TODO LO QUE DEJAMOS SIN DECIR CAPÍTULO 8 El testigo #2
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CAPÍTULO 8 El testigo #2

Esperaron casi media hora antes de que las llamaran.

El trámite en sí fue rápido, firmas, sellos, la voz monótona del notario leyendo cláusulas que Clara ya conocía de memoria de tanto revisarlas, pero Clara notó, en algún momento, que la presencia de Elena a su lado, firmando donde le indicaban, asintiendo con seriedad cuando el notario le explicaba su rol como testigo, le daba una sensación extraña de estabilidad que no había sentido en ninguno de los otros trámites que había hecho sola.

Cuando salieron, el sol ya estaba alto, y el calor de mediodía había espantado a buena parte de la gente de la plaza hacia la sombra.

—¿Tienes hambre? —preguntó Elena, casi sin pensarlo, mientras guardaba su identificación en el bolso—. Conozco un lugar. No es nada elegante, pero la comida es buena.

Clara dudó apenas un instante.

—Claro.

El lugar resultó ser una fonda pequeña, escondida en una calle lateral que Clara no recordaba haber visitado de niña, con mesas de madera desgastada y un menú escrito a mano en un pizarrón.

La dueña saludó a Elena por su nombre, con la familiaridad de quien la veía ahí con frecuencia, y las acomodó en una mesa junto a la ventana sin necesidad de preguntar qué querían tomar.

—Vengo casi cada semana —explicó Elena, notando la pregunta silenciosa en la expresión de Clara—. Después de repartir pedidos, cuando no me da tiempo de cocinar.

—Se nota que te conocen.

—El pueblo es así. Al final todos terminamos conociéndonos de alguna forma. —Elena jugó un momento con el borde del mantel, antes de añadir, con un tono más casual del que probablemente sentía—: ¿Cómo es tu vida allá? En la ciudad.

La pregunta, simple en apariencia, se sintió a Clara como la primera vez que alguien en el pueblo le preguntaba genuinamente por su vida lejos de ahí, sin la ligereza distraída de su madre ni la torpeza cariñosa de su padre.

—Ocupada —dijo, y después, notando que era la misma palabra que Lucía había usado para describir a Elena, sonrió sin querer—. Trabajo mucho. Me gusta lo que hago. Voy a ser directora editorial pronto, si todo sale como espero.

—Eso es enorme, Clara.

—Lo es. —Hizo una pausa—. Aunque a veces no sé si es lo que quiero o solo lo que llevo tanto tiempo trabajando para conseguir que ya no sé distinguir la diferencia.

No supo bien por qué lo dijo. No era el tipo de confesión que solía compartir con facilidad, ni siquiera con Andrés.

Pero algo en la mesa pequeña, en el ventilador girando despacio sobre sus cabezas, en la mirada atenta de Elena que no la apuraba a explicarse más, hizo que las palabras salieran solas.

Elena no respondió de inmediato. Bebió un poco de agua, pensativa.—Yo tampoco sé bien qué quería —dijo finalmente—. Solo sé que me quedé. Y con el tiempo, la florería se fue volviendo suficiente. La mayoría de los días no me hace falta nada más.

—¿Y los días que sí?

Elena la miró, con algo parecido a la sorpresa de que le hicieran esa pregunta directamente.

—Esos días subo a algún lado alto y miro las estrellas —dijo, con una sonrisa pequeña, casi tímida—. Vieja costumbre.

Clara sintió que el comentario le atravesaba el pecho de una forma que no esperaba, aunque Elena, aparentemente, no había querido decir nada más de lo que había dicho.

La comida llegó poco después, y la conversación se volvió más ligera: recuerdos del pueblo, gente que ambas conocían, anécdotas de la infancia que ninguna de las dos había pensado en años.

Clara se sorprendió riendo con más frecuencia de la que hubiera imaginado, y notó, en algún momento, que Elena también parecía más relajada, con los hombros menos tensos que en el reencuentro de la librería.

—¿Te acuerdas del maestro Ibarra? —preguntó Elena en algún punto, con los ojos brillantes de la risa contenida—. ¿El que se quedaba dormido en sus propias clases?

—Cómo olvidarlo. Una vez se durmió a media oración y despertó diciendo algo sobre impuestos.

—¡Sí! Nadie entendió nunca por qué.

Rieron juntas, con una naturalidad que ninguna de las dos había anticipado, y por un momento, apenas un instante, Clara olvidó por completo la tensión que llevaba cargando desde el día del reencuentro.

Fue solo eso: dos personas riendo por un recuerdo tonto, sin peso, sin historia complicada detrás.

Pero el momento pasó, como pasan siempre esas cosas, y con él regresó, aunque más suave que antes, la conciencia de todo lo que no se estaban diciendo.

Caminaron de regreso hacia la plaza sin ninguna prisa particular, dejando que el sol de la tarde les diera tiempo de más.

—Gracias por acompañarme hoy —dijo Clara, cuando llegaron al punto donde sus caminos se separaban: Clara hacia la librería, Elena hacia la florería.

—No fue nada. En serio.

Se quedaron ahí un momento, ninguna de las dos avanzando hacia su respectivo camino, en ese tipo de pausa incómoda que aparece cuando ninguna quiere ser la primera en decir adiós.

—Deberíamos hacer esto más seguido —dijo Elena finalmente, con un tono que intentaba sonar casual y no lo lograba del todo—. Comer juntas, digo. No solo cuando necesites un testigo para algo.

Clara sintió algo cálido instalarse en su pecho, algo que llevaba días evitando nombrar.

—Me gustaría eso.

Elena sonrió, una sonrisa distinta a las que Clara le había visto hasta entonces, más completa, más parecida, quizás, a las que recordaba de la adolescencia.

—Bueno. —Elena dio un paso hacia atrás, hacia su calle—. Nos vemos, Clara.

—Nos vemos.

Clara la observó alejarse, y solo cuando Elena ya había doblado la esquina se permitió soltar el aire que, sin darse cuenta, había estado conteniendo durante buena parte de la tarde.

Caminó de vuelta a la librería con una sensación extraña instalada en el pecho, no exactamente felicidad, pero algo cercano, algo que llevaba mucho tiempo sin sentir con esa claridad.

Esa noche, sentada en el mostrador con la carpeta de documentos ya archivada, Clara sacó su libreta de pendientes y tachó una línea más.

Notaría — resuelto.

Se quedó mirando la lista un momento, con el bolígrafo suspendido sobre el papel, antes de escribir, casi sin pensarlo, una línea nueva, que no tenía nada que ver con la librería ni con los trámites.

Preguntarle a Elena si quiere subir a la azotea alguna noche.

La miró un largo rato.

Después, con cierta vergüenza de sí misma, arrancó la hoja de la libreta, la dobló, y la guardó en el cajón de la mesa de noche, junto a la carta de su abuela y la lista de libros escrita con letra juvenil.

No la tiró.

Pero tampoco supo, todavía, si algún día tendría el valor de cumplirla.