Todo lo que debes Capítulo 9 — Ítaca cómo podrían ser las cosas #4
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Capítulo 9 — Ítaca cómo podrían ser las cosas #4

Noviembre se organizó solo, como se organizan las cosas que llevan cincuenta años esperando fecha.

Amadeu confirmó desde Madrid con una línea (“Llego el viernes. Llevo la maleta pequeña y la grande. La grande no es ropa”).

Basilisa contestó a la invitación con una carta de cuatro palabras y una posdata (“Iré. Cierro con llave. P. D.: La estufa aguanta sola una semana; el pastor, veremos”).

El Rubio de Águilas — que Tomás había localizado por la vía parroquial y que al teléfono, con noventa años y voz de transistor bien conservado, había escuchado la historia entera para decir después, tras un silencio de tres provincias: “Sesenta años guardando yo canciones de ese hombre. Ya era hora de que alguien pusiera fecha” — llegaría el sábado con su sobrina-nieta y una guitarra “de las de trabajar”.

Y el miércoles, sin remite pero con matasellos de Arrecife, llegó un sobre acolchado: dentro, una memoria USB y una nota impresa, sin firma, que no la necesitaba: “Revisando mis archivos encontré más material de las charlas de aquel año. Hay ocho fotos y un vídeo donde se ve bien a su tía. Es lo único que tengo que valga algo devolver. Y. M.” En el vídeo, treinta segundos, Cecilia — viva, en la segunda fila de siempre — le decía algo a la señora Remedios y las dos se reían tapándose la boca, como niñas en misa.

Tomás lo vio catorce veces, por simetría con otros catorce, y esta vez apuntó en el cuaderno una sola línea: “Devolver también rehabilita al que devuelve. Anotado, señor Miral.”

Y el jueves, poniendo el mantel bueno para medir la mesa — habían de caber trece —, Alma lo encontró.

Estaba donde había estado siempre, donde nadie busca porque está a la vista: entre el mantel bueno y el de diario, planchado con ellos, un sobre sin sello, sin dirección, amarillo de años, con una sola palabra en el anverso, en la letra picuda de Cecilia: Amadeo .

Alma lo sostuvo un momento — pesaba lo que pesan los folios cuando son más de tres — y llamó a Tomás con la voz que no usaba nunca.

Era la carta ciento quince. La que no salió.

La que llevaba medio siglo esperando, entre los manteles, a que una casa pusiera la mesa para trece.

Y Tomás entendió, antes de la primera línea, qué era aquello que no cabía en carta: cabía de sobra en una — llevaba medio siglo cabiendo —; lo que no cabía era el gesto de entregarla, que necesitaba una mesa puesta, trece sillas y una voz prestada.

No la abrieron. Eso hay que decirlo de los Abril, y que conste en el acta de la familia: tuvieron el sobre en las manos, solos, dos días enteros, y no lo abrieron.

“No es nuestra”, dijo Alma, y la puso en el aparador, de pie, apoyada en el frasco de botones azules, presidiendo los preparativos como preside un pariente llegado con antelación.

Hay una forma de heredar que consiste en no abrir.

La habían aprendido en el oficio más largo de sus vidas, que era esta historia.

XIII. El banquete

Fue en sábado, a mediodía, con la luz de noviembre que en la isla es una luz de privilegio, trabajando gratis como el primer día.

Vino todo el mundo. Vino Felipe con tres bandejas y sin powerpoint, y Marisa con los pendientes largos y la libretita de flores jubilada; vino Leo con Alba — presencial, estrenando la soberanía pactada —; vino la abuela con el audífono nuevo, que ahora oía demasiado y había que administrarle las conversaciones; vinieron Requena, que cerró el bar (“un bar que no sabe cerrar un sábado no es un bar: es un cajero”), y la señora Remedios con dos tortillas “por si los brasileños no comían de lo nuestro” — el Rubio, al verlas, estableció jurisprudencia antes de quitarse la boina: “¿Con cebolla? — Una con y una sin. — Pues yo de la segunda ni hablo. He venido de muy lejos para discutir tonterías” —; vino Basilisa, que bajó del taxi como quien baja del coche de línea de 1962, miró el volcán, miró el mar, y dictaminó: “Aquí se puede pensar. Con este viento, poco; pero bien.” En el taxi había venido mirando las fachadas blancas y verdes, las paredes bajas, la isla entera puesta en orden, y preguntó de quién era aquel cuidado; le contaron lo del artista que convenció a la isla de no venderse, y Basilisa dictaminó, cerrando el asunto y sin saber que citaba una carta de 1973: “Pues eso es ser rico: tener algo que no se mueve por nada. ¿O era al revés? Da igual: la isla me ha entendido.” Vino el Rubio de Águilas, pequeño y nítido como una figura de belén bien pintada, con su guitarra de trabajar y una corbata — azul — que nadie le preguntó de cuándo era porque todos lo sabían.

Y vino Amadeu Marín Oliveira, que resultó ser un hombre grande y despacioso con las manos más cuidadas que Tomás había visto nunca — manos de lijar madera de otros —, y que en la puerta, antes de entrar, hizo una cosa que nadie olvidó: se detuvo, miró la casa, y dijo “con permiso” — a la casa, no a los dueños —.

La maleta grande no era ropa. Amadeu la abrió a los postres, cuando el ruido bueno de la mesa amainó solo, como amaina el viento para las cosas importantes.

Dentro venía una lata de membrillo de las antiguas, llena de púas de olivo — “cuarenta y una; la última la tallé yo el año que murió mi madre, por seguir la cuenta; después ya tallé guitarras” —; venía la corbata azul de 1974, planchada por alguien que planchaba con respeto; y venía un paquete de cartas atado con cuerda de guitarra — la letra picuda en los sobres, los sellos de España, los matasellos de Arrecife —.

“Las de ustedes las tenía mi padre”, dijo Amadeu, poniendo el paquete en el centro de la mesa, junto a la silla vacía con la copa servida que presidía la cabecera sin que nadie hubiera tenido que explicar a los invitados de quién era.

“Ciento nueve. Mi madre las guardó toda su vida, y me dijo una vez por qué, y lo digo con sus palabras, que en portugués suenan menos solemnes: ‘porque a esa mujer tu padre le debía la mitad de lo que fue, y las deudas de los muertos las guardan las vivas’. Así que la correspondencia está completa por primera vez en cincuenta años. Faltaría una, según mis cuentas.” Y miró el aparador, donde el sobre amarillo llevaba toda la comida esperando su turno con la paciencia de la familia.

Llevaba número, de puño de Cecilia: ciento quince — porque las series no las cierra quien las empieza, sino quien las contesta —.

La leyó Tomás, de pie, porque alguien tenía que prestarle la voz y él era el heredero de las dos cajas.

La carta ciento quince decía — se transcribe entera unas páginas más adelante, porque hay documentos que merecen página propia y esta la tendrá; aquí baste lo que la mesa oyó primero, que fue la verdad incómoda —: que Cecilia no fue a Heidelberg.

Que tuvo el billete comprado — se conservaba en el sobre, y Tomás lo levantó: un billete de tren de junio de 1974, cartoncillo duro, sin picar —.

Que la semana antes de San Juan le ofrecieron el contrato fijo de la mercería — “mujer sola con papel firmado, Amadeo, que tú no sabes lo que era eso entonces porque los hombres nunca supisteis lo que era eso” — y que eligió el sueldo.

“No fue mi madre, ni mi hermana, ni la vergüenza, que de todo eso tuve y con todo eso habría podido. Fue el miedo a volver a ser pobre. Tú me ofrecías la vida y yo acababa de conseguir la seguridad, y elegí la seguridad, y me dije que iría al año siguiente, que tú irías todos los años, lo habías escrito. Y al año siguiente ya no había puente. Me he pasado la vida diciéndome que fue prudencia. Era miedo. La prudencia y el miedo se parecen tanto que hay que llegar a vieja para distinguirlos, y a esta edad ya solo sirve para escribirlo.” La mesa aguantó aquello como se aguantan las verdades de los muertos: sin moverse, para que no se derramen.

Y luego venía el resto — cómo supo de su muerte por una esquela que le mandó sin nota la señora Hoffmann; cómo siguió al hijo desde lejos toda la vida, “como se sigue una vela desde la orilla”; cómo cuando supo que el taller del hijo se hundía comprendió, con setenta y siete años y un carrito de la compra, que el universo le estaba poniendo delante, por fin, una ventanilla —: “No te devuelvo el dinero, Amadeo, que tú nunca me diste dinero. Te devuelvo la dirección. Todo lo que no me atreví a poner en tu mano lo pongo en la de tu hijo, que tiene tus manos, lo sé por las fotos del taller, que las miro con lupa como una vieja que soy. Con esto no quedo en paz. En paz no se queda una nunca de lo que de verdad importa, y quien te diga lo contrario no ha querido a nadie. Quedo saldada, que es distinto: saldada quiere decir que la cuenta dice la verdad. La nuestra ya la dice. Firmo donde siempre, tuya, — C.”