CAPÍTULO 9 Iris #2
Y sin embargo, mientras el hombre fotografiaba la vieja lámpara verde de su abuela, catalogándola como "mobiliario, valor sentimental no aplicable", Clara sintió algo parecido a una protesta silenciosa instalarse en el pecho.
—¿Todo bien? —preguntó el hombre, notando su expresión.
—Sí. Perfecto.
No era del todo cierto, pero tampoco supo cómo explicar por qué no lo era.
El avalúo terminó cerca del mediodía. El hombre le entregó una carpeta con el reporte preliminar, le explicó que el documento final llegaría en un par de semanas, y se fue con la misma eficiencia impersonal con la que había llegado.
Clara se quedó sola en la librería, con la carpeta entre las manos, mirando el espacio que apenas unos minutos antes había sido reducido a números y categorías.
Mobiliario, valor sentimental no aplicable.
Pensó en su abuela, sentada durante décadas en ese mismo escritorio, bajo esa misma lámpara, recibiendo generaciones enteras del pueblo que entraban buscando un libro y salían, casi siempre, con una recomendación mejor de la que habían pedido.
No aplicable.
Guardó la carpeta en un cajón, sin ninguna intención inmediata de volver a mirarla.
Esa tarde, Andrés llamó con noticias.
—Emmanuel quiere adelantar la reunión —dijo, sin preámbulos, apenas Clara contestó—. En vez del quince, quiere hacerla el doce. Dice que hay temas de la reestructuración que no pueden esperar más.
Clara sintió el estómago apretarse.
—El doce es en cuatro días.
—Lo sé.
—Andrés, apenas hoy terminé el avalúo. Todavía me falta resolver lo de los libros, encontrar comprador para el local, y…
—Lo sé, Clara. Se lo dije. Le expliqué que estabas resolviendo asuntos familiares importantes. —Hizo una pausa breve—. Pero Emmanuel fue claro: si no puedes estar en la reunión del doce, el puesto podría quedar en pausa. No perdido, pero sí… en pausa. Hasta que puedan reorganizar el proceso.
Clara cerró los ojos un momento, sintiendo el peso familiar de la decisión que llevaba días evitando enfrentar directamente.
—¿Qué opinas tú? —preguntó, casi en un susurro, sorprendida de necesitar genuinamente la opinión de alguien más en ese momento.
Andrés se quedó callado un instante, algo poco habitual en él.
—Opino que llevas semanas sonando distinta, Clara. Y no me refiero a cansada, ni a estresada. Me refiero a… distinta. Como si algo allá te estuviera pidiendo que te quedes un poco más, y tú llevas semanas fingiendo que no lo escuchas.
—Eso no es…
—No te estoy diciendo qué hacer. Solo te digo lo que veo, o lo que escucho, más bien, porque no puedo verte.
—Su voz se suavizó—. El puesto va a seguir ahí, Clara.
Quizás no exactamente en los mismos términos, pero Emmanuel te aprecia demasiado como para simplemente sacarte de la jugada porque necesitaste más tiempo para enterrar a tu abuela y resolver una herencia.
Eso lo sabe cualquiera con sentido común.
Clara no respondió de inmediato. Miró hacia la ventana de la oficina, hacia la calle donde, unas cuadras más adelante, sabía exactamente dónde encontrar la florería con el letrero pintado a mano.
—Necesito más tiempo —dijo finalmente, con una certeza que la sorprendió incluso a ella misma.
—Está bien. —La voz de Andrés sonó aliviada, como si hubiera estado esperando esa respuesta—. Se lo digo a Emmanuel. ¿Cuánto tiempo, para darle una idea?
Clara lo pensó un momento.
—No lo sé todavía. Pero más de lo que había planeado.
Esa noche, Clara subió a la azotea sin pensarlo demasiado, como ya empezaba a ser costumbre.
El aire frío de la montaña le erizó la piel apenas se sentó en el borde de siempre, con las rodillas contra el pecho, mirando un cielo que parecía cada noche un poco más generoso con sus estrellas.
Sacó su libreta de pendientes, ya casi ilegible de tantas tachaduras, y la miró un largo rato antes de escribir algo nuevo.
No escribió "Diez días".
Tampoco escribió una nueva fecha límite.
Escribió, en cambio, una sola línea, con letra más firme de la que había usado en días:
Quedarme el tiempo que haga falta.
No supo, todavía, si esa decisión tenía que ver con la librería, con su abuela, con el pueblo, o con algo más que no se sentía todavía lista para nombrar.
Quizás era todo eso junto.
Quizás no hacía falta separarlo.
A la mañana siguiente, mientras tomaba café en la cocina de su abuela, Clara escribió un mensaje a Emmanuel directamente, algo que no había hecho hasta entonces, prefiriendo siempre pasar todo a través de Andrés.
Emmanuel, necesito posponer mi regreso. Los asuntos aquí requieren más tiempo del que había calculado.
Entiendo si esto complica los planes para la dirección, y respeto cualquier decisión que tomen al respecto.
Solo te pido la oportunidad de resolver esto bien, sin apresurar algo que merece hacerse con cuidado.
Lo releyó dos veces antes de enviarlo, consciente de que estaba, con esas pocas líneas, poniendo en riesgo algo por lo que había trabajado durante años.
La respuesta llegó pasado el mediodía.
Clara, tómate el tiempo que necesites. Nadie construye una carrera entera para después no saber sostenerla cuando de verdad importa. El puesto va a esperar. Cuídate.
— E.
Clara leyó el mensaje varias veces, sintiendo un alivio que no esperaba, mezclado con una inquietud nueva: si el trabajo podía esperar, ¿qué era exactamente lo que la estaba deteniendo en San Aurelio con tanta fuerza?
No se permitió responder esa pregunta todavía.
Pero por primera vez desde que había llegado, guardó el teléfono sin sentir la urgencia constante de calcular cuántos días le quedaban.
Esa misma tarde, en Flores Duarte, una clienta que esperaba su pedido comentó, casi de pasada, mientras Lucía terminaba de envolver un ramo.
—Oí que están haciendo el avalúo de la librería. ¿Ya se sabe cuándo la ponen en venta?
—No sabría decirle —respondió Lucía, con la cortesía práctica de quien no quiere alimentar un chisme, aunque por dentro sintiera curiosidad por la misma pregunta.
La clienta se fue con su ramo, y Lucía se quedó pensando en la pregunta más de lo que hubiera querido admitir. Cuando Elena llegó poco después, cargando cajas de un pedido recién entregado, Lucía no pudo evitar mencionarlo mientras cerraban la tienda esa noche.
—Están avaluando la librería —dijo, sin mucho rodeo, guardando las tijeras en su lugar—.Me lo dijo una clienta hoy.
Elena se detuvo un segundo, con una maceta todavía entre las manos.
—¿Ya?—Eso parece.
Elena terminó de acomodar la maceta en su lugar, con más cuidado del necesario, como si el gesto pudiera darle tiempo para procesar la información.
—Tiene sentido —dijo finalmente, con un tono que buscaba sonar neutral—. Dijo que se quedaría una semana, cuando llegó. Ya lleva más de eso.
Lucía la observó de reojo, sopesando cuánto decir.
—No sé, hija. A veces las semanas se alargan solas, cuando hay algo que las detiene.
Elena la miró, buscando en la expresión de su madre algo más de lo que las palabras decían, pero Lucía ya había vuelto a su tarea, recogiendo las últimas flores del día, dejando la frase flotando en el aire sin explicarla del todo.
—¿Y si no se alarga? —preguntó Elena, en voz más baja.
Lucía se detuvo, mirando a su hija con una ternura que llevaba años sin permitirse mostrar del todo.
—Entonces habrá pasado, y tú vas a seguir estando bien, como has estado todos estos años. —Hizo una pausa—. Pero eso no significa que no puedas desear que se quede.
Elena se quedó inmóvil un instante, con la maceta todavía entre las manos, sorprendida de escuchar en voz alta algo que ella misma apenas se atrevía a pensar en silencio.
—Mamá…
—Solo digo lo que veo, hija. Nada más. —Lucía volvió a sus flores, sin darle más peso del necesario a lo que acababa de decir, aunque el gesto mismo de no mirarla revelara que sí lo tenía.
Elena no supo qué más decir. Terminó de cerrar la tienda en silencio, con la frase de su madre dándole vueltas en la cabeza durante todo el camino a casa.
Nadie le había dicho, todavía, que esa misma mañana, a pocas calles de ahí, Clara ya había escrito, en una libreta ya casi ilegible de tachaduras: Quedarme el tiempo que haga falta.
Elena siguió esperando, sin saberlo, una fecha de partida que Clara ya había dejado de calcular.