TODO LO QUE DEJAMOS SIN DECIR CAPÍTULO 4 Flores Duarte
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CAPÍTULO 4 Flores Duarte

Esa mañana, Clara se despertó pensando en flores.

No fue una decisión que llegara de golpe. Se quedó un rato en la cama, mirando el techo, dejando que la idea se acomodara sola: la tumba de su abuela seguía sin nada más que tierra removida, y eso, de alguna manera, le pesaba más de lo que hubiera esperado.

Bajó a la cocina, se sirvió café, y mientras lo bebía revisó de nuevo su lista de pendientes, ahora ya bastante tachada.

Inventario — avanzado. Documentos — pendiente. Avalúo — por agendar.

Flores no estaba en la lista. Aun así, en cuanto terminó el café, se puso los zapatos casi sin pensarlo, como si el cuerpo hubiera decidido por ella antes de que la cabeza terminara de justificarlo.

Se dijo a sí misma, mientras caminaba hacia la puerta, que iba por una razón puramente práctica: necesitaba flores para la tumba, y no había ninguna otra florería en el pueblo que pudiera dárselas.

Se lo repitió de nuevo mientras caminaba por la calle, como si repetirlo pudiera hacerlo más cierto.

La calle hacia Flores Duarte era una de esas que el cuerpo recordaba mejor que la mente: los mismos árboles más altos, las mismas piedras del empedrado un poco desgastadas en el centro, como si generaciones enteras hubieran caminado exactamente por ahí.

Clara reconoció, sin proponérselo, el punto exacto donde de niña se torcía siempre hacia la izquierda para llegar más rápido, apurando el paso, casi corriendo, como si las tardes de infancia tuvieran un límite de tiempo que había que aprovechar al máximo.

El letrero pintado a mano —Flores Duarte— colgaba sobre la puerta, con letras curvas que Clara no recordaba de la infancia.

Debajo, en macetas de barro, una explosión de color que contrastaba fuertemente con la quietud sobria de la librería.

Geranios, girasoles pequeños, algo morado que Clara no supo nombrar.

El aire, incluso desde la calle, olía dulce y verde a la vez.

Se detuvo un momento frente a la puerta, con la mano casi tocando el picaporte, respirando ese olor que de alguna manera reconocía en el cuerpo antes que en la memoria.

Empujó la puerta.

La campanilla, distinta a la de la librería, más aguda, casi musical, anunció su entrada.

—Un momento, ya voy —dijo una voz desde el fondo, entre el follaje de un arreglo a medio armar.

No era Elena.

Una mujer mayor, de cabello recogido y manos manchadas de tierra, salió de detrás de un mostrador cubierto de flores sueltas y tijeras de podar. Se limpió las manos en el delantal antes de levantar la vista, y en cuanto lo hizo, se quedó inmóvil un segundo.

—Clara.

No fue una pregunta.

Clara reconoció esos ojos antes que el resto del rostro, una versión más adulta, más cansada quizá, de la mujer que recordaba de la infancia sentada siempre entre flores, con la misma calidez tranquila que parecía no alterarse nunca.

—Lucía.

La mujer sonrió, y algo en esa sonrisa se pareció, por un instante, a la manera en que sonreía su propia abuela: sin prisa, sin necesidad de llenar el silencio con palabras.

—Mírate. —Lucía se acercó, secándose las manos una última vez antes de tomar las de Clara entre las suyas—. Cuánto tiempo, hija.

—Diecisiete años —dijo Clara, casi sin pensarlo, y se sorprendió a sí misma por la precisión con la que llevaba la cuenta.

—Diecisiete años —repitió Lucía, con algo indescifrable en la voz—. Siento mucho lo de tu abuela. Era una mujer extraordinaria. La vamos a extrañar todos.

—Gracias.

Lucía no soltó sus manos de inmediato. La miró un momento más de lo que exigía la cortesía, con una atención que Clara sintió casi física, como si Lucía estuviera buscando algo específico en su rostro y no supiera todavía si lo había encontrado.

—¿Necesitas algo, o solo pasabas a saludar?

—Flores —dijo Clara—. Para la tumba de mi abuela.

—Claro. —Lucía asintió, soltando finalmente sus manos, y se giró hacia los estantes llenos de cubetas con agua—. ¿Tenía alguna flor favorita? A veces la gente no se acuerda, con los años.

Clara lo pensó un momento.

—Nardos. Siempre tenía uno en la oficina.

Lucía sonrió de nuevo, esta vez con algo más de nostalgia.

—Lo recuerdo. Venía por ellos casi cada semana. —Empezó a seleccionar tallos con manos expertas, sin necesidad de mirar demasiado lo que hacía—. Tu abuela y yo nos conocíamos desde hace mucho, ¿sabes? Antes de que ustedes dos nacieran, incluso.

—No lo sabía.

—Ah, sí. El pueblo era distinto entonces.

Más pequeño. Todos nos conocíamos de una forma u otra.

—Hizo una pausa, cortando un tallo con un movimiento seco y preciso—.

Tu abuela siempre decía que ustedes dos, tú y Elena, eran como estas plantas de aquí.

—Señaló con la barbilla hacia una enredadera que trepaba por la pared del fondo—.

Que no importaba cuánto tiempo pasara ni qué tan lejos las trasplantaran, siempre encontraban la forma de volver a crecer hacia el mismo lugar.

Clara sintió que el comentario le atravesaba el pecho de una forma que no esperaba, y no supo si Lucía lo había dicho con alguna intención particular o si, simplemente, era el tipo de cosas que la gente de los pueblos decía sin pensar demasiado en el peso que podían tener.

—¿Cómo está? —preguntó Clara, casi sin darse cuenta de que lo preguntaba, con un tono que intentaba sonar casual y no supo si lo logró del todo—. Elena, digo.

Lucía levantó apenas la mirada del ramo que armaba, y por un segundo pareció que iba a decir algo distinto a lo que finalmente dijo.

—Bien. Ocupada, como siempre. El negocio le ha ido creciendo, y eso la mantiene con las manos llenas casi todo el año. —Cortó otro tallo—. Es buena en esto. Mejor que yo, si te soy honesta. Yo solo vengo algunas tardes, ya nada más por el gusto de ensuciarme las manos.

—Me alegra que le vaya bien.

—Sí —dijo Lucía, y algo en su voz se suavizó, se volvió más lenta, como si estuviera decidiendo cuánto decir—. Le ha costado, pero le ha ido bien.

No explicó a qué se refería con "le ha costado", y Clara no preguntó. Pero la frase se quedó flotando entre las dos, con un peso que ninguna de las dos nombró.

—Elena no está —añadió Lucía, ya de espaldas, seleccionando flores—. Salió a hacer una entrega. Debería volver en un rato, si quieres esperarla.

—No, está bien. No hace falta.

Lucía se giró, con el ramo de nardos ya casi terminado entre las manos, y miró a Clara con una expresión que no era de sorpresa exactamente, sino de algo más parecido a la comprensión paciente de quien ha visto pasar suficientes años como para no apresurar nada.

—Como gustes, hija.

Terminó de envolver el ramo en papel color crema y se lo entregó.

—No, no. —Lucía levantó una mano cuando Clara buscó su cartera—. Esto va por cuenta de la casa. Por tu abuela.

—No tienes que…

—Insisto.

Clara no discutió más. Tomó el ramo, sintiendo el peso pequeño y fresco de los tallos entre las manos, y por un momento no supo qué decir.

—Gracias, Lucía. De verdad.

—Cuídate mucho, Clara. —Lucía la acompañó hasta la puerta, y justo antes de que Clara saliera, añadió, con un tono más suave, casi para sí misma— Me da gusto verte de vuelta. Aunque sea así.

Clara asintió, sin saber muy bien qué responder a eso, y salió a la calle con el ramo entre los brazos.

No caminó directo al cementerio.

Se desvió, sin decidirlo del todo conscientemente, hacia la plaza, donde se sentó un momento en una de las bancas bajo el árbol grande, con el ramo de nardos apoyado a su lado.

El pueblo se movía a su alrededor con esa lentitud particular de las mañanas de semana: alguien barriendo la entrada de una tienda, dos mujeres conversando junto a la fuente seca, un perro que cruzaba la plaza sin prisa alguna, como si tuviera todo el derecho del mundo a hacerlo.

Fue ahí, mirando distraídamente hacia la calle, donde vio pasar a Elena por primera vez desde el reencuentro en la librería.

Elena no la vio a ella. Caminaba del otro lado de la plaza, con una carretilla pequeña cargada de macetas, concentrada en no dejar caer nada, el cabello recogido de cualquier manera y una expresión de calma ocupada que Clara reconoció incluso a la distancia.

Un hombre caminaba a su lado, alto, con una bata blanca ligera sobre la ropa, claramente en camino o de vuelta de alguna consulta hablándole con una sonrisa fácil, del tipo que sugería confianza, cercanía, quizás algo más.

Clara no pudo escuchar lo que decían. Solo vio a Elena reír por algo que el hombre dijo, una risa breve, ligera, y después negar con la cabeza a lo que parecía ser una pregunta o una invitación.

El hombre insistió, con las manos abiertas en un gesto medio en broma, medio serio.

Elena volvió a negar, sonriendo, y siguió caminando con su carretilla.

Clara se descubrió observando la escena con una atención que no tenía ningún derecho a sentir.

Se dijo a sí misma que era simple curiosidad, el tipo de curiosidad que cualquiera sentiría al ver a alguien que conoció hace años, nada más.

Pero incluso mientras se lo decía, notó algo tenso instalarse en su pecho, una incomodidad pequeña y precisa que no supo, o no quiso, examinar demasiado de cerca.

Apartó la mirada antes de que la propia conciencia de lo que estaba haciendo la incomodara más de lo que ya la incomodaba.

Se levantó, tomó el ramo, y caminó hacia el cementerio sin mirar atrás.

La tumba de su abuela todavía tenía tierra fresca.

Clara se quedó de pie frente a ella un largo rato, con el ramo de nardos entre las manos, sin saber muy bien qué decir ni si hacía falta decir algo.

—Te traje tus flores —dijo finalmente, en voz baja, casi avergonzada de hablarle a una lápida—. Lucía te manda saludos. Bueno, no exactamente, pero seguro lo haría si supiera que estoy aquí.

El viento movió las ramas de un árbol cercano.

Clara se agachó y dejó el ramo con cuidado, acomodando los tallos como si eso importara de alguna manera.

—No sé qué estoy haciendo aquí, abuela —dijo, más bajo todavía—.

Con la librería, con el pueblo, con... —se detuvo, sin terminar la frase—.

Dijiste que no dejara que el miedo decidiera por mí.

Pero no sé si esto es miedo o si es solo que no sé quedarme quieta en un lugar que ya no reconozco del todo.

No hubo respuesta, por supuesto. Solo el viento, y a lo lejos, el sonido apagado del pueblo siguiendo su ritmo de siempre.

Se quedó ahí unos minutos más, dejando que el silencio hiciera lo que las palabras no lograban, y después se levantó, se sacudió la tierra de las rodillas, y emprendió el camino de regreso.

Ya de vuelta en la librería, con la tarde cayendo despacio sobre el pueblo, Clara se sentó en el mostrador con una taza de té que no tenía muchas ganas de beber.

El teléfono vibró sobre la mesa. Un mensaje de Andrés.

Emmanuel volvió a preguntar. Le dije que todo iba bien. ¿Todo bien?

Clara miró el mensaje un momento antes de responder.

Todo bien, escribió.

Y luego, antes de poder pensarlo demasiado, agregó una línea que no había planeado escribir:

Más complicado de lo que pensé, pero bien.

Guardó el teléfono sin esperar respuesta, y se quedó mirando el punto vacío del mostrador donde, un rato antes, había estado el ramo de nardos.

Pensó, sin poder evitarlo, en la risa breve y ligera de Elena cruzando la plaza, y en esa incomodidad pequeña que todavía no se había ido del todo de su pecho.