Todo lo que debes Capítulo 9 — Ítaca cómo podrían ser las cosas #2
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Capítulo 9 — Ítaca cómo podrían ser las cosas #2

Murió en mayo, dormido, un miércoles — “la víspera del dominó, por no dejar la partida a medias”, dijo Requena, y nadie supo si era chiste o elegía, que en El Faro Chico eran el mismo género —.

Al entierro fue el pueblo entero y fue, discretamente, al fondo, sin coche de empresa, Yago Miral, que ya no vivía en la isla; nadie lo echó y él no se acercó al café.

En la pizarra de los fiados, aquella semana, Requena escribió con su letra redonda, arriba del todo, donde no se borra: D.

Braulio — saldado de más . Y la partida del jueves se jugó con su silla puesta y su copa servida, que así se hizo desde entonces, y así habrá de hacerse en otra mesa antes de que este libro termine.

V. La grieta

La doble revelación — el sobre que decía a dónde y la carta de Brasil que prometía el porqué — tuvo en casa de los Abril un efecto que nadie había previsto y que el lector de este libro, más avisado que sus personajes, quizá sí: hizo hablar a Leo.

Fue una noche de viernes, con la cocina recogida y los padres todavía dando vueltas al sobre de don Braulio sobre el mantel.

Leo, que escuchaba desde la puerta con esa atención de los hijos que fingen mirar el móvil, entró, se sirvió un vaso de leche con una calma teatral, y dijo, sin mirar a nadie en particular, que era su manera de mirar a su madre: “O sea, que la tía Cecilia se pasó cincuenta años callándose una historia entera, y el tío Felipe se calló un año la ruina, y papá se calló lo de los tres mil euros y lo de la libreta, y tú” — y aquí sí la miró — “sabías lo de la libreta desde marzo y te callaste también, esperando a ver si papá hablaba. Que está muy bien lo del salón parroquial y lo de la vergüenza se cuenta y todo eso que decís ahora. Pero en esta familia el que quiere enterarse de algo tiene que esperar a que se muera alguien o a que venga un paquete de Brasil. Yo tengo dieciséis años y me entero de las cosas por el orden de los funerales.” Dejó el vaso en el fregadero — lo enjuagó, incluso, que fue lo que más dolió, la perfecta corrección del gesto — y se fue a su cuarto sin dar el portazo que habría hecho todo más fácil.

El silencio que dejó era de los que no arregla ningún aforismo, y Alma, que tenía respuesta para todo desde el capítulo primero, no la tuvo.

Miró a Tomás; Tomás, fiel por una vez a la mejor tradición de esta casa, no dijo te lo digo.

Y Alma hizo entonces lo más difícil que había hecho en tres volúmenes: subió al cuarto de su hijo, llamó con un nudillo, se sentó en la cama sin retirar la ropa amontonada — renuncia mayor —, y le dijo que tenía razón.

Sin adversativa. “Tienes razón. Me callé porque quería que tu padre llegara solo, y me dije que era respeto, y una parte era respeto y otra parte era que llevar la razón callada es muy cómodo: una va de sabia sin arriesgar nada. Tu abuela lo hacía. Yo juré que no lo haría y mira. En esta familia las mujeres llevamos las cuentas de todo menos de nuestros propios silencios.” Leo, que esperaba pelea y recibió contabilidad, se quedó descolocado el tiempo suficiente para que se le escapara la verdad de debajo de la rabia: “Es que os pasáis la vida protegiéndoos unos a otros de cosas que ya sabemos todos.” Y Alma: “Sí. Es el deporte regional. ¿Me enseñas a dejarlo?” — y le tendió la mano, no para un abrazo, que habría sido pedir demasiado a un viernes, sino como se cierra un trato —.

Leo se la estrechó con una seriedad de notario, dijo “vale, pero yo lo de Alba lo cuento cuando yo quiera”, estableciendo su soberanía en el mismo acto de la paz, como los buenos negociadores, y aquella casa incorporó esa noche, sin BOE y sin powerpoint, su enmienda constitucional: en adelante, las noticias irían por delante de los funerales.

El lector llevará la cuenta de si se cumple.

Las constituciones, ya se sabe, también son promesas.

VI. Penélope: tejer, destejer, y la cama que es un árbol

La Odisea cierra su viaje con tres signos, y los tres hablan de cómo se vuelve.

El primero es Penélope y su telar: acosada por los pretendientes, prometió elegir marido al terminar el sudario que tejía — y lo tejía de día y lo destejía de noche, durante años, manteniendo abierta, con esa repetición que se deshace a sí misma, la puerta del tiempo [152] —.

Penélope teje como hay que vivir: repitiendo con diferencia .

Freud, que llegó al telar por el lado clínico, distinguió las dos repeticiones que llevamos nueve capítulos persiguiendo: la compulsión — repetir sin saber que se repite: el endeudado que reincide idéntico, la familia que reproduce en cada generación la misma cocina angustiada; lo no elaborado no se recuerda: se actúa — y la elaboración — repetir sabiendo: volver sobre lo mismo despierto, como Penélope desteje, hasta que el mismo gesto suelta algo nuevo [153] —.

No se sale de la repetición suprimiéndola: se sale repitiéndola mejor.

El segundo signo es la cama. Penélope, prudente hasta con el marido recuperado, lo somete a la prueba final: ordena en voz alta que saquen el lecho de la alcoba.

Y el hombre salta — ¿quién ha movido mi cama?

— y revela el secreto que solo ellos dos conocen: aquella cama no se puede mover, porque él mismo la talló sobre un olivo vivo, enraizado, y construyó la alcoba alrededor — el lecho conyugal tiene raíces: es un árbol domesticado, mueble y bosque a la vez —.

Hay cosas en una vida que no se pueden mover sin matarlas, y saber cuáles son es todo el secreto: lo demás — la casa, el plan, la cartera — es mobiliario; el lecho-olivo, no.

Tomás Abril, que ya sabía de qué madera era la púa que presidía su cocina, recibió el detalle homérico como se recibe una carta certificada: el olivo, otra vez; hay árboles que llevan tres mil años sosteniendo las mismas dos o tres cosas.

Y el tercer signo es el propio viajero: vuelve irreconocible — mendigo y rey, el mismo y otro —, y esa es la condición del regreso verdadero: Ítaca no premia al que vuelve idéntico (ese no fue a ninguna parte), sino al transformado.

El poeta Cavafis lo dejó en el poema que todo viajero debería llevar en la cartera: Ítaca no tiene más que darte que el viaje mismo — y si la encuentras pobre, no te engañó: sabio como te has vuelto, ya sabes qué significan las Ítacas [154] .

VII. El salón embrujado

De que el orden en que vivimos — también el económico — es un hechizo que se puede romper, Buñuel filmó la parábola mayor [155] .

En El ángel exterminador , los invitados a una cena burguesa descubren que no pueden salir del salón: no hay puerta cerrada ni guardián — solo una imposibilidad que nadie decreta y todos obedecen, semanas de degradación elegante con ovejas por los pasillos —.

Es una institución filmada por dentro: un salón sostenido por la creencia coordinada de que no se puede salir.

Y salen — este es el plano que llevábamos nueve capítulos esperando — cuando una invitada advierte que todos ocupan las posiciones de la primera noche y propone repetirla despiertos, palabra por palabra: el hechizo cede, y la puerta llevaba abierta desde el principio.

La repetición sonámbula encierra; la elaborada libera — Penélope destejiendo, en versión Buñuel —.

Así habitamos el orden del dinero, y así se sale: repitiéndolo despierto una vez, para ver dónde estaba la puerta.

VIII. Cómo podrían ser las cosas (sin quemar a nadie)

Porque las cosas — y este es el evangelio laico del capítulo — podrían ser de otro modo.

No es una consigna: es un dato histórico aburrido de puro documentado, y Bretton Woods lo dejó dicho en la apertura: lo que una mesa hizo, otra mesa puede rehacerlo.

La Torá institucionalizó la contingencia con el jubileo — cada cincuenta años, deudas canceladas, tierras devueltas: el derecho a empezar de nuevo prescribiendo a favor del débil [156] —, y la sentencia que gobierna todo cambio digno cabía en una frase de sábado: el sábado se hizo para el hombre, no el hombre para el sábado.

Ahora bien: el cómo importa tanto como el qué, y aquí Girard pronuncia su última palabra.

Ante una crisis hay dos respuestas: la arcaica — encontrar a quién quemar — y la difícil — mirarse, auditarse, reformar —; y desde que cierto relato contó un linchamiento desde el lado de la víctima, podemos seguir fabricando chivos pero ya no podemos creer en ellos [157] .

Por eso el cambio verdadero empieza por la propia contabilidad, y el Evangelio le puso nombre al modelo: Zaqueo, el recaudador de Jericó que se sube a una higuera para ver y es visto, y cuya conversión no es un sentimiento sino una operación patrimonial anunciada con cifras — la mitad de mis bienes, a los pobres; a quien defraudé, el cuádruple [158] —.

El único cambio de corazón verificable es el que se nota en el balance.

Cecilia, que nunca subió a una higuera porque le daba apuro, había ejecutado la operación completa en catorce plazos y con carrito de la compra.

Cómo podrían ser las cosas empieza, siempre, en cómo reordeno las mías.

IX. El hombre que vendió el mundo y lo devolvió mejorado