CAPÍTULO 5 El doctor nuevo
Esteban Marín llevaba dos años en San Aurelio, tiempo suficiente para que el pueblo hubiera dejado de llamarlo "el doctor nuevo" en voz alta, aunque en la cabeza de muchos, incluida la de Lucía, todavía lo fuera.
Había llegado a San Aurelio apenas terminó su residencia en la ciudad.
Decía, cuando alguien le preguntaba y en un pueblo pequeño, tarde o temprano, todos preguntaban, que estaba cansado de la velocidad de los hospitales grandes, de los pasillos siempre llenos, de no lograr aprenderse los nombres de sus pacientes antes de que les dieran de alta.
Se había enterado de que el pueblo necesitaba un médico de planta, había venido solo a conocerlo, y terminó por quedarse.
En general, era bien recibido en el pueblo. Amable, con ese tipo de simpatía fácil que hace que la gente confíe rápido. Bueno en su trabajo, además, lo suficiente como para que las señoras del pueblo lo recomendaran entre ellas con el mismo entusiasmo con el que hablaban del clima.
Vivía solo, en una casa pequeña cerca del consultorio. Y tenía una costumbre que todo San Aurelio conocía, aunque nadie la mencionara en voz alta: pasaba casi todas las mañanas por Flores Duarte antes de abrir la consulta.
Esa mañana no fue distinta.
—Buenos días —dijo, empujando la puerta con el hombro porque llevaba las manos ocupadas con dos cafés—. Te traje uno. El de siempre.
Elena levantó la vista desde donde armaba un arreglo grande, probablemente para alguna boda, a juzgar por la cantidad de blanco que había sobre la mesa.
—No tenías que hacerlo.
—Ya sé. Lo hago de todos modos.
Le extendió el vaso, y Elena lo tomó con una sonrisa breve, del tipo que se da por costumbre más que por otra cosa.
Esteban se apoyó en el mostrador, con esa comodidad de quien ya se sabe el ritual de memoria: el café, unos minutos de conversación, alguna broma, y de regreso al consultorio antes de que llegara el primer paciente.
—¿Cómo va la boda de los Ramírez? —preguntó, señalando con la barbilla el arreglo blanco.
—Casi lista. La novia quiere que todo sea blanco, "pero no aburrido". —Elena puso los ojos en blanco con cariño—. Llevo tres días tratando de que "blanco pero no aburrido" tenga algún sentido.
Esteban rió.
—Suena a un reto filosófico más que floral.
—Créeme, lo es.
Bebió un poco de su café, la observó trabajar un momento en silencio, y después, con ese tono casual que ya Elena reconocía como preludio de lo mismo de siempre, dijo:
—Oye, ¿ya lo pensaste? Lo del sábado.
Elena no levantó la vista del arreglo.
—Esteban…
—Solo es cenar, Elena. No te estoy pidiendo que te cases conmigo.
—Ya sé. —Cortó un tallo con más fuerza de la necesaria— Es que el sábado tengo que entregar tres arreglos y…
—El sábado en la noche. Los arreglos serían en la mañana.
—Y luego tengo que revisar el inventario para la próxima semana, porque…
—Elena.
Ella finalmente lo miró, y algo en su expresión era casi divertido, casi culpable, como quien sabe que se le acabaron los pretextos razonables pero no está lista para dar el único motivo real.
—No es por ti —dijo, con más suavidad—. Eres... eres genial, Esteban. En serio. Es solo que ahora no es un buen momento.
—Llevas diciendo eso desde hace un año.
No lo dijo con reproche. Lo dijo con la ligereza de quien ya lo ha aceptado como parte del paisaje, aunque una pequeña parte de él, evidente en cómo bajó la mirada un segundo antes de sonreír de nuevo, seguía esperando una respuesta distinta.
—Algún día vas a decir que sí, nada más para que deje de insistir —bromeó, terminando su café.
—Algún día —repitió Elena, sin comprometerse a nada, pero con una sonrisa que suavizaba la negativa.
Esteban se despidió poco después, con la promesa cumplida casi religiosamente cada mañana de volver al día siguiente con más café.
Elena lo vio salir, cruzar la calle en dirección al consultorio, y se quedó un momento con las tijeras en la mano, sin cortar nada, mirando la puerta por la que acababa de salir.
No era la primera vez que se preguntaba por qué decía que no.
Esteban era, objetivamente, todo lo que cualquiera podría querer: amable, estable, presente, interesado en ella de una forma clara y sin juegos.
El tipo de hombre que Lucía, sin decirlo directamente, aprobaría sin dudarlo.
El tipo de hombre con el que, en cualquier otra vida, Elena probablemente ya habría dicho que sí.
Pero cada vez que se imaginaba a sí misma diciendo que sí a una cena, a algo más, sentía una resistencia que no lograba nombrar del todo.
No era sobre Esteban. Era sobre algo más antiguo, más enterrado, que llevaba tanto tiempo ahí que Elena casi había dejado de notarlo como una herida y había empezado a tratarlo, simplemente, como parte de su forma de ser.
Volvió al arreglo blanco, decidida a no pensar más en eso.
Lucía llegó a media mañana, con su delantal ya puesto antes de haber cruzado del todo la puerta, y se instaló en su rincón habitual junto a las macetas de barro sin necesidad de que nadie le indicara nada.
—Vino Esteban —dijo Elena, sin que se lo preguntaran, mientras acomodaba flores en un balde de agua.
—¿Y?
—Y nada. Lo de siempre.
Lucía no dijo nada por un momento, ocupada en desenredar un manojo de listones. Después, con esa manera suya de decir las cosas importantes como si no lo fueran, comentó:
—Es un buen hombre.
—Ya sé que es un buen hombre, mamá.
—No digo que tengas que hacer nada. Solo digo que es un buen hombre.
Elena no respondió. Siguió trabajando, y Lucía la dejó tranquila, aunque de vez en cuando la miraba de reojo con esa atención silenciosa que llevaba años perfeccionando, sin decir nunca en voz alta lo que realmente pensaba.
Fue Lucía quien, un rato después, mencionó, con el mismo tono ligero que había usado para hablar de Esteban:
—Ayer vino Clara.
Elena se detuvo, apenas un instante, con las manos todavía entre los tallos.
—¿Sí?
—Vino por flores. Para la tumba de su abuela. —Lucía siguió trabajando, sin mirarla directamente, dándole a Elena el espacio de reaccionar sin sentirse observada—. Le di nardos. Los que le gustaban a su abuela.
—Qué bien que pensaste en eso.
—Preguntó por ti.
Elena levantó la vista esta vez, con una expresión que intentaba, sin mucho éxito, parecer neutral.
—¿Ah, sí?
—Nada más preguntó cómo estabas. —Lucía cortó un listón con precisión—. Le dije que bien. Ocupada.
—Está bien, sí. —Elena volvió a los tallos, aunque sus manos se movían ahora con menos concentración que antes—. Ocupada.
Lucía no insistió. Pero se quedó pensando, mientras terminaba de acomodar los listones, en la forma en que su hija había dicho esa última palabra —ocupada— como si necesitara repetírsela a sí misma más que confirmársela a alguien más.
No dijo nada al respecto. Llevaba años sin decir nada al respecto.
Pero ella sí había visto. Había visto, diecisiete años atrás, cómo su hija dejó de sonreír de la misma forma después de que Clara se fuera sin despedirse.
Había visto, meses después, cómo esa sonrisa regresaba poco a poco, sincera pero distinta, como si le faltara algo que solo aparecía cuando Clara andaba cerca.
Y apenas ayer había visto, del otro lado, la forma en que Clara preguntó por Elena con un cuidado que ninguna pregunta casual necesita.
Lucía no era de las que se metían. Nunca lo había sido. Pero eso no significaba que no viera.
Esa tarde, cuando Elena cerró la florería y se quedó sola un momento antes de irse a casa, se permitió, por primera vez desde el reencuentro en la librería, pensar directamente en Clara.
Se sentó en el pequeño banco de madera que tenía junto a la ventana, el mismo, se dio cuenta con una punzada extraña, donde solía sentarse de niña mientras esperaba a que Clara terminara de ayudar en la librería antes de que ambas corrieran juntas por la calle hasta encontrarse a medio camino.
Pensó en la expresión de Clara al verla entrar.
En el "voy a venderla" que había sonado más a algo que Clara necesitaba convencerse a sí misma que a una simple respuesta.
Pensó, sobre todo, en los diecisiete años que habían pasado sin una sola carta, sin una sola llamada, sin ninguna señal de que, para Clara, alguna vez hubiera quedado algo pendiente entre ellas.
No sabía si estar enojada o simplemente triste. Llevaba tanto tiempo sin decidir cuál de las dos cosas sentir que ya casi no distinguía la diferencia.
Cerró con llave, y caminó a casa con las manos en los bolsillos, mirando las estrellas que empezaban a asomarse sobre los cerros, preguntándose, sin poder evitarlo, si Clara todavía subía a mirarlas, en algún lugar, sola.