CAPÍTULO 3 Antonia
El teléfono sonó a media mañana, mientras Clara intentaba descifrar el contenido de una caja de facturas atrasadas que su abuela, aparentemente, nunca había tenido intención de organizar.
—¿Ya comiste? —fue lo primero que dijo Antonia, sin preámbulos, apenas Clara contestó.
—Buenos días, mamá.
—Buenos días. ¿Ya comiste?
Clara sonrió a pesar de sí misma. Así era su madre: directa, funcional, siempre un paso adelante en la lista de cosas prácticas que había que resolver antes de llegar a cualquier otra cosa.
—Todavía no. Estoy con lo de la librería.
—Deberías comer algo antes de seguir. No has de haber dormido bien tampoco, con todo esto.
—Estoy bien.
Hubo una pausa breve, del tipo que Clara conocía bien: la de su madre decidiendo si insistir o dejarlo pasar. Casi siempre lo dejaba pasar.
—Tu padre me dijo que fue a verte ayer.
—Sí.
—Qué bueno. —Otra pausa—. Yo hubiera ido, pero tenía la junta de la escuela, ya sabes cómo se pone todo a fin de semestre. Y luego lo de las calificaciones, y las señoras del comité que no deja de mandarme mensajes sobre la kermés.
—No te preocupes, mamá. En serio.
—¿Necesitas algo? Puedo pasar en la tarde, si quieres. Aunque tengo que estar de vuelta antes de las cinco porque…
—Está bien, mamá. No hace falta que vengas si tienes cosas que hacer.
Lo dijo sin rencor. Era, simplemente, un hecho conocido, tan antiguo que ya ni siquiera dolía del todo: Antonia siempre tenía algo más.
No por falta de cariño, sino porque su cariño se repartía en tantas direcciones a la vez que rara vez alcanzaba para detenerse del todo en una sola cosa. En una sola persona.
—Bueno, pero cualquier cosa me avisas —dijo Antonia, ya con ese tono ligeramente apresurado que indicaba que su cabeza estaba, en realidad, en otra parte—. Ay, espérame, me está hablando la directora por la otra línea. Te llamo al rato, ¿sí? Cuídate, hija.
Colgó antes de que Clara pudiera responder.
Clara se quedó mirando el teléfono un momento, sin ninguna sorpresa particular, solo esa familiaridad extraña de quien reconoce un patrón tan viejo que ya no le queda claro si todavía le pesa o si simplemente ya aprendió a cargarlo sin notarlo.
Se sirvió otro café y se quedó de pie junto a la ventana de la cocina, mirando el patio trasero de la casa de su abuela, donde todavía colgaba, torcida, una hamaca que llevaba ahí más tiempo del que Clara podía calcular.
Pensó en su infancia con una claridad que la sorprendió.
No recordaba a su madre ausente exactamente, Antonia siempre había estado, en algún sentido, presente: en las juntas escolares de Clara, en los cumpleaños, en las enfermedades.
Pero era una presencia repartida, fragmentada entre alumnos ajenos, comités, obligaciones que parecían multiplicarse solas.
Clara no recordaba, en cambio, ninguna tarde entera dedicada solo a ella.
Ninguna conversación sin que su madre mirara el reloj a los pocos minutos.
Su abuela, en cambio, nunca miraba el reloj.
Pensó, sin poder evitarlo, en la visita de su padre el día anterior. En cómo se había quedado ahí, torpe, ofreciéndose a ayudar con algo que ni siquiera sabía cómo ayudar. En cómo la había mirado.
Su madre, en cambio, la quería exactamente igual, de eso Clara nunca había dudado, pero de una forma que siempre parecía estar de paso hacia otra cosa.
Pasó el resto de la mañana clasificando libros.
Había cajas enteras que su abuela había ido acumulando con los años: ediciones viejas, algunas con dedicatorias escritas a mano en la primera página, regalos de clientes que con el tiempo se habían vuelto amigos.
Clara se descubrió deteniéndose más de lo necesario en cada una, leyendo esas dedicatorias como quien busca pistas de una vida que no llegó a conocer del todo.
Había una letra que aparecía con frecuencia, firmando siempre igual —Con cariño, para la mejor lectora del pueblo— y que Clara supuso pertenecía a algún cliente antiguo, aunque no logró ponerle cara.
El polvo se le pegaba a las manos, al cabello, a la ropa. No le importó.
En una de las cajas, casi hasta el fondo, encontró un cuaderno de tapa azul que no reconoció.
No era el cuaderno que había venido en la caja con su nombre, este era distinto, más viejo, con las esquinas gastadas por el uso. Lo abrió con cuidado.
Eran anotaciones de su abuela. Fechas, nombres de clientes, pedidos de libros. Nada extraordinario, hasta que, entre dos páginas, encontró una hoja suelta, doblada en cuatro, con una letra que no era la de su abuela.
La desdobló.
Era una lista. Una lista de libros, escrita con una letra redonda, juvenil, que a Clara le resultó dolorosamente familiar incluso antes de terminar de procesar por qué.
Libros para pedirle a la abuela de Clara:
1. Uno donde el final sea feliz de verdad.
2. Uno de piratas (para molestar a Clara, que dice que son aburridos).
3. El que Clara está leyendo, cuando lo termine.
No había firma. No hacía falta.
Clara se quedó con la hoja entre las manos un largo rato, sintiendo algo que no sabía nombrar del todo, no era tristeza exactamente, ni tampoco alegría.
Era más bien la sensación extraña de encontrarse, sin buscarlo, con una versión de sí misma y de Elena que llevaba años sin dejarse recordar con tanta claridad.
Dobló la hoja de nuevo, con cuidado, y la guardó dentro del cuaderno azul.
No la tiró.
Tampoco supo, todavía, qué hacer con ella.
Por la tarde, mientras cerraba las cajas ya clasificadas, escuchó de nuevo el sonido de un auto deteniéndose afuera. Por un instante, absurdamente, el corazón le dio un vuelco antes de que la razón alcanzara a la esperanza.
No era Elena.
Era Antonia, que finalmente había encontrado un hueco entre la junta escolar y la kermés, y que entró a la librería con esa energía suya de siempre en movimiento, cargando una bolsa de plástico con comida que, según anunció, "seguro Clara no había preparado como se debe".
—No tenías que molestarte —dijo Clara, aunque en el fondo agradeció el gesto.
—No es molestia. Ya sabes cómo soy.
Se quedó apenas media hora. Habló del pueblo, de gente que Clara apenas recordaba, de la escuela, de mil cosas que llenaban el silencio sin llegar nunca a tocar lo que realmente importaba. En algún momento, casi de pasada, mencionó:
—Ah, y me dijeron que vieron a Elena Duarte entrar aquí ayer. ¿La viste?
Lo dijo sin ninguna intención particular, como quien menciona el clima.
—Sí —respondió Clara, con cuidado—. La vi.
—Qué bueno. Siempre fueron muy unidas de niñas, ¿verdad? —Antonia ya estaba doblando la bolsa vacía, con la cabeza medio en otra parte—. Bueno, hija, me tengo que ir, se me hace tarde. Cualquier cosa me avisas.
Se fue con la misma velocidad con la que había llegado, dejando un beso rápido en la mejilla de Clara y la sensación, otra vez, de una visita que había estado ahí y, al mismo tiempo, no del todo.
Clara cerró la puerta detrás de ella y se quedó un momento con la mano todavía sobre la cerradura.
Su madre seguía sin notar nada distinto en ella.
Nunca lo había hecho, en realidad, ni de niña, ni ahora, de vuelta después de diecisiete años, con una hoja doblada guardada en un cuaderno azul que ni siquiera ella misma sabía bien por qué no podía tirar.Y, curiosamente, Clara no supo si eso la aliviaba o la hacía sentir todavía más sola.
Ya entrada la noche, después de cerrar la librería y calentar algo de la comida que su madre había dejado, Clara se sorprendió a sí misma subiendo la escalera de metal que llevaba a la azotea.
No lo había planeado. Sus pies simplemente la llevaron ahí, como si el cuerpo recordara el camino mejor que la cabeza.
El aire de la noche era frío, ese frío limpio y ligero de la montaña que se sentía distinto a cualquier otro lugar donde hubiera vivido. Se sentó en el mismo borde de siempre, con las rodillas contra el pecho, y levantó la vista.
Las estrellas ahí se veían distinto a como se veían en Ciudad de México, donde la luz de la ciudad se las tragaba casi por completo. Ahí, en cambio, el cielo se abría entero, como si nunca hubiera dejado de esperarla.
No había vuelto a subir a una azotea a mirar estrellas en diecisiete años.
No conscientemente, al menos.
Se quedó ahí mucho más tiempo del que había planeado, con la hoja doblada todavía en el bolsillo de su suéter, sin atreverse a sacarla, pero sabiendo exactamente dónde estaba.
Cuando finalmente bajó, ya pasada la medianoche, guardó la hoja en el cajón de la mesa de noche, junto a la carta de su abuela, y apagó la luz.
Pero tardó un largo rato en dormirse.