CAPÍTULO 7 La llave
La tercera llave seguía sin abrir nada.
Clara la había probado, sin mucha esperanza, en la puerta principal, en la de la oficina, incluso en el pequeño clóset donde su abuela guardaba los artículos de limpieza.
En ningún lado encajaba. La llevaba consigo de todos modos, en el bolsillo del pantalón, como quien carga una pregunta sin resolver.
Fue casi por accidente que la encontró.
Buscando un contrato de arrendamiento antiguo que necesitaba para el trámite de la notaría, Clara terminó moviendo uno de los estantes más pesados del fondo de la librería, uno que, según recordaba, llevaba ahí desde siempre, atornillado a la pared como si formara parte de la estructura misma del local.
Al empujarlo apenas unos centímetros para alcanzar una caja atrapada detrás, notó algo que no había visto antes.
Una puerta pequeña.
Estaba pintada del mismo color que la pared, casi camuflada, con una cerradura diminuta y oxidada que Clara no recordaba de su infancia o que quizás nunca había tenido razón para notar, siendo niña, entre tantos estantes altos y libros fuera de su alcance.
Sacó la llave del bolsillo casi sin pensarlo.
Encajó.
Giró con un esfuerzo pequeño, un chasquido seco, y la puerta cedió hacia adentro, revelando un espacio reducido, más un armario empotrado que un cuarto, con una sola caja de madera en el centro, cubierta de polvo, sin ninguna etiqueta.
Clara se arrodilló frente a ella.
Tardó un momento en decidirse a abrirla, con esa misma vacilación que había sentido frente a la caja de cartón el primer día. Pero esta vez no se detuvo. Levantó la tapa.
Dentro había más fotografías, muchas más que en la primera caja, organizadas sin ningún orden aparente, como si alguien las hubiera ido guardando ahí con el tiempo, sin la intención de archivarlas con cuidado, sino simplemente de no dejarlas perderse.
Clara tomó la primera que encontró.
Dos niñas, no debían tener más de seis o siete años, sentadas en el suelo de la librería, el mismo suelo sobre el que Clara estaba arrodillada en ese momento, rodeadas de libros abiertos, riendo hacia la cámara con esa risa despreocupada que solo tienen los niños que todavía no saben que el tiempo se puede acabar.
No necesitó preguntarse quiénes eran.
Pasó a la siguiente. Las mismas dos niñas, un poco más grandes, en lo que parecía ser un cumpleaños, un pastel a medio comer, migajas por toda la mesa, y las dos con las manos entrelazadas en alto, como si acabaran de ganar algo.
Y otra. Y otra más.
Clara fue pasando las fotografías una a una, sintiendo que cada una le abría una puerta pequeña a un tiempo que había hecho un esfuerzo consciente por no visitar.
Ahí estaban, año tras año, en distintas edades, distintas estaciones, siempre juntas: en la plaza, en lo que parecía ser la entrada de la florería, en la azotea de la librería con un telescopio de juguete que Clara ni siquiera recordaba haber tenido.
Llegó a una foto donde ya no eran niñas.
Debían tener catorce, quizás quince años.
Estaban sentadas en el mismo lugar de siempre, la azotea, pero algo en la postura, en la forma en que se miraban en lugar de mirar a la cámara, era distinto.
Alguien más había tomado esa foto, alguien que las había sorprendido en un momento que no estaba pensado para ser fotografiado.
Clara se quedó mirando esa imagen mucho más tiempo del que había dedicado a las anteriores.
Al fondo de la caja, debajo de las fotografías, encontró un sobre más, distinto a los demás, más grueso, cerrado con un pedazo de cinta ya amarillenta por el tiempo. En la parte de enfrente, con la misma letra de su abuela, decía simplemente:
Para cuando estés lista.
Clara lo sostuvo entre las manos un largo rato.
No lo abrió.
No todavía.
Lo guardó, junto con algunas de las fotografías, dentro de la caja de cartón original, la que llevaba su nombre, y cerró con cuidado la pequeña puerta empotrada, dejando el resto de las fotografías donde estaban, como si necesitara procesar esto en partes, un poco cada vez, antes de enfrentar todo de una sola vez.
Esa tarde, sentada en el mostrador de la librería con las fotografías extendidas frente a ella, Clara se sorprendió sonriendo sin darse cuenta, una sonrisa pequeña, casi involuntaria, provocada por una imagen de ambas disfrazadas, evidentemente para alguna fiesta del pueblo, con vestidos que claramente eran demasiado grandes para ellas.
Estaba tan absorta que no escuchó la campanilla hasta que fue demasiado tarde para guardar nada.
—¿Interrumpo?
Clara levantó la cabeza de golpe.
Elena estaba de pie junto a la puerta, con una pequeña bolsa de papel en la mano, del tipo que usaban en la panadería, y una expresión indecisa, como si hubiera estado a punto de dar media vuelta antes de decidirse a entrar del todo.
—No, para nada —dijo Clara, y sintió el impulso inmediato de cubrir las fotografías con la mano, aunque ya era tarde: Elena ya las había visto, o al menos había visto lo suficiente para reconocer de qué se trataban.
Elena se acercó despacio, con los ojos fijos en la mesa.
—¿Son…?
—Las encontré hoy. Detrás de un estante. Había una puerta que no sabía que existía.
Elena tomó, sin pedir permiso, la fotografía de las dos disfrazadas, y algo en su expresión se suavizó por completo, como si el tiempo, por un instante, hubiera dejado de pesar entre ellas.
—El festival de las cosechas —dijo, casi para sí misma—. Tu abuela nos hizo esos vestidos con cortinas viejas porque se nos había olvidado avisar que necesitábamos disfraces.
—No me acordaba de eso.
—Yo tampoco, hasta ahora. —Elena dejó la fotografía sobre la mesa con cuidado, como si temiera que se pudiera romper—. Traía esto. —Levantó la bolsa de papel—. Pan de la señora Carmen. Me dijo que te lo diera, que seguro no estabas comiendo bien.
Clara no pudo evitar reír, un poco sorprendida.
—Todo el pueblo cree que no como bien.
—Todo el pueblo tiene razón, probablemente.
Hubo un instante de silencio cómodo, algo que no habían tenido desde el reencuentro en la librería, y que a Clara le tomó por sorpresa lo fácil que resultaba, incluso ahora, incluso después de todo.
Elena se quedó de pie, sin sentarse, con la mirada volviendo una y otra vez a las fotografías extendidas sobre el mostrador.
—¿Puedo? —preguntó, señalando otra que Clara todavía no había mirado.
—Claro.
Elena la tomó con cuidado. Era una de las últimas de la pila, tomada, a juzgar por sus rostros, apenas un año o dos antes de que Clara se fuera. Estaban sentadas en el borde de la azotea, con las piernas colgando hacia la calle, riendo por algo que la cámara no había logrado capturar.
Elena la miró un largo rato, en silencio.
—No sabía que existía esta foto —dijo finalmente, con una voz distinta, más baja.
—Yo tampoco.
Se quedaron ahí, las dos, mirando la misma imagen sin decir nada más, hasta que Elena, con un movimiento casi brusco, dejó la fotografía de vuelta sobre la mesa.
—Debería irme. Tengo que abrir todavía.
—Gracias por el pan.
—De nada. —Elena caminó hacia la puerta, pero se detuvo antes de llegar, como si algo la retuviera un momento más de lo planeado—. Clara.
—¿Sí?
—Me alegra que las hayas encontrado. Las fotos, digo.
No esperó respuesta. Salió, y la campanilla sonó detrás de ella.
Clara se quedó mirando la puerta cerrada, y después, muy despacio, bajó la vista hacia la fotografía de la azotea, todavía sobre el mostrador, donde dos adolescentes reían sin saber todavía todo lo que el tiempo les tenía guardado.