TODO LO QUE DEJAMOS SIN DECIR CAPÍTULO 1 El regreso
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TODO LO QUE DEJAMOS SIN DECIR

TODO LO QUE DEJAMOS SIN DECIR

Por LEIVA Z

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CAPÍTULO 1 El regreso

Clara Valdés había olvidado que San Aurelio olía a lluvia incluso cuando no había llovido.

Lo recordó en cuanto bajó del automóvil, con el motor todavía tibio detrás de ella y la carretera de montaña perdiéndose en el retrovisor.

Era un olor tenue, mezclado con tierra húmeda, pino y ese perfume indefinible que tienen los pueblos donde el aire parece más limpio simplemente porque hay menos ruido compitiendo con él.

Permaneció unos segundos inmóvil junto al coche, con las llaves todavía entre los dedos.

Frente a ella, la calle principal parecía casi igual a como la recordaba, aunque quizá eso era solo una ilusión de la memoria.

Había negocios nuevos. Algunas fachadas habían sido repintadas.

El viejo cine había desaparecido para dar paso a un edificio de dos plantas con enormes ventanales de cristal.

Sin embargo, la panadería seguía en la misma esquina, y el árbol de la plaza parecía incluso más grande que antes como si el pueblo entero hubiera seguido creciendo mientras ella se convencía de que todo se había quedado detenido.

Respiró profundamente.

Diecisiete años.

Había pasado diecisiete años desde la última vez que había estado allí.

Miró hacia el otro lado de la calle.

La librería seguía en pie.

Librería Valdés.

El letrero conservaba las mismas letras oscuras de su infancia. Solo la pintura de la fachada se veía más gastada, más vivida. Clara sintió una presión incómoda en el pecho y apartó la mirada un instante.

Había imaginado muchas veces aquel regreso. Nunca lo había imaginado así.

No había pensado que volvería porque su abuela habría muerto.

Durante años había encontrado mil razones para no hacerlo. El trabajo. La distancia. Las responsabilidades. Su abuela nunca había dejado de insistir con delicadeza, y Clara siempre había respondido con la misma promesa.

Pronto.

Nunca había llegado ese momento.

Ahora ya no tenía a quién prometérselo.

Sacó del bolsillo las llaves que el abogado le había entregado esa mañana. Eran tres. Una para la puerta principal, otra para la oficina, y una tercera, antigua, pequeña, de un color distinto, que no recordaba haber visto nunca.

—Después averiguaré para qué sirves —murmuró.

Cruzó la calle.

La cerradura cedió después de un pequeño esfuerzo. Cuando empujó la puerta, la campanilla sonó exactamente igual que cuando era niña, y por un instante absurdo tuvo la sensación de que su abuela aparecería desde el fondo preguntándole por qué había tardado tanto en llegar.

No ocurrió.

Solo quedaba el silencio, y el olor a papel viejo, madera y polvo que la envolvió apenas entró.

Cajas apiladas junto a los estantes. Libros sobre el mostrador.

La pequeña planta que su abuela siempre había tenido junto a la ventana, todavía viva, contra todo pronóstico.

La vieja lámpara verde, en su lugar de siempre.

Se acercó al mostrador y pasó los dedos por la madera.

—Hola, abuela.

La voz le salió más baja de lo que esperaba.

No lloró. Había llorado mucho durante las semanas después de la muerte, y estaba convencida de que ya no le quedaban lágrimas disponibles. Pero aquel lugar tenía la capacidad de remover cosas que llevaba años manteniendo cuidadosamente guardadas.

Caminó hacia la oficina.

Sobre el escritorio, una caja de cartón con su nombre escrito a mano.

CLARA.

La letra era inconfundible.

Extendió la mano hacia la tapa y se detuvo antes de tocarla. Todavía no. No estaba lista.

En cambio, sacó la libreta de su bolso y empezó una lista.

Inventario. Documentos. Avalúo. Reparaciones. Posibles compradores. Notaría. Impuestos.

Cuatro días. Quizá cinco. Una semana como máximo.

Eso era todo lo que necesitaba. La librería se vendería y ella volvería a Ciudad de México, donde la esperaba una editorial en plena reestructuración, un puesto directivo que llevaba meses trabajando para merecer, y una vida que había construido con cuidado, ladrillo por ladrillo, lejos de allí.

Quedarse no tenía ninguna lógica.

Y quedarse, además, significaría volver a recordar.

Clara había aprendido hacía mucho tiempo que algunas cosas era mejor dejarlas exactamente donde habían ocurrido.

Estaba terminando de escribir cuando escuchó un motor detenerse frente a la librería.

Levantó la cabeza. A través del cristal vio un auto estacionarse unos metros más adelante. No lo reconoció. Tampoco a la mujer que bajó de él.

Volvió a sus papeles.

Escuchó una puerta cerrarse. Después, pasos.

La campanilla sonó.

—¿Puedo ayudarte?

La mujer se detuvo cerca de la entrada, con una bolsa de tela en una mano, moviéndose más por curiosidad que por necesidad. Miró primero los estantes. Después a Clara.

—Yo…

La palabra se quedó suspendida en el aire.

Clara levantó la mirada.

Y el tiempo pareció detenerse.

Primero reconoció los ojos. Después la forma de la boca. Luego esa ligera inclinación de cabeza que recordaba con una nitidez que la sorprendió, a pesar de los años.

Elena.

El corazón le golpeó con fuerza contra las costillas.

Elena Duarte. La misma con la que había compartido los años más importantes, los únicos años, en realidad, en los que había sabido exactamente quién era sin tener que fingirlo. La persona de la que no había sabido absolutamente nada en diecisiete años, por decisión propia.

Elena tampoco parecía capaz de moverse. Sus ojos se abrieron apenas.

—Clara…

Escuchar su nombre en esa voz produjo un efecto extraño, como si el pasado acabara de abrir una puerta que Clara había mantenido cerrada con demasiado esfuerzo.

—Elena.

Ninguna sonrió.

No había motivo.

Tampoco había motivo para llorar. Simplemente estaban ahí, frente a frente, tratando de entender cómo era posible que después de tanto tiempo hubieran vuelto a encontrarse de una forma tan absurdamente sencilla.

Elena apartó la mirada primero.

—No sabía que habías vuelto.

—Yo tampoco sabía que tú seguías aquí.

La respuesta salió antes de que Clara pudiera pensarla.

Elena volvió a mirarla. Un silencio cargado de preguntas que ninguna se atrevía a hacer. Elena quería saber dónde había vivido, qué había hecho todos esos años, si alguna vez había pensado en San Aurelio como ella lo había hecho. Si había sido feliz.

No preguntó nada de eso.

Miró alrededor, en cambio.

—Vi el auto y me dio curiosidad. No lo reconocí. Pensé que quizá ya habían vendido la librería.

Clara bajó la vista a los documentos.

—Todavía no.

—¿Todavía?

—Voy a venderla.

La frase quedó entre las dos, más pesada de lo que Clara había pretendido.

Elena no respondió de inmediato. Clara notó un cambio pequeño en su expresión, aunque no supo leerlo del todo.

—Entiendo —dijo finalmente Elena.

—No puedo quedármela.

—No dije que pudieras.

Clara levantó los ojos. Elena pareció arrepentirse de la respuesta apenas la dijo.

—Lo siento —añadió.

—No tienes que disculparte.

Otra vez silencio. La campanilla se movió apenas con la corriente de aire de la calle.

Elena miró hacia atrás.

—Supongo que debería irme.

Clara sintió una necesidad extraña de decir algo, cualquier cosa, pero no encontró ninguna palabra que le pareciera adecuada. Asintió.

—Sí.

Elena caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo. No se giró de inmediato. Cuando lo hizo, sus ojos encontraron los de Clara una última vez.

—Me alegra saber que estás bien.

Un pequeño nudo se formó en la garganta de Clara.

—También a mí.

Elena asintió, abrió la puerta, y salió. La campanilla volvió a sonar.

Clara permaneció inmóvil hasta que la vio cruzar la calle, subir al auto, y alejarse despacio hasta perderse detrás de los árboles de la plaza. Solo entonces notó que había estado conteniendo la respiración.

Se sentó.

Miró de nuevo la caja con su nombre.

Durante diecisiete años había pensado que regresar a San Aurelio significaría enfrentarse a los recuerdos. No había considerado que los recuerdos pudieran tener un rostro tan exacto al que había dejado atrás.

Pasó una mano por su cabello y soltó el aire lentamente.

Después, tomó la caja.

Esta vez levantó la tapa.

Dentro había fotografías viejas, un pequeño cuaderno de tapa gastada, y un sobre blanco con su nombre escrito en la letra de su abuela.

Lo abrió con cuidado.

Mi querida Clara:

Si estás leyendo esto es porque ya no estoy, y porque decidiste volver, algo que, si soy honesta, no sabía si algún día ocurriría. No te lo reprocho. Cada quien carga sus propios silencios, y tú siempre fuiste de guardarlos bien.

Quiero que sepas que estoy orgullosa de la mujer en la que te convertiste.

De tus libros, de tu trabajo, de la vida que construiste tan lejos de aquí.

Pero también quiero decirte algo que llevo años pensando y nunca me atreví a poner en una carta común, por miedo a que la rompieras antes de terminarla.

Sé que hay cosas de las que nunca hablaste conmigo. No necesito que me las expliques ahora. Solo quiero pedirte una cosa, la única que te voy a pedir en esta carta: no dejes que el miedo decida por ti otra vez.

Con todo mi amor, siempre.

Clara se quedó inmóvil, con la hoja entre las manos.

Leyó la última línea una segunda vez. Después una tercera.

No dejes que el miedo decida por ti otra vez.

No había nombres. No había detalles. Pero de algún modo, sentada en aquella oficina que olía a papel viejo, con la campanilla todavía vibrando en su memoria y el rostro de Elena todavía fresco frente a sus ojos, Clara supo exactamente a qué se refería su abuela.

Dobló la carta con cuidado.

Una semana, se había dicho.

Cuatro días, quizá cinco.

Miró hacia la ventana, hacia la calle donde el auto de Elena ya no estaba.

Por primera vez desde que había cruzado la puerta, no estuvo del todo segura de que una semana fuera suficiente.