TODO LO QUE DEJAMOS SIN DECIR CAPÍTULO 9 Iris
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CAPÍTULO 9 Iris

La mañana había empezado mal, aunque Elena no hubiera sabido explicar exactamente por qué.

Se le cayó una maceta al abrir la tienda, nada grave, solo tierra regada por el piso que tardó diez minutos en limpiar y después, atendiendo a la señora Beatriz, que llevaba semanas planeando un aniversario de bodas, Elena se descubrió armando el arreglo equivocado.

—Esto es… —la señora Beatriz miró las flores blancas con una expresión confundida— esto es precioso, Elena, pero yo pedí algo alegre. Para un aniversario, no para…

Elena bajó la vista al arreglo. Lirios blancos, algo de eucalipto, exactamente el tipo de combinación que solía preparar para las coronas fúnebres.

—Perdón —dijo, sintiendo el calor subirle a la cara—. Se me cruzaron los pedidos. Dame un momento.

Rehízo el arreglo con manos que no terminaban de concentrarse del todo, mientras la señora Beatriz esperaba con una paciencia amable pero visiblemente extrañada.

No era normal en Elena. Todo el pueblo sabía que Flores Duarte tenía fama de nunca fallar un pedido, y ese pequeño error, aunque corregido a tiempo, se le quedó pegado el resto de la mañana como una mancha que no lograba quitarse de encima.

Fue en ese estado, todavía un poco alterada, todavía repasando mentalmente cuántas otras cosas se le habían pasado esa semana, que Iris llegó, poco después del mediodía, como hacía casi todos los jueves, con dos vasos de café helado y la excusa de siempre: que pasaba por ahí y se le había ocurrido saludar.

Elena ya conocía el patrón. Después de casi diez años de amistad, sabía perfectamente que "pasaba por ahí" significaba, en realidad, que Iris tenía algo que decir, o algo que preguntar, y prefería hacerlo con un café de por medio, como si eso suavizara cualquier pregunta incómoda que viniera después.

—Toma. —Iris dejó uno de los vasos sobre el mostrador y se subió al banco alto que Elena guardaba junto a la caja registradora, con la familiaridad de quien lo había hecho cientos de veces—. ¿Cómo va el día?

—Ocupado. Los Ramírez cambiaron de opinión sobre las flores otra vez.

—¿Otra vez? Pensé que ya habían decidido.

—Yo también. —Elena suspiró, aunque con una media sonrisa—. Ahora quieren "blanco pero con un toque de color, nada más un poquito". Llevo dos días tratando de que eso signifique algo concreto.

—¿Y eso es lo único que te trae así? —preguntó Iris, con una media sonrisa propia, sin dejar que la pregunta sonara como acusación—. Porque vi los lirios que casi le das a Beatriz. La señora casi se pone a llorar pensando que le estabas mandando una indirecta.

Elena hizo una mueca.

—¿Te enteraste de eso?

—El pueblo entero se enteró, Elena. Estamos hablando de Beatriz. Para la hora de la comida ya se lo había contado a media plaza.

Elena soltó una risa breve, más de resignación que de humor, y por un rato la conversación se mantuvo en ese terreno seguro y cotidiano: la boda, el clima, un comentario sobre la nueva panadería que había abierto cerca de la plaza.

Elena se relajó, como siempre le pasaba con Iris, dejando que la charla fluyera sin necesidad de estar alerta.

Fue casi al final del café cuando Iris, con un tono demasiado casual para ser realmente casual, soltó la pregunta que llevaba claramente cargando desde que entró.

—Oye, ¿y qué tal con Clara?

Elena, que estaba acomodando unos tallos en un balde de agua, no levantó la vista de inmediato.

—¿Qué con ella?

—No sé, Elena. El pueblo entero habla de que volvió.

—Iris le dio un sorbo a su café, con cuidado—.

Y la señora Carmen, de la panadería, me contó el otro día que ustedes dos eran inseparables de niñas.

Uña y mugre, dijo. Y yo aquí, con diez años de conocerte, sin haber escuchado una sola palabra tuya sobre ella.

—No hay mucho que decir. Fuimos amigas. Se fue. Ya.

—"Ya" —repitió Iris, con una ceja levantada—. Elena, te conozco. Ese "ya" tiene más historia detrás que toda la boda de los Ramírez junta.

Elena siguió con los tallos, sin responder de inmediato, y ese silencio, más que cualquier palabra, confirmó a Iris que estaba en lo correcto.

—Está bien —dijo Iris, bajando un poco el tono, sin la ligereza de antes—.

No te voy a presionar. Pero sí voy a decir esto: te conozco desde hace diez años, y en todo ese tiempo nunca te había visto tan…

no sé cómo decirlo. Distraída. Rara. Desde que ella volvió.

Y no me digas que es coincidencia, porque acabo de ver la prueba con mis propios ojos, en forma de lirios fúnebres para un aniversario de bodas.

—Eso fue un mal día.

—Elena.

Elena finalmente levantó la vista, con una expresión que oscilaba entre la resignación y algo más difícil de nombrar.

—¿Qué quieres que te diga, Iris?

—No sé. Lo que sea verdad. —Iris se inclinó un poco hacia adelante, con genuina curiosidad, sin el filo de un chisme, sino con la preocupación silenciosa de alguien que quiere entender a su amiga—. ¿Cómo eran? Antes, digo. De niñas.

Elena se quedó callada un momento, sopesando cuánto quería, o podía, decir.

—Inseparables —dijo finalmente, con una voz más baja de lo habitual—. Desde el kinder. Pasábamos todas las tardes juntas, entre la librería de su abuela y aquí. Era… —buscó la palabra, sin encontrarla del todo—. Era fácil. Con ella todo era fácil.

—¿Y qué pasó?

—Se fue a la universidad. Yo me quedé. Eso pasó.

—Eso no explica por qué actúas como si te hubiera pasado un fantasma por encima cada vez que alguien menciona su nombre.

Elena no respondió, y la falta de respuesta dijo, otra vez, más de lo que cualquier palabra hubiera podido decir.

Iris la observó un momento más, y después, con una suavidad que no solía usar con frecuencia, añadió:

—No tienes que contarme todo. En serio. Pero si algún día quieres hacerlo, aquí estoy.

—Lo sé. Gracias.

—¿Pero hay algo que contar? —insistió Iris, incapaz de resistirse del todo—. Aunque sea un poquito.

Elena la miró, y por un segundo pareció que iba a decir algo, algo real, algo que llevaba diecisiete años sin decirle a nadie, pero se detuvo, sacudiendo apenas la cabeza.

—Fuimos amigas, Iris. Muy cercanas. Eso es todo lo que hay.

No sonó del todo convincente, ni siquiera para ella misma, y por la expresión de Iris, tampoco lo fue para su amiga. Pero Iris, sabiamente, decidió no insistir más por ahora.

—Está bien —dijo, terminando su café—. Como digas. —Se bajó del banco, recogiendo su bolso, y antes de caminar hacia la puerta añadió, con más cariño que curiosidad—Nada más cuídate, ¿sí? Te ves cansada últimamente. Y no de la buena.

Elena asintió, agradeciendo en silencio que Iris supiera, esta vez, cuándo detenerse.

Iris se despidió con un abrazo rápido antes de salir, con la promesa de volver pronto con el siguiente café y, probablemente, las mismas preguntas.

Después de que Iris se fue, Elena se quedó sola en la florería, rodeada del silencio que solía gustarle pero que esa tarde se sentía distinto, más pesado, más lleno de todo lo que acababa de no decir.

Se sentó en el banco de madera junto a la ventana, el mismo de siempre, y se permitió, por un momento, pensar en la pregunta de Iris con más honestidad de la que había mostrado en voz alta.

¿Qué pasó?

La respuesta simple era la que había dado: Clara se fue a la universidad, Elena se quedó. Miles de amistades terminaban así, sin ningún drama especial, solo por la distancia natural que impone el tiempo y las decisiones distintas.

Pero la respuesta simple nunca había sido la verdadera, y Elena lo sabía mejor que nadie.

Pensó en la última noche antes de que Clara se fuera. No fue distinta a tantas otras que habían compartido en la azotea, mirando las mismas estrellas de siempre, o al menos así la recordaba, en los días en que se permitía recordarla con calma.

Lo que nunca había entendido del todo era lo que vino después: que al día siguiente Clara ya no estaba. Sin despedida, sin explicación, sin una sola palabra que le diera sentido a una partida tan repentina.

Esa ausencia de explicación, más que cualquier otra cosa, era lo que Elena nunca había sabido cómo nombrarle a Iris, ni a nadie más.

No podía nombrar algo que nunca había tenido nombre.

Cerró la florería más tarde de lo habitual esa noche, ordenando estantes que ya estaban en orden, revisando inventario que ya había revisado, postergando, sin admitirlo del todo, el momento de irse a casa a quedarse a solas con sus propios pensamientos.

Cuando finalmente apagó las luces y salió, el pueblo ya estaba prácticamente dormido, con solo algunas ventanas todavía iluminadas y el sonido lejano de algún perro ladrando hacia la nada.

Caminó despacio, sin prisa por llegar, bajo un cielo que empezaba a llenarse de estrellas.

Pensó en Beatriz, en los lirios equivocados, en la cara de sorpresa de Iris al notar algo que Elena llevaba días tratando de ignorar en sí misma.

Distraída. Rara.

No eran palabras que le gustara aplicarse a sí misma. Elena se enorgullecía de ser la persona estable del grupo, la que no se dejaba sacudir con facilidad, la que sabía sostenerse sola sin necesitar demasiado de nadie.

Pero llevaba días sin reconocerse del todo.

Llegó a su casa, entró, y antes de cerrar la puerta se quedó un momento más de lo necesario mirando el cielo, preguntándose, como tantas otras noches, si algún día tendría el valor de hacer las preguntas que llevaba diecisiete años callando.

CAPÍTULO 10Diez días no alcanzan

El avalúo de la librería se realizó un martes por la mañana, con un hombre de traje gris que Clara no conocía, enviado desde la ciudad más cercana con notaría certificada, y que caminó entre los estantes con una libreta electrónica, tomando fotografías y anotando números sin mostrar ninguna expresión particular.

Clara lo siguió de cerca, respondiendo preguntas sobre el estado de la estructura, los años de antigüedad del local, el inventario de libros.

Era un proceso frío, técnico, exactamente el tipo de trámite que había esperado necesitar para cerrar este capítulo de su vida con la mayor eficiencia posible.