TODO LO QUE DEJAMOS SIN DECIR CAPÍTULO 6 La otra vida
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CAPÍTULO 6 La otra vida

La videollamada entró justo cuando Clara terminaba de acomodar la última caja de libros clasificados contra la pared del fondo.

Se limpió las manos en los jeans, se sentó frente al escritorio de la oficina todavía con la lámpara verde de su abuela encendida, aunque ya era casi mediodía y contestó.

—Ahí estás —dijo Andrés, apenas apareció en la pantalla, con esa media sonrisa suya que Clara conocía tan bien—. Empezaba a pensar que te habías cambiado el nombre y abierto una granja de cabras.

—Todavía no, pero lo estoy considerando.

—No bromees con eso, Emmanuel te tomaría la palabra y llamaría a Recursos Humanos para preguntar si las cabras cuentan como experiencia relevante.

Clara rió, la primera risa genuina que soltaba en varios días, y sintió, por un momento, el peso pequeño y cotidiano de extrañar su vida de antes, no la ciudad exactamente, sino esto: las bromas fáciles de Andrés, la oficina con vista a la avenida, el ritmo predecible de un día de trabajo.

—¿Cómo va todo por allá? —preguntó.

—Ocupado. La reestructuración sigue avanzando, ya sabes cómo es esto: todos preguntando quién se va a quedar con qué área, quién se cambia de piso, quién de pronto ya no tiene escritorio.

—Andrés bajó un poco la voz, aunque estuviera solo—.

Emmanuel ya anunció formalmente que se retira en dos meses. Fue ayer, en la junta general.

—¿Cómo lo tomaron?

—Como era de esperarse. Todos aplaudieron, algunos con lágrimas, y en cuanto salió del salón empezaron los rumores sobre quién va a quedarse con la dirección.

Clara sintió algo tensarse en su estómago, aunque ya sabía, en teoría, lo que venía.

—¿Y qué se dice?

Andrés hizo una pausa, del tipo que Clara reconocía como preludio de algo que no sabía cómo decir sin sonar demasiado serio.

—Se dice tu nombre, Clara. Mucho. —Se acomodó en su silla, mirando hacia la cámara con una expresión más directa—. Emmanuel ya te lo insinuó antes de que te fueras, pero ahora es prácticamente oficial. Va a proponerte formalmente en la próxima junta del comité. El día quince.

—Lo sé.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿Estás lista para eso?

Clara se quedó callada un momento. Miraba la pantalla, sí, pero en realidad miraba más allá de ella, hacia algún punto indefinido de la oficina donde todavía esperaban, a medio revisar, las cajas de su abuela.

—Llevo años trabajando para esto —dijo finalmente.

—Esa no es la pregunta, Clara. Yo sé que has trabajado. Te pregunté si estás lista.

La distinción la tomó desprevenida, y por un segundo no supo bien qué responder. Andrés siempre había tenido esa habilidad incómoda de hacer la pregunta exacta que Clara prefería no examinar demasiado de cerca.

—Estoy lista —repitió, con más firmeza de la que sentía—. Solo necesito resolver todo esto aquí primero.

—¿Cómo va eso, por cierto? Dijiste una semana. Ya van…

—Cuatro días.

—Cuatro días —repitió Andrés—. ¿Y cómo vas?

Clara pensó en la librería todavía llena de cajas por revisar.

En el avalúo que ni siquiera había agendado.

En los documentos de la notaría que seguían sin firmar.

En la carta de su abuela, guardada en el cajón de la mesa de noche.

En Elena, cruzando la plaza con una carretilla de macetas, riendo por algo que un hombre de bata blanca le había dicho.

—Va lento —admitió—. Más lento de lo que pensé.

—¿Necesitas más tiempo? Puedo hablar con Emmanuel, decirle que…

—No. —La palabra salió más rápido de lo que Clara pretendía—. No, está bien. Voy a estar lista para el quince.

Andrés la miró un momento a través de la pantalla, con esa expresión de quien no está completamente convencido pero sabe que insistir no va a servir de mucho.

—Está bien —dijo—. Tú sabrás. Nada más no te presiones tanto que se te olvide comer, o dormir, o las dos cosas, como la última vez que cerraste ese trato con la editorial francesa.

—Eso fue una vez.

—Fue más de una vez, Clara.

Ella sonrió, a pesar de todo, y por un momento la conversación se sintió más ligera, más parecida a las que solían tener antes de que San Aurelio, la librería, y todo lo demás, entraran en la ecuación.

Hablaron un rato más de temas del trabajo, un manuscrito que Andrés estaba revisando, un autor que amenazaba con cambiar de editorial si no le subían el adelanto, los chismes habituales de oficina que, curiosamente, Clara escuchó con más nostalgia de la que hubiera esperado sentir por asuntos tan mundanos.

Antes de colgar, Andrés se quedó mirándola un segundo de más.

—Oye. ¿Estás bien? En serio.

—Estoy bien.

—Sé que dices eso siempre, pero te conozco. Y te ves… no sé. Distinta.

Clara sintió el impulso de preguntarle a qué se refería, pero no lo hizo. En cambio, forzó una sonrisa que esperó fuera convincente.

—Es solo cansancio. Ha sido una semana difícil.

—Está bien —dijo Andrés, sin insistir, aunque su expresión sugería que no estaba del todo satisfecho con la respuesta—. Cuídate, ¿sí? Y avísame cualquier cosa. Lo que sea.

—Gracias, Andrés.

Colgaron.

Clara se quedó sentada frente a la pantalla apagada un largo rato, con las manos apoyadas sobre el escritorio, sintiendo el peso extraño de tener, de pronto, dos vidas corriendo en paralelo: una que la esperaba en Ciudad de México, ordenada, ambiciosa, construida con años de esfuerzo, y otra, aquí, en San Aurelio, desordenada, llena de cajas sin abrir y de preguntas que no sabía cómo empezar a responder.

Esa tarde, mientras revisaba los documentos de la notaría, encontró, entre los papeles, un formulario que necesitaba la firma de un segundo testigo alguien del pueblo, con identificación vigente, que pudiera acompañarla a la notaría en los próximos días.

Pensó, casi automáticamente, en pedírselo a su padre.

Pero también pensó, sin poder evitarlo, en lo sencillo que habría sido, años atrás, pedírselo a Elena.

Se recriminó el pensamiento casi de inmediato, cerrando la carpeta con más fuerza de la necesaria, y se obligó a concentrarse en la lista de pendientes que todavía tenía frente a ella.

Notaría. Avalúo. Documentos.

Cuatro días.

Miró el calendario colgado en la pared de la oficina, uno viejo, de hacía dos años, que su abuela nunca se había molestado en cambiar, y contó, de nuevo, los días que faltaban hasta el quince.

No eran suficientes.

Lo supo con una certeza incómoda, la misma certeza que llevaba días evitando nombrar directamente, y que ahora, con la llamada de Andrés todavía fresca, se le hacía cada vez más difícil de ignorar.

Esa noche, antes de dormir, sacó su teléfono y escribió un mensaje que borró tres veces antes de decidirse a enviarlo.

Andrés, creo que voy a necesitar unos días más. Avísale a Emmanuel, por favor.

Lo envió antes de poder arrepentirse.

La respuesta llegó casi de inmediato.

Hecho. No te preocupes por nada de aquí. Resuelve lo que tengas que resolver.

Clara leyó el mensaje dos veces, sintiendo una mezcla extraña de alivio y culpa, y dejó el teléfono sobre la mesa de noche, junto al cajón donde guardaba la carta de su abuela y la hoja doblada que todavía no sabía qué hacer con ella.

Apagó la luz, y por primera vez desde que había llegado a San Aurelio, no se sintió culpable por quedarse un poco más.