Todo lo que debes Capítulo 9 — Ítaca cómo podrían ser las cosas #6
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Capítulo 9 — Ítaca cómo podrían ser las cosas #6

De tu mujer supe poco y todo bueno, y te lo agradezco como se agradecen las cosas que duelen: me alegró que no estuvieras solo y no te perdoné que no estuvieras solo, las dos cosas a la vez y durante años, que el corazón no es de fiar y lleva doble contabilidad aunque una no quiera.

Del niño supe por la misión: Amadeu, me dijeron, a la portuguesa.

Le he seguido la vida desde lejos, como se sigue una vela desde la orilla: sin que la vela lo sepa y sin poder hacer nada si viene mal viento.

Cuando internet, más. No te rías de mí: aprendí a manejarlo en el centro de mayores para poder mirar las fotos del taller de tu hijo, y la profesora, que era una cría, decía que qué aplicada era yo, que qué interés.

Interés, dice. Si ella supiera qué interés, y a cuánto estaba el mío, y desde cuándo venía devengándose.

Voy a escribirte también lo que nunca te escribí, que a los setenta y ocho ya no hay decoro que valga lo que cuesta.

Aquel julio, en la escollera, cuando me quedé escurriéndome el pelo y tú no mirabas lo que miraban todos — me mirabas las manos, Amadeo, las manos —, yo ya te había visto mirarme mucho antes de volverme.

Me volví porque quise. Que lo sepas ahora: lo que tú llamabas mi serenidad era una decisión tomada la noche anterior delante del espejo de mi hermana.

Nadie me ha vuelto a mirar las manos. Se puede vivir sin muchas cosas, te lo digo yo, que he vivido sin casi todas; se vive peor sin ser mirada así.

Cuarenta años despachando botones a gente que me miraba el mostrador.

Hace dos años la vela empezó a venir mal dada.

No te cuento el detalle, que son cosas de bancos y a ti los bancos, ya lo decías, el respeto de los perros grandes atados; te digo lo que entendí yo con setenta y siete años y un carrito de la compra: que el universo me estaba poniendo delante, por fin, una ventanilla.

Toda la vida esperando saber cómo se paga una cosa así, a quién, en qué moneda — y resulta que la ventanilla era un niño de la edad de mis miedos, con tus manos, a punto de perder un taller con tu oficio dentro —.

He ido al banco catorce veces, Amadeo. Catorce.

Don Braulio, que es de los tuyos aunque lleve corbata, me lo ha arreglado todo legal, que yo con Dios tengo cuentas pero con Hacienda no quiero ninguna.

No te devuelvo el dinero, que tú nunca me diste dinero.

Te devuelvo la dirección. Todo lo que no me atreví a poner en tu mano lo pongo en la de tu hijo, que tiene tus manos, lo sé por las fotos, que las miro con lupa como la vieja que soy.

Y una cosa más, que a ti puedo decírtela: la libreta no se me olvidó en el cajón de la cocina.

Una mujer que clasifica botones por tamaños no olvida una libreta; la deja.

La dejé donde Tomás guarda lo que no quiere mirar — que ese sobrino mío esconde igual que yo y pregunta mejor que yo — y le dejé los reintegros a la vista como se deja un rastro de miguitas: para que preguntara a qué, o a quién, y preguntando lo nuestro aprendiera a contarse lo suyo.

Si estás oyendo esto en su voz — y lo estás, que para eso até la caja con la goma floja —, es que el plan ha salido.

Los exámenes buenos no avisan de que lo son.

Hoy he vuelto de la última ventanilla y he escrito una palabra a lápiz en la libreta, y luego he estado mucho rato pensando si la palabra era verdad, y por eso te escribo, para comprobarla: con esto no quedo en paz.

En paz no se queda una nunca de lo que de verdad importa, y quien te diga lo contrario no ha querido a nadie.

Quedo saldada, que es distinto: saldada quiere decir que la cuenta dice la verdad.

La nuestra ya la dice: tú lo diste todo y yo lo di tarde, y entre las dos cosas cabe una vida, la mía, que no ha sido mala, Amadeo, no te vayas a creer — ha sido una vida de segunda fila, que desde la segunda fila se ve muy bien y no te saca nadie a bailar —.

Solo bailé una vez, en una barca, contigo, y he vivido setenta y ocho años de aquel baile, que me digan los del banco qué producto te renta eso.

Esta carta no la voy a mandar porque no hay adónde, y no la voy a romper porque romperla sería mentir dos veces.

La voy a planchar con los manteles buenos, que es donde en esta casa se guardan las cosas que son verdad, y el que ponga la mesa grande algún día, que la encuentre.

Si eres tú el que hace que la encuentren, hazlo con cuidado, que los de aquí se asustan.

Dile al mar de mi parte — no. Ya no le digo recados al mar. Ahora los recados los llevo yo, que para eso me estoy muriendo despacio, como es debido, según el orden del tiempo.

Tuya, con billete sin picar y cuenta en verdad,

C.

P. D. — En el cajón de las tijeras no hay tijeras.

Nunca las hubo, Amadeo. Ahí guardaba yo lo que cortaba de verdad.

Y la moneda del agujero, que sé que te tiene intrigado desde la primera noche: venía en tu última carta, Amadeo, «para el sello de la respuesta», decías, tan seguro estabas de que la habría.

Cincuenta años la tuve sin gastar, que era mi manera de estar contestándote.

Ya ves que el franqueo lo ha pagado otro.

Tomás: dásela al que te traiga esta carta en la maleta — las monedas que viajan para pagar una respuesta no se quedan en el camino: cambian de mano, como las deudas buenas.

Epílogo — Heidelberg, San Juan

El sábado de San Juan siguiente, a las doce del mediodía, en mitad del puente viejo de Heidelberg, había cuatro personas y una guitarra.

Amadeu llevaba la corbata azul de su padre — se la había puesto en el hotel con ayuda de Tomás, porque los luthieres saben de nudos de cuerda y nada de nudos de seda —.

Alma llevaba un vestido azul comprado para la ocasión sin que nadie se lo pidiera, “en representación”, dijo, y no especificó de quién, y no hizo falta.

El Rubio, que había insistido en venir — “a mí ese hombre me citó en este puente hace cincuenta años; llego tarde, pero llego” —, tocó bajito, apoyado en el pretil, la canción de la pluma, para el río.

No hubo discursos. Tomás sacó la fotografía de la playa — la de la caja de zapatos, el hombre de las patillas riéndose en el muelle de Mazarrón — y la sostuvo un rato sobre el pretil, cara al agua, para que el Neckar la viera bien; luego la guardó, porque las fotos de los muertos se enseñan, no se tiran.

Dieron las doce en alguna torre. Nadie se fue.

Comieron allí cerca, despacio, y volvieron al puente a media tarde sin ponerse de acuerdo, y a las ocho — todas a la vez, no como en el pueblo, que van viniendo — se encendieron las farolas.

Y se quedaron. Ese era todo el rito y toda la enmienda: cincuenta años después, en el puente de la cita, cuando se encendieron las farolas, esta vez había gente — y se quedó —.

El río, abajo, seguía llevándose lo suyo y trayendo lo suyo, con ese ir y venir que es la única contabilidad que no necesita cierre de ejercicio.

En un descanso de la guitarra, Tomás le leyó al Rubio la posdata de la segunda carta — aquella de 1971 donde Amadeo dejó apuntado: el Rubio dice que a lo mejor el oro tampoco es oro; la apunto aquí para que no se pierda —.

El viejo escuchó su propia frase volver desde medio siglo de distancia, movió la cabeza despacio y dictaminó, con la modestia de los que aciertan a largo plazo: “¿Ve usted? Cincuenta años ha tardado en cotizar. Las cosas buenas son así: hay que mantener la posición.” “¿Sabes lo que me dijo una vez el Rubio?”, añadió Amadeu, que había heredado también los archivos orales.

“Que mi padre decía que el dinero se inventó porque la gente no se fiaba, y las canciones porque sí.” Se apoyaron en el pretil los cuatro, de espaldas al río, de cara a la ciudad encendida, y el Rubio, noventa años, corbata de entierro jubilada para siempre, tocó una más.

Nadie tuvo que enseñarle a nadie a bailar.

EL CUADERNO ROJO (ix y último)

Asiento de cierre — letra de Tomás Abril

Que la primera palabra de la filosofía dice que existir es deber, y la última cuota se paga según el orden del tiempo, ni un día antes. Mientras corre el plazo, el préstamo es mío y entero: vivirlo es la única forma de ir devolviéndolo.

Que se sale del salón embrujado repitiendo despierto lo que se repetía dormido. Que hay una cama que es un árbol y no se mueve. Que Ítaca premia al que vuelve distinto.

Que mi tía eligió el sueldo y le costó la vida no vivida, y lo escribió sin perdonarse ni condenarse, que es como se escribe la verdad. Que el miedo y la prudencia se parecen: llegar a viejo distinguiéndolos. Empezar hoy.

Que las deudas de los muertos las guardan las vivas, y que la correspondencia está completa: ciento catorce cartas de ida, ciento nueve de vuelta, una que no salió y salió la última, cincuenta años tarde y a tiempo.

Que “saldado” no quiere decir en paz. Quiere decir que la cuenta dice la verdad. La nuestra ya la dice.

Que cupieron catorce en una mesa de trece.

Y que al final — lo cantaron cuatro de Liverpool y lo firmo con la letra que me queda — el amor que te llevas viene a ser igual al amor que hiciste. Esa es la cuenta. Lo demás son notas al pie.

Asiento cuadrado. Se cierra el libro. Se deja la luz del pasillo encendida, por si alguien llega tarde.