Todo lo que debes Capítulo 9 — Ítaca cómo podrían ser las cosas #5
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Capítulo 9 — Ítaca cómo podrían ser las cosas #5

El silencio de después no lo rompió nadie de la familia, porque estaba previsto — sin estarlo — que lo rompieran los músicos.

El Rubio miró a Amadeu, Amadeu sacó de la maleta pequeña una guitarra hecha por él — “de ciprés y de abeto alemán, mitad y mitad, por razones que ya se imaginan” —, y el viejo y el luthier tocaron, entera, por primera vez en aquella casa y quizá en aquella isla, la canción de 1971: la de la felicidad y la pluma, la del transistor del barracón, la que decía que la tristeza no tiene fin y la felicidad sí.

La tocaron dos veces. La primera como se toca un responso.

La segunda — el Rubio marcó el cambio con el pie, mandando como había mandado siempre en la música y en nada más — como se toca en una verbena.

Y en la segunda se bailó: Felipe y Marisa entre las sillas, Leo con Alba, Requena con la señora Remedios — que resultó bailar como se cuenta dinero: con exactitud alarmante —, la abuela con el audífono apagado a propósito “que la música buena se oye por el suelo”, y Tomás con Alma, torpe y exacto, con la mano de ella donde el capítulo séptimo dejó dicho que aquel hombre reclinaba la cabeza.

Basilisa no bailó: presidió el baile desde su silla con la copa en la mano, sentada junto a la silla vacía de don Braulio, y en un momento dado se la vio hacer un gesto mínimo con su copa hacia la copa servida de nadie, un brindis de un centímetro, de maestra a compañero de claustro, de los que no necesitan que el otro esté para que el otro reciba.

Y a los postres del baile, cuando ya se hablaba en ese desorden feliz de las sobremesas logradas, llamaron a la puerta.

Era tarde para mensajeros y pronto para milagros.

Leo abrió. En el umbral, con una caja de dulces de Mazarrón en las manos y ochenta y cuatro años de silencio en los hombros, estaba Consuelo, que miró la mesa llena, localizó la silla vacía como la localizan los que saben de sillas vacías, y dijo, alargando la caja: “El puchero se me ha quedado corto. Y a la madera” — a nadie le hizo falta preguntar qué madera — “he venido a explicárselo yo.”

(La carta 115, íntegra, y lo que se habló aquella noche hasta las tantas, en el capítulo de cierre. Lo esencial: cupieron catorce en una mesa de trece. Siempre cabe el que llega: esa era la doctrina de la casa, y aquella noche la casa se examinó de ella con matrícula.)

La madera

El domingo por la mañana, antes de los aviones de vuelta, fueron tres al patio donde llevaba sesenta años varada La Encarnación : Tomás, Amadeu y Consuelo, que había dicho la víspera que a la madera venía a explicárselo ella, y que era mujer de cumplir hasta las frases hechas.

La barca estaba como están las promesas aplazadas: entera por fuera, hueca por dentro, con el nombre todavía legible en la proa a fuerza de haber sido pintado por alguien que pintaba para durar.

Amadeu la rodeó dos veces sin tocarla, que es como los luthieres saludan a la madera, y luego puso las manos — las manos de su padre, todos lo pensaron y nadie lo dijo — en la regala, y golpeó con el nudillo aquí y allá, escuchando, con la cabeza inclinada del que ausculta.

“El pino del casco está perdido”, dictaminó por fin.

“La cuaderna, no. Y esta pieza” — señaló la proa, el nombre — “esta pieza está curada de sesenta años de viento seco. Esta madera ya no se tuerce nunca más. Con esto” — y aquí el hijo del tornero midió las palabras como se mide una tabla, dos veces — “se puede reparar media barca, o se puede hacer otra cosa entera. Las dos son buenas obras. Pero eso no lo decide el carpintero.”

Consuelo, que había escuchado el diagnóstico con los brazos cruzados de ochenta y cuatro inviernos, se acercó entonces a la proa, puso la mano encima del nombre de su madre, y le habló a la barca en voz perfectamente audible, porque los recados importantes no se susurran: “Encarnación: que dice este señor que ya no te tuerces. Pues ya somos dos.” Y luego, sin transición, a los otros: “Yo no decido nada. Yo ya he venido, que era lo mío.” Se quedaron los tres un rato mirando la barca, y la barca varada mirando el mar, que es su manera de estar en las conversaciones, y nadie propuso nada, y no hizo falta: hay patrimonios cuya mejor administración es dejarlos pendientes — la barca quedó como estaba, entera por fuera, curada por dentro, sin repartir —.

Que conste en el inventario: un casco perdido, una cuaderna noble, un nombre que no se tuerce. El resto, según el orden del tiempo.

De la carta ciento catorce

Voy a escribir por fin lo del muelle, que llevo ciento trece cartas rodeándolo.

Cuarenta y tres pasos había desde el banco donde te sentaste hasta la pasarela.

Los conté entonces y los he vuelto a contar todos estos años, de noche, cuando el barracón ronca en tres idiomas.

Te vi contarlos tú también, sin moverte, con la mano en el cierre del bolso — lo abrías y lo cerrabas, clac, clac, como un corazón con hebilla —, y yo desde la borda recé las dos oraciones a la vez, que no se puede y las recé: que vinieras, y que no vinieras, porque venirte conmigo entonces era cambiarte la vida por un barracón, y yo te quería con techo.

Ganó la segunda por un paso. Por uno. No subiste, y yo subí el cuerpo y dejé lo demás en tierra, bien atado, como se deja lo que se piensa recoger.

Si alguna vez alguien lee esto, que sepa una cosa: el amor no se mide por lo que hizo.

Se mide por lo que estuvo a punto. Esta es la última carta, Cecilia.

No porque se me acabe lo que decir: porque ya solo falta la tuya.

La carta ciento quince

Escrita en Arrecife, sin fecha en el sobre; por la letra y por

la libreta, del otoño anterior a su muerte. No enviada.

Amadeo:

Te escribo sabiendo que estás muerto, así que esta carta empieza con ventaja sobre todas las tuyas: no espera contestación.

Cuarenta y cuatro años llevas callado y yo cincuenta callándome, de modo que entre los dos hemos juntado casi un siglo de silencio, que administrado con cabeza da para dos o tres vidas de las que no vivimos.

He cumplido setenta y ocho. Se me ha muerto ya casi todo el mundo que sabía pronunciar tu nombre con la boca pequeña, que era como se pronunciaba tu nombre en mi casa.

Voy a escribirte de una vez lo que no te escribí entonces, y luego veré qué hago con el sobre, que a mi edad los sobres pesan más que las palabras.

No fui a Heidelberg. Esto ya lo sabes tú mejor que nadie, que te quedaste hasta las farolas — me lo contaste en la carta que numeré con el ciento catorce, la última tuya, la que más veces he leído y peor —.

Lo que no sabes es por qué, y como te conozco, sé que llevas cuarenta y cuatro años sin preguntármelo por no hacerme daño, así que te lo voy a decir yo, que ya no puedo hacérmelo: no fue mi madre, ni mi hermana, ni la vergüenza, que de todo eso tuve y con todo eso habría podido.

Fue el miedo a volver a ser pobre. La semana antes de San Juan doña Herminia me ofreció el contrato fijo de la mercería.

Fijo, Amadeo. Mujer sola con papel firmado, que tú no sabes lo que era eso entonces porque los hombres nunca supisteis lo que era eso.

Tú me ofrecías la vida y yo acababa de conseguir la seguridad, y elegí la seguridad.

Tenía el billete comprado — va dentro del sobre, para que veas que no te miento ni ahora: sin picar, como me quedé yo —.

Me dije que iría al año siguiente, que tú irías todos los años, lo habías escrito, y lo escribiste para liberarme y me sirvió de coartada, que es el uso que les damos a las liberaciones los cobardes.

Y al año siguiente ya no había puente. Me he pasado la vida diciéndome que fue prudencia.

Era miedo. La prudencia y el miedo se parecen tanto que hay que llegar a vieja para distinguirlos, y a esta edad ya solo sirve para escribirlo.

Pero que nadie te cuente mi vida como una pena, y menos yo.

Me gustaba abrir la mercería por la mañana, cuando la calle olía a pan y la persiana hacía su estruendo de teatro; me gustaba adivinarles el botón exacto a las clientas antes de que terminaran de explicarse, y bailar sola en la trastienda con la radio baja — que bailé más que muchas casadas —.

Reí lo mío, que pregunten en el dominó de los jueves.

Guardé tus cartas, pero no me guardé la vida: la gasté entera, solo que en moneda pequeña, que es la que suena.

Si algo aprendí despachando botones es que no hay días grandes: hay días bien cosidos.

Tuve muchos. Que te conste en el Haber, que ya va siendo hora.

De tu muerte me enteré por la señora Hoffmann, que me mandó la esquela del periódico sin una letra suya, que fue su manera de decirme todo lo que pensaba de mí, y tenía razón la alemana.

Ese día no lloré. Fui a trabajar, atendí la mercería, cuadré la caja — me salió al céntimo, me acuerdo, qué asco de céntimo — y lloré en agosto, sola, en la orilla, un día entero, con una toalla y una sombrilla como una veraneante cualquiera, que nadie sospecha de una mujer con sombrilla.

Al mar no le dije nada de tu parte porque ya no tenías parte.

Desde entonces el mar y yo nos tratamos de usted.