Todo lo que debes Capítulo 9 — Ítaca cómo podrían ser las cosas #3
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Capítulo 9 — Ítaca cómo podrían ser las cosas #3

Si Penélope es el emblema antiguo del retorno de lo diferente, el moderno tiene un rayo en la cara.

David Bowie hizo del cambio un oficio: inventó a Ziggy Stardust, conquistó el mundo con él y, cuando el personaje amenazaba con quedarse la casa — los personajes, como los golems y los patrimonios, tienden a quedarse con la casa —, lo mató en escena, una noche de 1973, en la cima exacta del éxito, para quedar libre [159] : romper la vara con foco y lentejuelas, una carrera entera de Penélope eléctrica.

En Heroes dejó cantada la teoría más honesta de la heroicidad — podemos ser héroes, aunque sea solo por un día: la heroicidad con plazo, renovable, la única que el orden del tiempo de Anaximandro nos deja firmar —.

Y al final compuso su muerte como había compuesto sus vidas: a tiempo, con belleza y de cara [160] .

Beethoven escribió sordo su acción de gracias; Lennon volvió a casa en una nave de algoritmos; Bowie pagó, según el orden del tiempo, con la elegancia del que da propina al ápeiron .

X. La palabra mantenida

Queda la pregunta de qué sostiene todo esto cuando no hay foco, ni disco, ni aplauso, y la respuesta tiene nombre de campesino.

Franz Jägerstätter, austriaco, padre de tres hijas, se negó a jurar lealtad a Hitler cuando lo movilizaron.

No era un líder ni esperaba cambiar nada; todos — el alcalde, los vecinos, su obispo, su propio abogado — le repitieron el mismo argumento sensato: jura con la boca y descree con el corazón; nadie lo sabrá; tu gesto no cambiará nada; piensa en tus hijas.

Y aquel hombre respondió, en esencia, que él sí lo sabría — y sostuvo su palabra hasta la guillotina, en agosto de 1943, dejando tres niñas y una mujer, Franziska, que no dejó de sostenerlo a él [161] —.

Malick le dedicó tres horas de trigales y silencio cuyo título viene de una frase de George Eliot sobre los que hacen el bien que no sale en los libros: el creciente bien del mundo depende en parte de actos sin historia, de los que vivieron fielmente una vida oculta y descansan en tumbas que nadie visita.

El filósofo Ricoeur dio el fundamento: hay dos maneras de seguir siendo uno mismo — la del carácter, que es inercia, y la de la palabra mantenida : el que promete dice “podré cambiar, cambiaré, todo en mí cambiará: pero en esto me encontrarás” [162] —.

Esa fidelidad que atraviesa el cambio es la única identidad que merece llamarse así.

Y su reverso necesario es el perdón: el que no borra la deuda — eso sería amnesia — sino que la desliga del porvenir, devolviéndole al deudor la capacidad de prometer otra vez: el jubileo aplicado a la palabra.

Sin promesa, ninguna sociedad; sin perdón, ninguna segunda oportunidad; y entre ambas, la fórmula con que Ricoeur cerró su ética, suscrita aquí sin enmienda: la vida buena, con y para los otros, en instituciones justas.

Un hombre que talló una púa de olivo cada San Juan durante treinta años sin esperanza de cobro habría entendido a Jägerstätter sin necesidad de subtítulos.

Se encontraron, es de suponer, en el mismo sitio: en esa contabilidad que no lleva nadie y que lo sostiene todo.

XI. La barca

Quedaba Mazarrón, y Mazarrón no quería venir.

Tomás llamó primero — el número se lo consiguió el primo puntual, que para algo tenían que servir sus agendas — y al tercer intento se puso Consuelo: la hermana.

Ochenta y cuatro años, la voz como esparto en buen uso, y una frase de apertura que resumía sesenta años de política exterior: “Si llamas por la herencia, lo de mi hermana no lo quiero. Y si llamas por otra cosa, tampoco.” Tomás, que ya era doctor en salones parroquiales, no discutió: pidió cinco minutos de visita, “para devolverle una cosa suya”, y colgó antes de que el no llegara a formarse del todo, que es una técnica que se aprende de los buenos comerciales y de los malos sobrinos.

Fueron en octubre, Alma y él, aprovechando el puente — la palabra puente, en esta familia, ya nunca sería inocente —.

Mazarrón olía a salitre viejo y a obra nueva, y la casa de Consuelo era de las de persiana medio echada a las cinco de la tarde.

Los recibió en el zaguán, de pie, sin ofrecer silla: la hospitalidad administrada como munición.

Tomás no llevó la libreta, ni los justificantes, ni el sobre de don Braulio — llevó una sola fotocopia: la primera carta de Amadeo, la de 1971, doblada por el párrafo de la hermana: que tu hermana quiere bien pero cuenta todo —.

Y se la leyó allí de pie, en el zaguán, la carta entera, con Consuelo agarrada al respaldo de una silla que no ofrecía.

Cuando llegó a “me fui para volver de otra manera” , la anciana dijo, sin que se le moviera la cara: “Ese decía muchas cosas.” Y Tomás, guardando el papel: “Las cumplió todas menos una, y esa no fue culpa suya.” Contó entonces lo justo — el puente, la muerte, el hijo, el dinero en dirección contraria — y Consuelo escuchó con esa inmovilidad de las mujeres de campo que es la forma más alta de la atención, y al final dijo la frase de los sesenta años, la del muelle, la que había estado esperando salir desde 1966: “Mi hermana se fue de aquí creyéndose mejor que nosotros.” Alma, que había jurado no intervenir, intervino con una sola pregunta, de profesora: “¿Y era verdad?” Y Consuelo, después de un silencio en el que cupo entera la posguerra: “Era mejor que yo. Eso era lo que no se le perdonaba.” Lo dijo como se confiesan los pecados capitales: en voz baja y con alivio.

En la autovía, a la altura del desvío, un furgón cambió de carril sin mirar.

Lo que ocurrió después duró dos segundos y Alma tardó semanas en poder contarlo: Tomás no frenó — administró —: un toque de volante, el hueco del arcén medido como si lo tuviera alquilado de antes, la mano derecha delante de ella sin llegar a tocarla, todo con la misma voz con que venía diciendo la frase, que además terminó.

Luego pidió paso, volvió al carril y siguió, con las pulsaciones — Alma se las tomó, con disimulo, en la primera gasolinera — en setenta y dos.

No presumió, no maldijo, no lo mencionó.

Ella sí lo mencionó, por la noche: — Lo de esta mañana.

¿Dónde se aprende eso? — Y Tomás, con la sorpresa honesta de los bolsillos desconocidos: — ¿El qué?

— Y era sincero, eso fue lo que a Alma le encogió el estómago y, para su propio escándalo, otra cosa que no era el estómago: que era sincero.

Había en su marido un inquilino que pagaba puntual, no hacía ruido y no se dejaba ver — y del que ni el propio Tomás era casero del todo.

No vino la reconciliación de las películas.

Consuelo no lloró, no abrazó, no sacó álbumes: dijo que tenía puchero en la lumbre, que era mentira estructural, y los acompañó a la puerta con la visita clínicamente muerta.

Pero en el umbral, con la mano ya en la puerta, preguntó — sin mirar, hacia la calle —: “La barca. ¿La conserváis?” La barca del reparto, la del nombre de mujer, la de la tarde del vestido azul: llevaba sesenta años pudriéndose en un patio de Lanzarote porque nadie de las dos orillas se había atrevido a repararla ni a quemarla.

“La conserva el tiempo”, dijo Tomás, “que es mal conservador.” Y Consuelo, cerrando ya: “Se llamaba La Encarnación . Como nuestra madre. A ver quién le explica eso a la madera.” No dijo que iría al banquete.

No dijo que no. En el idioma de Mazarrón, que Tomás ya empezaba a hablar, aquello era una carta echada al correo.

Aquella noche, antes de volver, Tomás hizo algo sin presupuesto ni precedente: llevó a Alma a cenar al comedor del hotel viejo del puerto — el de los manteles hasta el suelo, donde la gente como los suyos, en los tiempos de Cecilia, miraba desde la puerta —.

Pidió la mesa de la ventana. — ¿Celebran algo?

— preguntó el maître. — Un aniversario — dijo Tomás.

— ¿De boda? — De algo mejor: de habérnoslo contado todo.

— Alma llevaba el vestido serio del día y lo llevó como se lleva una bandera recuperada.

Cenaron despacio, riéndose de los tenedores de más, y cuando llegó la cuenta Tomás la leyó entera, línea a línea, como había leído todas las cuentas de su vida — solo que por primera vez la leyó como se lee un poema: sabiendo que iba a pagarla con gusto —.

No había música y bailaron un poco de todos modos, junto a la ventana, porque en esta familia ya se sabía que la música, cuando tiene que sonar, suena.

En la calle, del brazo, Alma preguntó, por decir algo: — ¿Y esto qué me va a costar?

— Y Tomás, cerrándole el abrigo contra el viento del puerto, contestó con las palabras de la casa: — Las visitas no se cobran.

XII. Vísperas