CAPÍTULO 2 Unos días más
Clara no durmió bien esa primera noche.
Se había quedado en la que fuera la habitación de huéspedes de la casa de su abuela, con una cama de madera y una colcha que reconoció de inmediato, aunque los colores se hubieran desteñido con los años, porque no se sintió capaz de dormir en la habitación principal. Todavía no.
A las seis de la mañana ya estaba despierta, mirando el techo, con la carta doblada sobre la mesa de noche como si fuera algo que pudiera desaparecer si dejaba de vigilarla.
No dejes que el miedo decida por ti otra vez.
Se levantó antes de que el pensamiento terminara de formarse del todo.
Preparó café en la cocina de su abuela, entre tazas que reconocía y otras que no, y se sentó a la mesa con la libreta abierta frente a ella. Lo primero que hizo, con la disciplina de quien necesita anclarse en algo concreto, fue revisar su teléfono.
Catorce mensajes de Andrés.
¿Llegaste bien? Emmanuel preguntó por ti esta mañana. No hay prisa, pero cuando puedas llámame. En serio, no hay prisa. Pero llama.
Clara sonrió a pesar de sí misma. Marcó.
—Pensé que te habías perdido en el bosque —dijo Andrés apenas contestó, con ese tono suyo que lograba sonar preocupado y sarcástico al mismo tiempo—. ¿Cómo estás?
—Cansada. Es más de lo que pensaba.
—¿La librería?
—Todo.
Hubo un silencio breve al otro lado, de esos que Andrés sabía dejar cuando presentía que no debía preguntar más.
—Emmanuel quiere saber si vas a poder estar de vuelta para la reunión del comité, la del día quince —dijo finalmente—. No es una presión, Clara, lo aclaró él mismo. Solo quiere organizarse.
Clara cerró los ojos un momento.
El día quince. Diez días.
—Dile que ahí estaré.
—¿Segura?
—Segura.
No sonó tan segura como hubiera querido, y por la pausa que siguió, supo que Andrés también lo había notado. Pero él no insistió.
—Cuídate allá, ¿sí? Y si necesitas algo, aunque sea que te mande un documento o le diga a Emmanuel que necesitas un día más, me avisas.
—Gracias, Andrés.
Colgó y se quedó mirando la pantalla apagada del teléfono un rato, antes de volver a la libreta.
Inventario. Documentos. Avalúo.
La lista, escrita la noche anterior, ya no le parecía tan simple como entonces.
Pasó la mañana en la librería, entre cajas que no había abierto y estantes que no había terminado de revisar.
Encontró facturas viejas, cuadernos de contabilidad escritos a mano con una letra que reconocería en cualquier parte, y, en el fondo de un cajón, una fotografía que la detuvo por completo: ella misma, no debía tener más de diez años, sentada en el suelo de la librería con un libro demasiado grande para su edad, y su abuela detrás, con una mano apoyada en su hombro.
Guardó la fotografía en el bolsillo trasero de sus jeans, como si fuera algo que necesitara tener cerca, y siguió revisando.
Fue pasado el mediodía cuando escuchó que alguien tocaba la puerta lateral, la que su abuela siempre había usado para las visitas que no eran exactamente clientes.
Al abrir, se encontró con su padre.
José se quedó parado en el umbral, con las manos metidas en los bolsillos de un pantalón que probablemente llevaba puesto desde temprano, y una expresión que Clara no supo identificar del todo.
—Tu madre me dijo que habías llegado ayer —dijo, como si necesitara una excusa para estar ahí—. Pensé en pasar a ver cómo estabas.
—Estoy bien, papá.
José asintió, sin parecer del todo convencido. Miró hacia el interior, hacia las cajas a medio abrir.
—¿Necesitas ayuda con algo?
La pregunta la tomó desprevenida. No recordaba la última vez que su padre le había ofrecido ayuda con algo que no fuera un trámite o un pago. Esto era distinto. Era él, de pie, ofreciéndose a quedarse.
—No hace falta —dijo Clara, casi por reflejo. Y al ver algo en el rostro de su padre que se replegaba levemente, añadió— Pero puedes pasar. Hay café.
Entraron. Se sentaron en el pequeño escritorio de la oficina, entre cajas sin terminar de abrir.
José preguntó por la librería, por cuánto tiempo llevaba cerrada, por si Clara ya sabía qué haría con los libros.
Ella respondió con frases cortas, prácticas, y su padre pareció conformarse con eso, como si supiera, sin que nadie se lo dijera, que había preguntas que todavía no le correspondía hacer.
En algún momento, la mirada de José se detuvo un instante de más en la caja con el nombre de Clara escrito sobre la tapa, ahora medio vacía sobre el escritorio. No preguntó qué había dentro. Clara tampoco ofreció explicación.
Cuando se fue, casi una hora después, Clara se quedó pensando que, por primera vez en mucho tiempo, su padre la había mirado de una forma distinta.
Como si por fin la estuviera viendo perdida.
Y como si, torpemente, estuviera intentando hacer algo al respecto.
Por la tarde, Clara decidió salir a caminar.
Se dijo a sí misma que era para estirar las piernas después de horas sentada entre cajas, pero en realidad necesitaba aire, y la librería, con la caja de su abuela todavía abierta sobre el escritorio empezaba a sentirse pequeña.
Caminó sin rumbo fijo, dejando que las piernas recordaran calles que la cabeza ya no ubicaba del todo.
El aire de la tarde tenía ese frío ligero de la montaña que empieza apenas el sol se inclina, y por primera vez desde que había llegado, Clara se permitió simplemente mirar el pueblo sin la urgencia de una lista de pendientes.
Llegó hasta la panadería sin haberlo decidido conscientemente.
El olor a pan recién horneado la golpeó apenas empujó la puerta, y por un segundo tuvo la sensación extraña de que el tiempo, ahí dentro, no había pasado en absoluto.
Los mismos estantes de madera. La misma campana desgastada sobre el mostrador, distinta a la de la librería pero con un sonido parecido.
—¿Clarita?
La voz venía de una mujer mayor detrás del mostrador, que la miraba con una mezcla de sorpresa y ternura que solo la gente de los pueblos pequeños sabe fabricar sin esfuerzo.
—No puede ser —siguió la mujer, sacudiendo la cabeza—. Mírate. Ya eres toda una mujer.
Clara no la reconoció de inmediato, pero algo en su voz, en la forma en que decía "Clarita", le trajo un fragmento borroso de memoria: tardes de niña esperando a que le regalaran un pan dulce mientras su abuela hacía fila.
—Siento mucho lo de tu abuela —dijo la mujer, con una sinceridad que no necesitaba adornos—. Era buena gente. De las que ya no quedan muchas.
—Gracias —dijo Clara, sintiendo el nudo de siempre apretarse un poco en la garganta.
Compró más pan del que necesitaba, sin saber muy bien por qué, y salió de nuevo a la calle, donde la luz ya empezaba a teñirse de ese naranja tenue que anuncia el final de la tarde en la montaña.
Caminó de regreso más despacio de lo necesario.
En algún momento, sin buscarlo, sus ojos se desviaron hacia una calle lateral que conocía bien, la que llevaba, un poco más adelante, hasta una casa con un letrero pintado a mano que decía Flores Duarte.
No se acercó. Se quedó solo un instante, mirando en esa dirección, antes de obligarse a seguir caminando hacia la librería.
Esa noche, sentada de nuevo en la oficina, con la caja de su abuela todavía abierta sobre el escritorio, Clara sacó su libreta y tachó la última línea de su lista original.
Una semana.
Escribió, debajo, con letra más pequeña:
Diez días. Hasta el quince.
No se permitió pensar demasiado en por qué diez días le parecían, de pronto, insuficientes.