Todo lo que debes Capítulo 9 — Ítaca cómo podrían ser las cosas
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Capítulo 9 — Ítaca cómo podrían ser las cosas

I. El cuaderno releído

Un año y pico después de aquella mañana en que el sistema de Fráncfort decidió fiarse de él, Tomás Abril hizo algo que no había hecho nunca: releyó su cuaderno rojo desde la primera página.

Era un domingo de lluvia, de esos que el calendario regala para los balances, y la relectura le produjo un efecto que tardó en nombrar: el hombre que había escrito los primeros asientos — el que copió el cuadro de amortización como quien copia una condena, el que no se atrevía a preguntar qué garantizaba el garantizado — le resultaba entrañable y ligeramente ajeno, como un primo del pueblo.

La letra era la suya; el pulso, ya no. Y en esa distancia exacta entre la letra y el pulso comprendió lo que este último capítulo viene a decir: que no había cambiado de vida — misma casa, misma nómina, misma hipoteca dormida en el cajón — y que sin embargo era otro; que había vuelto al punto de partida y el punto de partida ya no era el mismo, porque él no lo era.

Todo viaje verdadero termina así: en el mismo sitio, con distinto viajero.

Quedaba por entender la última lección, la más grande, y para ella hacía falta remontarse a la frase más antigua que conserva la filosofía.

Y contando — porque contar era ya su manera de rezar — descubrió la palabra que faltaba.

En un cuaderno entero sobre deudas, la palabra gracias aparecía dos veces, y las dos por educación.

Todo estaba anotado en la columna de lo debido; casi nada en la columna de lo recibido sin factura: la luz de noviembre, la respiración de Alma al otro lado del pasillo, los jueves de dominó, la vida misma, que nadie pide y a todos se nos da por adelantado.

Aquella tarde añadió al margen, a lápiz, una regla nueva: la gratitud es la única deuda que se paga aumentándola.

Y se quedó más ancho que con ningún asiento cuadrado.

II. La sentencia de Anaximandro: la deuda del ser

Porque resulta — y este libro lo ha guardado para el final como el maestresala de Caná guardó el buen vino — que la primera frase de la filosofía occidental, el fragmento más antiguo que nos ha llegado de un pensador con nombre, habla de esto: de deudas, de pagos y de plazos.

Anaximandro de Mileto, hace dos mil seiscientos años, dejó escrito — y un testigo tardío nos lo salvó [151] — algo que, vertido con cuidado, viene a decir: de donde las cosas sacan su nacimiento, hacia allí les llega también su perecer, según la necesidad; pues se pagan unas a otras la pena y la retribución de su injusticia, según el orden del tiempo .

Léase despacio, porque es el acta fundacional del pensamiento y parece redactada por un notario cósmico: las cosas — todas: los árboles, los imperios, las monedas, los cuñados, nosotros — se pagan mutuamente; existir es haber contraído algo, una especie de exceso (cada cosa, al ser, ocupa un sitio, toma un turno, gasta un fondo), y ese algo se devuelve — no por castigo, sino por justicia, y no cuando se quiera, sino según el orden del tiempo —.

La filosofía entera empezó con una metáfora contable: el ser como préstamo.

Venimos de un fondo sin límites — Anaximandro lo llamó ápeiron (ἄπειρον: lo ilimitado, lo indeterminado; la reserva inagotable de donde todo sale) — y a ese fondo regresa todo lo que fue, devolviendo el principal con los intereses de una vida.

Vivir es estar en números rojos con el universo; morir es la amortización final; y la sentencia añade el matiz que la salva de la tristeza: según el orden del tiempo — hay plazos: a nadie se le exige la devolución antes de hora, y mientras el plazo corre, el préstamo es nuestro, entero, para vivirlo —.

Nietzsche leyó en el fragmento un pesimismo; Heidegger pasó años escuchándole otra música; este libro, que ha llegado hasta aquí cargado de jubileos, hijos pródigos y velos de Ino, elige su propia lectura, y es de gratitud: si el ser es un préstamo del fondo ilimitado, entonces “todo lo que debes” — el título de esta historia — alcanza aquí su fondo verdadero: debemos, antes que ninguna hipoteca, la existencia misma; somos deudores de un capital que no pedimos y que no podremos devolver más que viviéndolo — y la única morosidad concebible es no vivirlo —.

Todo lo demás (el banco, el cuadro de amortización, Fráncfort) son deudas pequeñas dentro de la grande.

III. La respuesta

El paquete llegó un martes de marzo, con sellos brasileños y una caligrafía aplicada que Tomás no reconoció y reconoció a la vez, porque la letra de los hijos guarda siempre un acento de la letra de los padres.

Dentro había dos cosas. Una carta. Y un objeto envuelto en papel de seda que Tomás, al palparlo, no supo identificar, y que resultó ser — cuando lo abrió sobre la mesa de la cocina, con Alma al lado y las manos no del todo firmes — una púa de guitarra tallada en madera de olivo, con dos iniciales quemadas a fuego: A. M.

La carta estaba escrita en un español trabajoso y digno, con alguna palabra portuguesa dejada adrede, como se dejan los tachones que tiemblan donde deben.

Decía — se cita con permiso del que la escribió — : “Señor Abril: he leído sus doce folios muchas veces. Las primeras, con rabia, no le miento. Después con otra cosa que todavía no sé nombrar en ningún idioma de los dos que tengo. Mi madre murió hace seis años. Nunca me habló de una Cecilia; me habló de una tristeza que mi padre traía de España y que ella decía que no era culpa de nadie, ‘una tristeza de puente’, decía, y yo pensé toda la vida que era una manera de hablar. Ahora sé que era una manera de callar. Le agradezco que me tiemble la mano al escribirle, porque los papeles que usted me mandó me han dado, como dijo su mujer de usted — perdón, esto me lo he imaginado yo —, un padre entero: más pobre y más grande. Hay algo que usted no sabe y que le corresponde saber, y no cabe en carta. En octubre viajo a Madrid, a la feria de constructores de instrumentos. Si su invitación de conocerle sigue en pie, iré también a su isla. Llevo conmigo una cosa que era de mi padre y que, según entiendo ahora, nunca fue del todo suya. La púa se la mando de señal. La talló él. Mi madre me contó que tallaba una cada año, por San Juan, y las guardaba en una lata. Yo aprendí el oficio por esa lata. Atentamente, y ya veremos si algo más, Amadeu Marín Oliveira.”

Tomás leyó la carta dos veces en voz alta — la segunda porque Alma dijo “otra vez”, con la voz que usaba para los poemas buenos — y después los dos se quedaron mirando la púa de olivo, que estaba en el centro de la mesa como estuvo en su día la cifra de Felipe, solo que en la otra columna: hay objetos que son asientos, y aquella viruta de árbol tallada por un muerto cada San Juan durante no se sabía cuántos años era el apunte contable de una fidelidad que no había prescrito.

“Una cada año, por San Juan”, repitió Alma, y no hizo falta decir más: en algún lugar de São Paulo había una lata con la contabilidad completa de todos los puentes a los que aquel hombre siguió yendo sin moverse de su taller.

El lector notará que quedaba una frase de la carta sin explicar — hay algo que usted no sabe — y hará bien en notarlo: los luthieres saben de tensar cuerdas.

IV. El sobre de don Braulio

Don Braulio Encinas se estaba muriendo y lo llevaba como había llevado la oficina: con orden, sin aspavientos y ganando al dominó.

Se lo había dicho a los del jueves con una economía que Requena calificó después de “la mejor jugada que le vi nunca”: “Me jubilan del todo, señores. Fecha orientativa, primavera. Ficha.” Y como los hombres de su generación no sabían hablar de la muerte pero sabían perfectamente despedirse, los jueves de El Faro Chico se convirtieron aquella temporada en una liturgia que nadie nombraba: se jugaba mejor que nunca, se discutía más que nunca, y la señora Remedios le guardaba sin comentario la silla que no daba corriente de aire.

Una tarde de abril pidió a Tomás que lo acompañara a la oficina, fuera de horario, “a un asunto de archivo”.

Y allí, en la sucursal en penumbra donde había empezado todo — el mismo despacho, los mismos folletos de familias rubias, el café de fotocopiadora apagado para siempre para él —, don Braulio le entregó un sobre de papel manila con el membrete del banco tachado a bolígrafo, porque lo que había dentro no era del banco aunque hubiera salido de él.

“Llevo cuarenta años guardando secretos de dinero ajeno”, dijo, sentándose con cuidado de porcelana.

“Es el oficio: sabemos de las casas más que los confesores y callamos más que ellos. Pero hay un secreto que no quiero llevarme, porque no es mío ni del banco: es de una clienta que me enseñó más que la central en cuatro décadas. Tu tía me pidió ayuda hace tres años, Tomás. Vino con su carrito y su libreta y me dijo: ‘Don Braulio, necesito mandar dinero lejos, muchas veces, sin que se entere nadie, y necesito que sea legal hasta el último céntimo, que yo con Dios tengo cuentas pero con Hacienda no quiero ninguna’. Y yo la ayudé, operación a operación, catorce veces. En ese sobre están los justificantes: catorce transferencias internacionales — seis de seis mil, tres de cinco mil, dos de cuatro mil y tres de tres mil: échale la cuenta, que a ella le gustaba que las cuentas se echaran —, beneficiario A. Marín Oliveira, São Paulo, contra las deudas de un taller de instrumentos que un banco de allí iba a ejecutar. Sesenta y ocho mil euros en dos años. Me hizo jurar silencio ‘mientras a nadie le haga falta saberlo’. He estado atento, hijo, que estar atento también es del oficio: ya os hace falta.” Se levantó, dio dos golpecitos al sobre como se dan en un hombro, y añadió la única frase solemne que se le conoció, dicha mirando los folletos de la pared: “Cuarenta años colocando productos, y la única operación de la que estoy orgulloso no me dio comisión. Apunta eso en tu cuaderno colorado, que yo ya no tengo dónde.”