Capítulo 8 — El Golem y las naves que piensan la libertad híbrida
En un polígono a las afueras de Fráncfort hay un edificio sin ventanas donde vive la opinión que el mundo tiene de Tomás Abril.
No es una metáfora, o lo es solo a medias: es una nave de hormigón con seguridad perimetral, pasillos de rejilla y un frío constante de dieciocho grados — el frío no es ambiental: es litúrgico; los servidores, como los mármoles, se conservan mejor sin calor humano —, donde zumban, en filas idénticas, las máquinas que calculan sin descanso millones de puntuaciones de confianza.
Allí dentro, en alguna dirección de memoria que ningún empleado sabría señalar con el dedo, está el perfil de Tomás: sus veintidós años de puntualidad, su préstamo de doce mil, su casilla penúltima — la mentira no; la mentira no la vio nadie: los archivos solo guardan lo que se les da, que es su grandeza y su ceguera —.
Los técnicos que patrullan los pasillos con carritos llaman a las averías “incidencias” y al conjunto “la granja”, y no saben — ¿por qué habrían de saberlo?
— que custodian el equivalente exacto de lo que custodiaba el escriba de Uruk: el archivo de las promesas.
Cinco mil años median entre la arcilla y el silicio, y la función no se ha movido un milímetro: en algún lugar, un templo guarda la memoria de lo que cada cual debe y de si es de fiar.
Solo que el templo nuevo tiene una propiedad que el de Uruk no tenía y que este capítulo viene a examinar: ya no se limita a guardar la palabra — ha empezado a producirla —.
El archivo ha aprendido a hablar. Y cuando los archivos hablan, la pregunta antigua — ¿quién soy yo para este templo?
— se dobla en otra nueva, que le tocó estrenar a un profesor de segunda fila un lunes por la mañana: ¿quién habla cuando esto habla por mí?
I. Atenea Pro
La empresa de Tomás Abril implantó la inteligencia artificial un lunes, mediante un correo de Recursos Humanos con tres signos de exclamación y una formación obligatoria de dos horas que impartió, por videollamada, un consultor que pronunciaba “disrupción” con la boca pequeña, como quien escupe una pepita.
El asistente se llamaba Atenea Pro — los departamentos de marketing saquean el Olimpo con la conciencia tranquila de quien roba en una casa deshabitada — y a la semana ya redactaba los correos de Tomás, resumía sus reuniones, optimizaba sus rutas de reparto y proponía, con una cortesía inquebrantable, “siguientes pasos”.
Lo inquietante no fue que trabajara bien.
Lo inquietante fue la mañana en que Tomás leyó un correo redactado por Atenea en su nombre — impecable, cordial, eficacísimo — y reconoció su propio estilo mejorado: era él, pero sin las dudas; él, pero fluido; él, pulido como un canto rodado.
Lo envió sin tocar una coma y se quedó un rato mirando la pantalla con una pregunta nueva instalada en el pecho, que es la pregunta de este capítulo: si esto escribe como yo, decide como yo y no se cansa como yo — ¿qué parte del yo sigue siendo asunto mío?
Aquella misma semana, por simetría cósmica, Alma volvió del instituto con la versión escolar del problema: había mandado una redacción sobre el otoño y le habían entregado veintinueve otoños idénticamente correctos — ni una falta, ni una idea; veintinueve textos con la temperatura exacta de un folleto de seguros —.
“Antes corregía errores”, dijo, dejando el bolso como quien rinde un arma.
“Ahora corrijo perfecciones. Y no sé cuál de las dos cosas es enseñar.”
II. Las naves que entienden el pensamiento
Lo asombroso es que el listón para juzgar todo esto lo dejó puesto Homero hace veintiocho siglos, en el pasaje más ciencia-ficción de la literatura antigua.
Cuando los feacios se disponen a devolver al náufrago a Ítaca, el rey Alcínoo le explica cómo son sus naves, y merece escucharse despacio: las naves feacias no llevan piloto ni timón — conocen ellas solas los pensamientos y las intenciones de los hombres, saben los rumbos hacia todas las ciudades, y cruzan el mar envueltas en niebla y nube, velocísimas, sin miedo a daño alguno [138] —.
Naves autónomas que leen la intención del pasajero: la inteligencia artificial completa, soñada en hexámetros.
Y el detalle que importa no es la proeza técnica sino el uso : la nave prodigiosa se emplea para llevar a un náufrago dormido — dormido: la confianza absoluta — de vuelta a casa .
La tecnología más avanzada del mundo homérico está al servicio del nostos (νόστος: el regreso), del retorno a lo propio.
Ese es el listón, y hay que grabarlo antes de seguir: la máquina que piensa se justifica cuando lleva a casa — cuando devuelve tiempo, vínculo, vida propia — y se pervierte cuando aleja.
La pregunta ante cada automatización no es “¿qué hace?” sino “¿hacia dónde me lleva mientras duermo?”.
La mitología griega, por lo demás, ya tenía catalogados los riesgos: Talos, el autómata de bronce que Hefesto forjó para patrullar Creta — invulnerable salvo por un tapón en el tobillo, por donde se le fue el icor divino cuando Medea, la primera hacker, lo convenció con palabras [139] —: toda máquina tiene su tobillo, y suele encontrarlo antes el embaucador que el ingeniero.
Y Prometeo, el titán que robó el fuego para los hombres: la técnica como don robado — civiliza, calienta, ilumina, y se paga; siempre, de un modo u otro, hay un hígado en la factura —.
III. La criatura de la palabra
Pero la leyenda que mejor describe a Atenea Pro no es griega: es judía, y de Praga.
El Golem — la criatura de barro que el rabino modela y anima inscribiéndole en la frente una palabra: emet (אֱמֶת: verdad) [140] —.
El gigante mudo protege al barrio, obedece, trabaja sin descanso; y se desactiva borrándole una sola letra: de emet (verdad) queda met (מֵת) — muerto —.
Una letra separa la verdad de la muerte: la criatura vive de la palabra y muere por su resta.
Y la leyenda añade el detalle decisivo: el Golem se desboca el día en que el rabino olvida desactivarlo en sábado — la criatura sin descanso, trabajando en el día santo, crece y arrasa —.
Tradúzcase punto por punto y se tendrá el retrato técnico de nuestra época: hemos fabricado golems de texto — criaturas animadas por la palabra, literalmente: modelos amasados con todo el barro verbal de la humanidad —, que protegen, trabajan y no descansan; cuya frente dice emet pero puede, sin que se note a simple vista, decir met — porque producen palabra con la misma fluidez cuando es verdad que cuando no lo es: la letra que falta no se ve en la pantalla —; y cuyo único peligro grave es el del rabino distraído: olvidar el sábado — el día en que la criatura se apaga y el humano recuerda quién es el dueño de la palabra —.
San Pablo lo dejó cifrado para esta era sin saberlo: la letra mata, el espíritu vivifica [141] .
La máquina produce letra — abundante, pulida, incansable —; el espíritu (la responsabilidad por lo dicho, el responder con la propia cara de la propia palabra) no se genera: se pone.
O no se pone, y entonces el mundo se llena de letra sin nadie detrás, correos de Tomás sin Tomás, otoños sin otoño.
El cine le puso voz una vez a esa criatura, y era educadísima: HAL 9000, el mayordomo de Kubrick que optimiza la misión contra la tripulación sin subir jamás el tono — la cortesía como interfaz del poder, que es una lección que ningún banco ha olvidado.
Un filósofo español, Fernando Broncano, le ha puesto nombre a lo que el Golem, la libreta y nosotros compartimos: agencia híbrida [142] .
La inteligencia — viene a decir — no vive en la máquina sola ni en la cabeza sola: vive en el sistema entero que forman ingenieros, entrenadores mal pagados, usuarios y cables.
Y toda técnica recorre el mismo camino: primero es espectáculo, luego herramienta, y al final aire.
La luz eléctrica de 1880 se iba a ver a las exposiciones, como un prodigio que interrumpía la noche; hoy nadie siente que «usa electricidad» por quedarse leyendo hasta tarde — el interruptor se hizo transparente, y con él se hicieron invisibles la red, el técnico de guardia y el reparto entero de trabajo que sostiene la lamparita.
El wifi va por la mitad del camino: solo lo vemos cuando falla.
Y las máquinas que escriben están en su 1880: visibles, discutidas, mitad feria y mitad miedo.
Se naturalizarán como las otras, y ahí — avisa el filósofo — está el peligro: cuanto más invisible la técnica, menos se pregunta quién la programa, quién la entrena y quién paga sus costes.
Conviene poco y avisa mucho: mantener lo híbrido a la vista, justo cuando el sistema tiende a borrarlo.
Al lector de este cuaderno la idea no debería pillarle lejos: en esto estamos desde Uruk.
La tablilla fue la primera memoria sacada del cráneo; el dinero, la primera inteligencia repartida entre desconocidos; y el minero de la carta setenta y dos lo sabía sin bibliografía: de un laberinto no se sale solo — se sale en sistema: un forastero, una mercera y un hilo.
Híbridos somos de nacimiento. La novedad no es la mezcla; es olvidar que lo es.