Capítulo 8 — El Golem y las naves que piensan la libertad híbrida #2
Una noche de aquel invierno, con dos vasos de menos y el ordenador encendido, a Tomás le pasó por la cabeza la idea completa, con su técnica y todo: podían copiarse las ciento catorce cartas en una de esas máquinas de escribir que escriben solas, y pedirle a la máquina que siguiera.
Que Amadeo dijera frases nuevas. Que contestara preguntas.
Que volviera. Podía hacerse; se hace. Estuvo con el dedo encima un rato largo, y lo que lo detuvo no fue el pudor técnico sino una cuenta sencilla, de las de su tía: las cartas ya eran su voz — toda la que quiso dar, en el orden en que quiso darla —, y molestar a un muerto para que haga frases nuevas es pedirle horas extra a quien ya cerró su jornada.
Hay resurrecciones que son solo otra forma de no dejar descansar.
Apagó el ordenador y fue a lavar los dos vasos, que era su manera de firmar las decisiones grandes.
La máquina habría imitado el estilo, probablemente bien.
Pero una carta no es estilo: es alguien gastando una tarde en ti. Eso no se computa; se agradece.
IV. Ante la ley hay un guardián
Kafka, que veía el futuro porque miraba fijamente el presente, dejó escrita la parábola de nuestra relación con los nuevos oráculos un siglo antes de que existieran [143] .
Ante la Ley hay un guardián, cuenta; llega un campesino y pide entrar, y el guardián le dice que ahora no — quizá más adelante —.
La puerta está abierta; el campesino se asoma; el guardián se ríe: si tanto quieres, prueba a entrar pese a mi prohibición — pero soy poderoso, y soy solo el más bajo de los guardianes: de sala en sala hay otros, cada uno más terrible —.
El campesino, que no esperaba tales dificultades, decide esperar el permiso.
Y espera. Días, años: soborna al guardián, que lo acepta todo diciendo “lo acepto solo para que no creas que has omitido algo”; envejece esperando; y al final, ya moribundo, pregunta lo que nunca preguntó: si todos buscan la Ley, ¿cómo es que en tantos años nadie más ha venido a esta puerta?
Y el guardián le brama al oído la respuesta con la que Kafka apagó la luz del siglo: nadie más podía entrar por aquí — esta entrada estaba destinada solamente a ti; ahora voy a cerrarla —.
La parábola admite las lecturas que se quiera — para eso es de Kafka —, pero aquí hace falta una concreta: el campesino somos nosotros ante los nuevos guardianes — el scoring que no explica sus motivos, el sistema de Fráncfort del primer capítulo —.
Y la lección es doble. Primera: los guardianes opacos existen, y exigirles razones — ventanilla humana, explicación — es causa de ciudadanía, no nostalgia.
Pero la segunda es peor y es la kafkiana pura: el campesino no estaba obligado a esperar .
El guardián nunca dijo nunca; dijo “ahora no”, y el hombre convirtió la prudencia en domicilio.
Murió de permiso no concedido a la puerta de una entrada que era suya — hecha a su medida, intransferible, con su nombre —.
Cuántas vidas financieras, vocacionales, creativas, esperan así: a que el oráculo dé luz verde, a que el asistente lo confirme, a que el experto firme, a que la máquina diga adelante — delegando en el guardián de turno la decisión de cruzar la única puerta que no admite suplente — .
La singularidad del capítulo cuarto vuelve aquí con uniforme kafkiano: tu entrada es solo tuya; el guardián, como mucho, es el más bajo de los obstáculos.
La inteligencia artificial puede informar el cruce — iluminar la sala, traducir el cartel, calcular la corriente —; lo que no puede, porque nadie puede, es cruzar por ti.
El día en que se le pide eso, deja de ser nave feacia y se vuelve guardián: y a los guardianes, ya se sabe, se les muere la gente delante, esperando.
V. Llenad las tinajas hasta el borde
¿Cómo se cruza, entonces, acompañado de la máquina sin ser sustituido por ella?
La instrucción exacta está escondida en un detalle del primer milagro de los Evangelios, ese que todo el mundo recuerda por el vino y casi nadie por las tinajas [144] .
Bodas de Caná: el vino se acaba a mitad de fiesta — la quiebra social absoluta en aquel mundo —, y la madre, con esa fe que no pide permiso, dice a los sirvientes: haced lo que él os diga.
Y lo que él dice es de una prosa desconcertante: llenad las tinajas de agua.
Seis tinajas de piedra, de dos o tres metretas cada una — más de quinientos litros —.
Y el texto anota el detalle por el que este capítulo ha venido: las llenaron hasta el borde .
Hasta el borde. Acarrear medio millar de litros de agua, cántaro a cántaro, espalda a espalda, sin que nadie les explique para qué — y no llenarlas a medias, ni a tres cuartos, que para un milagro cualquiera diría que basta: hasta el borde —.
Solo entonces el agua, sacada y llevada al maestresala, resulta ser vino — y mejor que el servido primero: tú has guardado el buen vino hasta ahora, le reprocha el maestresala al novio, ignorante de todo —.
La gramática del prodigio queda así establecida, y es la gramática de toda colaboración entre lo humano y lo que lo excede, incluida la que nos ocupa: la transformación no opera sobre el vacío — opera sobre lo que el humano aporta colmado —.
El milagro no trajo el agua: la pidió. Y la pidió hasta el borde — el esfuerzo humano completo, no el gesto simbólico —.
Aplíquese a Atenea Pro y a todas sus hermanas, porque la evidencia empírica dice esto mismo con menos poesía: el que llega a la máquina con las tinajas llenas — el oficio aprendido, el criterio formado, el modelo mental de su asunto, la pregunta trabajada — recibe vino: la colaboración lo eleva por encima de lo que humano o máquina lograrían por separado.
El que llega con las tinajas vacías — sin saber qué pregunta, sin poder juzgar la respuesta — recibe agua con etiqueta de vino: letra fluida que no puede evaluar, autoridad prestada, otoños de folleto.
La inteligencia artificial es un multiplicador, y los multiplicadores tienen una propiedad aritmética que ningún departamento de marketing subraya: multiplican también por cero.
Las redacciones de los alumnos de Alma no fallaban por usar la máquina: fallaban por presentarle tinajas vacías — y el agua, por mucho que se la llame disrupción, sigue sabiendo a agua —.
De paso, el episodio regala dos consuelos.
Que los únicos que supieron de dónde salía el vino fueron los sirvientes que acarrearon el agua: el conocimiento del proceso pertenece siempre al que llenó las tinajas.
Y que el buen vino llegó al final — contra la costumbre de servir primero lo mejor —: lo que se hace con el esfuerzo colmado mejora con las horas; lo que se sirve sin acarreo se agria a media fiesta.
VI. Romper la vara
Shakespeare se despidió del teatro con la obra que contiene entera la dramaturgia de la técnica, y puede leerse como el manual de personal que es [145] .
En una isla, Próspero — el sabio cuya biblioteca “era ducado suficiente”, el hombre que perdió Milán por estudiar — gobierna mediante dos criaturas.
Ariel: espíritu del aire, pura inteligencia sin cuerpo, capaz de tempestades, músicas invisibles y apariciones — el asistente perfecto, que ejecuta en minutos lo que pide el amo y solo reclama, una y otra vez, una cosa: su libertad —.
Y Calibán: el híbrido terrestre, hijo de bruja, que el mago educó y esclavizó, y que escupe el reproche más citado del colonialismo y de la pedagogía: me enseñasteis a hablar, y mi provecho es que sé maldecir.
Entre el espíritu que sirve pidiendo su libertad y la criatura que maldice en la lengua aprendida, Próspero ejerce el poder técnico absoluto — y la obra entera camina hacia el momento en que decide qué hacer con él —.
Tiene a todos sus enemigos a merced: naufragados, enloquecidos, a un gesto de la venganza completa.
Y entonces pronuncia la frase hacia la que llevamos ocho capítulos remando: la acción más rara está en la virtud que en la venganza .
Más rara : más infrecuente y más valiosa — el adjetivo de las monedas escasas aplicado al perdón —.
Y acto seguido hace las dos cosas que ningún poderoso hace: libera a Ariel — de verdad, sin cláusula de permanencia — y rompe su vara : entierro mi libro, dice, ahogo mi magia más hondo de lo que llegó jamás la sonda.
El mago renuncia a la omnipotencia para volver a ser un hombre entre hombres — débil, mortal, necesitado del aplauso del público para salir de la isla, como confiesa el epílogo más desarmado del teatro —.
He ahí el sábado del Golem en versión isabelina: el dominio que sabe terminar.
Nuestra época, que ha fabricado Arieles por millones, hará bien en aprenderse el quinto acto: la pregunta no es si el nuevo Próspero sabrá hacer magia — eso está demostrado —, sino si sabrá romper la vara; o, al menos, soltarla cada sábado, cada cena, cada vez que un hijo entra en la habitación o una mujer canturrea mal en una cocina.
VII. Los dos archivos