminar la excusa—En realidad no pasaba por aquí. Vine a propósito.

—Está bien.

—Pensé en lo que dijiste. Sobre la azotea. —Elena la miró directamente, sin la evasión de días anteriores—. ¿Sigue en pie la invitación?

Clara sintió algo cálido extenderse en el pecho, algo que llevaba días conteniendo con cuidado.

—Sigue en pie.

Subieron juntas por la escalera de metal que Clara ya conocía de memoria, con Elena un paso atrás, en silencio, como si ambas necesitaran ese tiempo de subida para prepararse para lo que fuera que las esperara arriba.

El aire de la noche las recibió frío y limpio, con el cielo abierto de par en par sobre sus cabezas, esa claridad imposible de estrellas que solo San Aurelio, alejado de cualquier luz artificial que compitiera, podía ofrecer.

Elena se quedó de pie un momento, mirando hacia arriba, con una expresión que Clara no pudo descifrar del todo.

—Sigue igual —dijo finalmente, con la voz más baja de lo habitual.

—El pueblo cambia. Esto no.

Se sentaron en el borde de siempre, con las piernas colgando hacia la calle, la misma postura que ambas recordaban de memoria, aunque hicieran diecisiete años que no la compartían juntas.

Por un momento, ninguna dijo nada. Solo el viento moviendo las hojas de un árbol cercano, y el sonido lejano del pueblo asentándose para la noche.

—No había vuelto a subir aquí —dijo Elena finalmente—. Desde que te fuiste.

Clara sintió el comentario como un peso pequeño y preciso en el pecho.

—¿Nunca?

—Nunca. —Elena mantuvo la vista en el cielo, sin mirarla— Tenía mi propio lugar.

Un cerro, a las afueras del pueblo. Ahí sí subía, cuando necesitaba pensar.

Pero aquí no. Este lugar era... —se detuvo, buscando la palabra correcta— Era nuestro.

No sabía cómo compartirlo con nadie más, así que decidí no compartirlo con nadie.

Clara no supo qué decir de inmediato. La confesión, simple en apariencia, cargaba un peso que no esperaba, y sintió, con una claridad incómoda, cuánto le había costado a Elena, todos estos años, cargar sola con un espacio que alguna vez habían llenado juntas.

—Lo siento —dijo finalmente, sin especificar exactamente por qué se disculpaba, porque la lista era demasiado larga para nombrarla completa.

Elena la miró, con algo suave en la expresión.

—No tienes que disculparte por todo, Clara.

—Siento que debería.

—A veces las cosas simplemente pasan. No siempre hay alguien a quien culpar.

Clara sintió el impulso de contradecirla, porque en este caso sí había alguien a quien culpar, y esa persona era ella misma, pero no encontró las palabras para decirlo sin abrir una puerta para la que todavía no estaba lista.

Se quedaron en silencio un largo rato, mirando el cielo, dejando que la quietud hiciera el trabajo que las palabras no lograban.

—¿Te acuerdas de los nombres que le poníamos a las estrellas? —preguntó Elena, con una sonrisa pequeña asomándose en la voz— Los inventábamos porque no sabíamos ninguno real.

—Me acuerdo de que le pusiste "Rosaura" a una.

—Rosaura era mi tía. Me parecía que la estrella tenía su misma actitud. Brillante, pero que no se dejaba ver mucho.

Clara rió, genuinamente, y el sonido pareció aflojar algo más entre las dos.

—Yo le puse nombres de personajes de libros a casi todas las mías.

—Lo recuerdo. Eras insoportablemente predecible.

—Y tú insoportablemente sentimental.

—Sigo siéndolo, para tu información.

Hubo un instante de silencio cómodo después de eso, de esos que ya empezaban a sentirse posibles entre ellas otra vez, y Clara se permitió, por un momento, no pensar en nada más que en el frío del aire y la presencia de Elena a su lado.

—Clara —dijo Elena, después de un rato, con un tono distinto, más cauteloso—. ¿Puedo preguntarte algo?

—Claro.

—¿Por qué te fuiste sin despedirte?

La pregunta cayó entre las dos con un peso que ninguna de las estrellas de arriba podía aligerar.

Clara sintió el estómago cerrarse, la vieja costumbre de esquivar, de controlar, de no exponer más de lo estrictamente necesario, activándose casi de forma automática.

Pero algo en la voz de Elena, cansada, honesta, sin ningún reproche afilado, solo la pregunta desnuda que llevaba diecisiete años esperando le impidió esconderse detrás de una respuesta fácil.

—No lo sé del todo —dijo finalmente, con una honestidad que la sorprendió a ella misma— Tenía miedo.

—¿De qué?

Clara miró hacia el cielo, incapaz todavía de sostenerle la mirada.

—No lo sé —repitió, aunque en el fondo sabía que no era del todo cierto.

Elena no insistió. Se quedó mirándola un momento más, y después, con una suavidad que Clara no esperaba, dijo:

—Está bien. No tienes que decírmelo todo esta noche.

—¿Pero algún día?

—Algún día —dijo Elena, y algo en su voz sonó, por primera vez, a una promesa que ambas parecían dispuestas a esperar cumplir.

Se quedaron un rato más, hasta que el frío empezó a calarles de verdad, y bajaron juntas por la misma escalera, más cerca la una de la otra de lo que ninguna de las dos hubiera admitido en voz alta.

En la puerta, Elena se detuvo.

—Gracias por esto —dijo— Necesitaba volver a subir ahí. No sabía cuánto, hasta ahora.

—Cuando quieras.

Elena sonrió, y por un instante, algo en su expresión pareció querer decir más de lo que las palabras alcanzaban a cargar. Pero se contuvo, como tantas otras veces.

—Buenas noches, Clara.

—Buenas noches.

Clara la vio alejarse hacia la oscuridad de la calle, y cerró la puerta despacio, con la sensación extraña de haber recuperado, esa noche, algo que llevaba diecisiete años dando por perdido.