TODO LO QUE DEJAMOS SIN DECIR CAPÍTULO 11 Tardes prestadas
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CAPÍTULO 11 Tardes prestadas

La noticia de que Clara se quedaría más tiempo llegó a Elena de la peor manera posible, por accidente, en la fila de la panadería, un jueves por la mañana.

—Qué bueno que Clara, que decidió quedarse un poco más, ¿no? —comentó la señora Carmen, mientras envolvía el pan de Elena—. Se lo dije yo misma, que no hay ninguna prisa. La librería no se va a ir a ningún lado.

Elena se quedó con el cambio a medio recibir.

—¿Se va a quedar?

—Eso me dijo, hace unos días. Que necesitaba más tiempo. —La señora Carmen ladeó la cabeza, notando algo en la expresión de Elena—. ¿No lo sabías?

—No.

Salió de la panadería con el pan bajo el brazo y una sensación extraña instalándose en el pecho: no exactamente alegría, aunque algo cercano a eso también estaba ahí, mezclado con una especie de vergüenza silenciosa por ser, otra vez, la última en enterarse de algo que le importaba más de lo que quería admitir.

Caminó hacia la florería más despacio de lo habitual, pensando en la frase de su madre —puedes desear que se quede— y en lo incómodo que resultaba, ahora, saber que ese deseo ya se había cumplido sin que ella tuviera que decir nada al respecto.

Clara, por su parte, pasó los días siguientes en un extraño estado de suspensión.

Sin la fecha límite presionándola, la librería se convirtió en un proyecto distinto: ya no una tarea que resolver lo más rápido posible, sino algo que, casi sin darse cuenta, empezó a disfrutar.

Reorganizó los estantes por género en lugar del sistema caótico que su abuela había mantenido durante años.

Limpió los cristales de la vitrina hasta que la luz de la mañana entraba distinta, más clara.

Incluso, una tarde, se sorprendió a sí misma pasando la tarde entera leyendo uno de los libros que debía estar catalogando, sentada en el mismo lugar donde de niña se sentaba a hacer exactamente lo mismo.

No había vuelto a hablar con Elena desde el día del formulario y la comida en la fonda, aunque pensaba en ella con una frecuencia que empezaba a resultarle difícil de ignorar.

Fue un martes por la tarde cuando finalmente encontró una excusa, o se permitió admitir que la estaba buscando.

Entre las cajas del fondo de la librería, encontró una caja entera de libros infantiles, ediciones viejas, algunas con las esquinas mordidas por el tiempo.

Reconoció varios títulos de inmediato: cuentos que su abuela solía leerles a ella y a Elena en voz alta, sentadas las dos en el suelo, mientras el resto del pueblo dormía la siesta de la tarde.

Se le ocurrió, sin pensarlo demasiado, que la florería probablemente no tenía este tipo de libros. Que quizás a Elena le gustaría tener alguno, como recuerdo.

Era una excusa débil, y Clara lo sabía. Pero la tomó de todos modos, caminando hacia la florería antes de darse tiempo para arrepentirse.

Elena levantó la vista cuando la campanilla sonó, y por un segundo, algo en su expresión no fue la calidez de otras veces, sino algo más parecido a la sorpresa incómoda de quien todavía está procesando una noticia que debió escuchar de la fuente correcta.

— Así que vas a quedarte más tiempo—dijo, con un tono más plano del que hubiera querido usar—. Me enteré de que te vas a quedar más tiempo. Por la señora Carmen. En la panadería.

Clara se detuvo, notando de inmediato el peso detrás del comentario.

— Sí. Iba a decírtelo. Solo... no sabía cuándo

—No hace falta que me digas nada, Clara. No me debes explicaciones. —Elena se cruzó de brazos, con una calma que costaba más trabajo sostener de lo que aparentaba—. Es solo que... —se detuvo, respiró—. Da igual.

—No es igual. —Clara dio un paso adelante, sin soltar todavía el libro—. Tienes razón en estar molesta. Debí decírtelo yo, no dejar que te enteraras así.

Elena la miró, sorprendida de que Clara lo admitiera tan directamente, sin excusas ni justificaciones de por medio.

—No estoy molesta —dijo, aunque el tono no terminaba de sostener la mentira.

—Está bien si lo estás. —Clara dudó un segundo—. Yo también lo estaría.

Algo en la postura de Elena se aflojó, apenas un poco, lo suficiente para que el silencio entre las dos dejara de sentirse tan afilado.

—Traje esto —dijo finalmente Clara, con más torpeza de la que hubiera querido, extendiendo el libro—. Lo encontré entre las cosas de mi abuela. Pensé que te gustaría tenerlo.

Elena tomó el libro con cuidado, y en cuanto vio la portada —un dibujo desteñido de un zorro y una luna— algo en su expresión cambió por completo.

—No puede ser.

—¿Lo recuerdas?

—Tu abuela nos lo leyó como cien veces. Yo lloraba siempre en la misma parte y tú te burlabas de mí cada vez.

—No me acuerdo de eso.

—Claro que sí te acuerdas. —Elena la miró con una ceja levantada, con la primera sonrisa completamente relajada que Clara le había visto desde el reencuentro—. Me decías que era una llorona.

Clara sintió una risa escaparse antes de poder contenerla.

—Puede que me acuerde un poco.

Se quedaron ahí un momento, con el libro entre las dos, y algo en el aire se sintió, por primera vez desde el regreso de Clara, completamente sin peso. Sin cálculo. Sin la tensión cuidadosa que ambas llevaban cargando desde el primer día.

—¿Tienes tiempo? —preguntó Elena, casi sin pensarlo—. Estoy cerrando en media hora, pero si quieres, podríamos... no sé. Sentarnos un rato. Hay más historias de esas, ¿no? De la librería.

Clara asintió antes de que su cabeza terminara de procesar del todo lo que estaba aceptando.

—Tengo tiempo.

Se sentaron en el banco de madera junto a la ventana, el mismo donde Elena solía esperar de niña, con el libro del zorro entre las dos y el resto de la tienda cerrándose lentamente a su alrededor mientras la última luz de la tarde entraba oblicua por el cristal.

—¿Sabes qué es lo más raro? —dijo Elena, pasando las páginas con cuidado—. Que recuerdo esto con más claridad que cosas que me pasaron el año pasado.

—A mí me pasa igual. Con muchas cosas de aquí.

—¿Cómo es allá? —preguntó Elena, sin la ligereza forzada de la primera vez que había hecho esa pregunta, en la fonda—. En serio, digo. No la versión corta.

Clara lo pensó un momento, sopesando cuánto quería, o podía, decir.

—Es buena. Tengo un trabajo que me gusta, un lugar donde vivir, gente que me importa. —Hizo una pausa—. Pero también es silenciosa, de una forma que no sé si siempre noté hasta que llegué aquí.

—¿Silenciosa cómo?

—No sé. Aquí todo el mundo se conoce. Todo el mundo pregunta cómo estás y en realidad quiere saber la respuesta. Allá... —buscó las palabras—. Allá la gente pregunta por cortesía. Y yo respondo por cortesía. Y así se van los días.

Elena la miró con atención, sin decir nada por un momento, dejando que el silencio hiciera espacio para lo que Clara acababa de admitir, algo que sospechaba Clara no compartía fácilmente ni siquiera consigo misma.

—Aquí también hay silencio —dijo finalmente Elena—. Solo que es distinto. Es un silencio que ya conozco de memoria.

—¿Te alcanza, ese silencio?

Era la misma pregunta que Clara le había hecho en la fonda, reformulada. Elena la miró, entendiendo la referencia, y por un momento pareció que iba a responder con la misma evasión de la primera vez.

En cambio, dijo:

—La mayoría de los días.

No explicó más. No hacía falta.

El sol ya casi se había puesto cuando Clara finalmente se levantó, consciente de que llevaba ahí mucho más tiempo del que había planeado.

—Debería irme.

—Sí. —Elena se levantó también, con el libro del zorro todavía entre las manos—. Gracias por esto. En serio.

—Puedes quedarte con más, si quieres. Hay una caja entera.

Elena sonrió, esa sonrisa completa que Clara ya empezaba a reconocer, a distinguir de las demás.

—Me encantaría.

Caminaron juntas hacia la puerta, y justo antes de salir, Clara se detuvo, con una idea formándose casi antes de que pudiera evitarla.

—Oye. —Se giró hacia Elena—. ¿Sigues subiendo a mirar estrellas? Cuando no te alcanza el día, digo.

Elena se quedó quieta un instante, con algo indescifrable cruzando su expresión.

—A veces.

—Yo también he estado subiendo. A la azotea de la librería.

No dijo nada más. No hacía falta decir más. La pregunta quedó ahí, suspendida entre las dos, sin que ninguna se atreviera todavía a convertirla en una invitación explícita.

—Buenas noches, Clara.

—Buenas noches.

Clara salió, y caminó de vuelta a la librería con el corazón latiendo de una forma que no había sentido en años, preguntándose si Elena había entendido lo que ella misma apenas se había atrevido a insinuar.

Del otro lado del pueblo, Elena guardó el libro del zorro en un estante junto a su cama, y se quedó un momento sentada al borde del colchón, sin muchas ganas de analizar por qué lo había hecho con tanto cuidado, casi como si fuera algo frágil.

No era simple. Llevaba diecisiete años cargando el peso de un silencio que nunca pidió, un silencio que todavía dolía más de lo que Elena solía admitirse a sí misma.

Tenía a Iris, que la conocía mejor que casi nadie en el pueblo.

Tenía a Esteban, con su café de todas las mañanas y su paciencia que no exigía nada.

Tenía una vida entera, construida con esfuerzo propio, que no necesitaba a Clara Valdés para sentirse completa.

Y sin embargo, ahí estaba, sorprendida de las ganas genuinas, incómodas, difíciles de justificar de volver a ser lo que fueron.

Amigas, se dijo primero, casi como una corrección automática.

Solo amigas. Aunque incluso esa palabra, ahora, se sintiera pequeña para todo lo que una vez había cabido entre las dos, y demasiado grande, al mismo tiempo, para lo poco que Elena estaba seguro de merecer sentir otra vez.

Se recostó, sin apagar la luz todavía, pensando en la pregunta de Clara sobre la azotea, en la forma en que la había dejado suspendida en el aire sin atreverse a completarla.

No respondió esa pregunta, ni siquiera para sí misma.

Pero tampoco la olvidó.