TODO LO QUE DEJAMOS SIN DECIR CAPÍTULO 8 El testigo
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CAPÍTULO 8 El testigo

El formulario seguía sobre el escritorio, con la línea en blanco donde debía ir la firma de un segundo testigo.

Clara lo había mirado el día anterior, después de que Elena se fuera de la librería con la campanilla sonando detrás de ella y la bolsa de pan todavía sobre el mostrador.

Había pensado en su padre, la opción obvia, la más simple, pero algo la detenía cada vez que se imaginaba pidiéndoselo.

Quizás porque involucrarlo de esa forma significaba más de lo que Clara estaba lista para permitir.

O quizás, simplemente, porque en el fondo ya sabía a quién quería pedírselo, y solo necesitaba una noche para admitirlo del todo.

A la mañana siguiente, sin darse mucho tiempo para pensarlo, caminó hasta Flores Duarte antes de que le diera tiempo de arrepentirse.

Esa misma mañana, un poco antes, Esteban había llegado a la florería con dos cafés, como todos los días.

—Buenos días —dijo, dejando el vaso de Elena sobre el mostrador con esa familiaridad de costumbre—. ¿Lo pensaste? Lo del sábado sigue en pie, ¿eh? No se me olvida.

Elena, que llevaba puestos los guantes de trabajo y tenía ambas manos ocupadas con un arreglo de eucalipto, apenas levantó la vista.

—Esteban.

—Solo pregunto.

—Preguntas todos los días.

—Porque todos los días me dices que no. —Sonrió, sin ninguna mala intención, apoyado en el mostrador con la comodidad de quien ya conoce el ritual—. Algún día voy a preguntar tan seguido que te va a dar flojera seguir diciendo que no.

Elena soltó un suspiro que no era del todo molesto, pero que tampoco estaba lejos de serlo.

—Un día de estos te voy a decir que sí solo para que dejes de traerme café todas las mañanas.

—Ese es justamente el plan.

Elena negó con la cabeza, con una media sonrisa que no pudo evitar, y Esteban, satisfecho con haber sacado al menos esa reacción, se quedó todavía un rato más de lo habitual, hablando de un paciente complicado que había tenido esa semana, de lo mucho que extrañaba, a veces, la comida de la ciudad, de una película que quería ver y que en San Aurelio no había forma de encontrar en cartelera.

Elena escuchaba a medias, asintiendo en los momentos correctos, mientras terminaba el arreglo de eucalipto.

No era que Esteban le pareciera aburrido, al contrario, siempre resultaba fácil hablar con él, ligero, sin exigencias.

Era, más bien, que empezaba a sentir ese tipo de cansancio silencioso que aparece cuando uno se acostumbra tanto a un ritual que deja de preguntarse si en verdad lo disfruta o si simplemente ya forma parte del paisaje de sus mañanas.

—Bueno —dijo finalmente Esteban, revisando su reloj—, me tengo que ir, se me hace tarde. —Se enderezó, y antes de caminar hacia la puerta, añadió, con ese tono medio en broma que usaba siempre para las mismas preguntas—: ¿Entonces? ¿Sábado?

—Esteban.

—Está bien, está bien. Me voy. —Levantó las manos en señal de rendición, sonriendo—. Pero un día de estos vas a decir que sí.

Salió, y la campanilla sonó detrás de él.

Elena se quedó un momento con las tijeras en la mano, sin cortar nada, sintiendo ese cansancio suave instalarse un poco más hondo de lo habitual. No sabía bien si era por Esteban, por la insistencia amable pero constante, o por algo más que llevaba días sin querer nombrar del todo.

No tuvo mucho tiempo para pensarlo. Apenas unos minutos después, la campanilla volvió a sonar.

—Esteban —dijo, sin levantar la vista, dando por hecho que era él de vuelta por algo que se le había olvidado—. Si vienes a insistir otra vez, la respuesta sigue siendo...

Se detuvo, extrañada, al no escuchar la respuesta bromista que esperaba.

—¿Esteban? —preguntó una voz que no era la de Esteban.

Elena levantó la cabeza de golpe.

No era Esteban.

Clara estaba de pie junto a la puerta, con el formulario doblado entre las manos y una expresión entre divertida y desconcertada.

—Lo siento —dijo Elena, sintiendo el calor subirle a las mejillas—. Pensé que eras... da igual. Perdón.

—¿Debería sentirme ofendida de que me confundas con un hombre? —preguntó Clara, con una media sonrisa que Elena no esperaba, y que ayudó a disolver de inmediato la incomodidad.

—Un poco, sí. Deberías.

Rieron las dos, y por un instante el pequeño malentendido pareció aflojar algo entre ellas que llevaba tenso desde el reencuentro en la librería.

—Perdón por eso —dijo Elena, recomponiéndose, todavía con las mejillas un poco encendidas—. No esperaba verte aquí.

—Es la segunda vez que vengo —dijo Clara—. La primera me atendió tu mamá.

—Cierto. Me lo contó. —Elena se limpió las manos en el delantal, con una pausa breve, casi midiendo qué tan cerca podía sentirse esa conversación—. ¿Qué te trae esta vez?

—No vengo por flores.

—¿Entonces?

Clara sacó el formulario doblado del bolso, sintiéndose de pronto más nerviosa de lo que la situación ameritaba.

En realidad, había mil formas más simples de resolver esto, su padre, cualquier vecino, incluso el propio notario podría haberle sugerido un testigo, pero ninguna se le había ocurrido primero que Elena, y eso, más que el trámite en sí, era lo que la tenía inquieta.

—Necesito un segundo testigo para los documentos de la notaría. Alguien del pueblo, con identificación vigente. —Hizo una pausa breve—. Pensé en preguntarte a ti.

Elena se quedó mirando el papel un momento, y después a Clara, con una expresión que Clara no supo leer del todo, sorpresa, quizás, o algo más parecido a la ternura incómoda de quien reconoce el peso de una petición aparentemente simple.

—¿Por qué yo?

La pregunta la tomó desprevenida. Clara no había preparado una respuesta que no sonara más reveladora de lo que estaba dispuesta a admitir.

—Porque te conozco desde hace más tiempo que a casi cualquier otra persona en este pueblo —dijo finalmente, con cuidado—. Y porque confío en ti.

No era mentira. Tampoco era toda la verdad. Pero pareció suficiente.

Elena se limpió las manos en el delantal, pensativa.

—¿Cuándo es la cita?

—Mañana a las once.

—Puedo cerrar un par de horas. Mi mamá puede cubrirme si hace falta más tiempo. —Dobló el formulario y se lo devolvió a Clara con un asentimiento pequeño—. Ahí estaré.

—Gracias, Elena. En serio.

—No es nada. —Elena volvió a las flores que había dejado a medias, aunque Clara notó que sus manos se movían con menos concentración que antes de que ella llegara—. Para eso están los amigos, ¿no?

Lo dijo con una ligereza que no terminaba de sonar ligera. Había un filo pequeño debajo de la palabra, del tipo que solo se nota si se lleva años conociendo a quien la dice.

Amigos.

Clara sintió la palabra quedarse resonando de una forma que no esperaba. Elena levantó la vista apenas un segundo, con algo en los ojos que no era del todo reproche, pero tampoco estaba lejos de serlo.

Clara no supo qué responder. Bajó la mirada hacia el formulario, sintiendo que cualquier cosa que dijera sonaría insuficiente frente a todo lo que ninguna de las dos se atrevía a nombrar.

—Bueno —dijo finalmente, doblando el papel de nuevo con más cuidado del necesario—. Nos vemos mañana, entonces. A las once.

—Ahí estaré.

Clara caminó hacia la puerta, y justo antes de salir, se giró una vez más.

—Gracias, Elena. En serio.

Elena asintió, sin decir nada más, y Clara salió con la campanilla sonando detrás de ella.

Caminó de regreso a la librería más despacio de lo habitual, con el formulario todavía en la mano, repasando la conversación una y otra vez sin poder decidir qué la inquietaba más: el filo debajo de la palabra amigos, o el hecho de que, a pesar de todo, seguía queriendo encontrar excusas para volver a ver a Elena.

Pasó el resto de la tarde ordenando la carpeta de documentos para la notaría, revisando que cada papel estuviera en su lugar, que las copias estuvieran completas, que no faltara ninguna firma, con una concentración que, sospechaba, tenía más que ver con no pensar en otra cosa que con la eficiencia real del trámite.

Cerca de las siete, mientras guardaba la carpeta en su bolso para tenerla lista, la palabra volvió, sin que la llamara.

Amigos.

Se quedó un momento con la carpeta a medio guardar, sin saber muy bien por qué esa palabra insistía en no acomodarse del todo, y terminó por cerrar el bolso sin darle más vueltas.

Guardó la carpeta, apagó la luz de la oficina, y subió a la habitación con la sensación, ya familiar, de llevarse consigo más preguntas de las que había tenido al despertar esa mañana.

Al día siguiente, se puso lista temprano, más temprano de lo necesario para una cita a las once, y se descubrió, mientras se cambiaba de ropa por segunda vez, preguntándose si eso también era algo que hacían los amigos.

No se permitió responderse.

La notaría de San Aurelio ocupaba un edificio pequeño cerca de la plaza, con ventanas altas y ventiladores de techo que giraban despacio, sin lograr aliviar mucho el calor de la mañana.

Clara llegó primero, con una carpeta llena de documentos bajo el brazo, y se sentó en una de las sillas plásticas de la sala de espera a repasar, por tercera vez, que no le faltara ningún papel.

Elena llegó cinco minutos después, con el cabello recogido y una blusa distinta a la que Clara le había visto en la florería, algo más arreglado, como si hubiera querido presentarse de una forma particular para la ocasión, aunque fuera solo para firmar un papel como testigo.

—¿Nerviosa? —preguntó Elena, sentándose a su lado.

—Un poco. No sé por qué. Es solo papeleo.

—El papeleo siempre pone nerviosa a la gente. Es como si de pronto todo se volviera muy real.

Clara la miró de reojo, sorprendida de lo acertado del comentario.

—Sí. Exactamente eso.