Todo lo que debes Capítulo 7 — Quirón soportar, sostenerse, aportar #4
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Capítulo 7 — Quirón soportar, sostenerse, aportar #4

Los Beatles, como de costumbre, lo habían dejado resuelto en tres minutos y en su sitio exacto.

En el gran popurrí final de Abbey Road — el último disco que grabaron juntos, en plena desintegración, con la empresa en ruinas y los abogados al teléfono —, McCartney colocó un coro que es a la vez sentencia y abrazo: Carry That Weight — muchacho, vas a cargar ese peso mucho tiempo [137] —.

Cantado a cuatro voces por cuatro hombres que se estaban separando, sobre las cenizas de su propia comunidad económica, el verso podría ser lúgubre — y suena, escúchese bien, casi triunfal: un himno de estadio sobre la condición portante del ser humano —.

Y la genialidad es quirúrgica: el tema engarza por delante con la amargura contable de You Never Give Me Your Money — el peso viene de ahí, del dinero vuelto papel gracioso — y desemboca, sin costura, en The End , con su ecuación final del amor que ya conoce este libro.

El peso, el dinero y la despedida, cosidos en una sola pieza musical que termina — detalle que ningún oyente olvida — en el único solo de batería que Ringo aceptó grabar en su vida, y en tres guitarras turnándose como tres amigos que se pasan la última palabra.

Cargaron el peso, lo cantaron a coro, y lo entregaron bailable.

Eso es lo que este capítulo desea para cualquiera.

Tomás Abril lo entendió del todo un sábado de noviembre, en su propia cocina, ya tarde.

Habían cenado los seis — Alma, los chicos, Marisa y un Felipe nuevo, más delgado de futuro y más ancho de presente, que ahora vendía logística con su don de gentes y devolvía su préstamo con una puntualidad de converso —.

Alguien puso música mientras se recogía la mesa, y salió Abbey Road , lado dos, porque el azar también lee.

Y cuando llegó el coro del peso, Felipe — precisamente Felipe — subió el volumen, agarró a Marisa por la cintura entre los platos sucios, y se pusieron a bailar mal, ruidosamente, golpeándose con las sillas, y Leo se sumó con Alba por videollamada sostenida en alto como un farolillo, y Alma, riéndose, tiró de Tomás, que bailaba como bailan los profesores de instituto, es decir, heroicamente.

Y Tomás Abril, girando torpísimo entre su gente, con la hipoteca dormida en el cajón, el cuaderno rojo en el altillo y la mano de Alma en la suya — el único lugar del universo conocido donde aquel hombre reclinaba verdaderamente la cabeza —, pensó, sin palabras ya, lo que este capítulo ha venido a decir con tantas: que el dinero, siendo relación, no se tiene ni se posee — se cuida, se circula, se comparte o se muere, como el saber, como la llama, como esto —; que nadie es dueño de nada importante, sino a lo sumo su lámpara: aceite propio, luz para todos; y que al final, cuando el teleférico se derrumba — porque siempre, antes o después, algún teleférico se derrumba —, la diferencia entre los arruinados y los ricos no la dicta el extracto, sino quién, entre los escombros, sabe todavía pedir: enséñame a bailar.

De la carta setenta y dos

…y como aquí abajo sobra tiempo y falta cielo, te voy a contar el laberinto como lo entendemos los mineros, que de galerías sabemos más que los griegos.

Dicen que Minos encerró al Minotauro por monstruo.

Mentira de rey: lo encerró por suyo. El bicho era mitad toro y mitad familia, y eso es lo que no se perdona — lo híbrido de casa —, así que le construyeron alrededor un palacio de pasillos para no tener que decir su nombre en las cenas.

Apunta esto, Cecilia, que lo aprendí a golpe de pico: todo laberinto se construye alrededor de una vergüenza.

Después mandaron dentro a Teseo, el guapo, el de los músculos, y todos los siglos le aplaudieron la espada.

A mí que no me busquen en ese bando. El héroe de esa historia despachaba en un mostrador: Ariadna, que hizo lo único que de verdad salva a nadie de un laberinto — le fió un hilo a un forastero sin aval, sin garantía y sin conocerlo de nada —.

Fiar hilo: fíjate qué oficio. En mi pueblo a eso se le llama crédito y en el tuyo, mercería.

La espada mata al monstruo, pero el hilo es lo que te devuelve a la puerta, y de las dos cosas solo una hace falta de verdad, porque de los laberintos no se sale matando: se sale devolviendo el hilo enrollado.

Por eso, cuando el tuyo me alcance — porque me alcanzará: los hilos bien fiados llegan a donde haga falta —, pienso volver recogiéndolo vuelta a vuelta, sin soltarlo ni para dormir.

Y al Minotauro, si me lo cruzo, no pienso matarlo.

Pienso preguntarle por la familia, que a los de naturaleza mezclada nos gusta que alguien nos la mencione sin bajar la voz.

Séptima carta de Amadeo

Freiburg im Breisgau, 12 de mayo de 1974

Cecilia:

Corta esta, que el tiempo no da y las noticias son de las que no engordan carta.

El taller aguanta, pero aguanta como aguanto yo los domingos: de pie por costumbre.

La gasolina no baja, los pedidos no suben, y el maestro Brenner anda callado, que en alemán es peor señal que a gritos.

He tenido que meter en el taller lo que quedaba del sobre nuevo — el de después del sobre, tú me entiendes —, y no te lo escribo para que te apures sino para que sepas que si este año no puedo mandar a casa lo de siempre, no es que me haya vuelto de esos: es que lo estoy apuntalando todo para que llegue San Juan.

Porque San Juan sigue en pie, Cecilia. Escríbelo así, con mayúsculas, donde tú apuntas las cosas que valen: SIGUE EN PIE.

El puente, las doce, el vestido azul. Me he comprado corbata nueva, por lo que dijo el Rubio — el Rubio se volvió en marzo, ¿te lo conté?

, a Águilas, con su madre, que está mala; el barracón sin él es un país sin radio —, y la corbata es azul también, que me la eligió él antes de irse: “Del color del vestido de ella, Amadeo, que cuando os veáis de lejos en el puente parezcáis la misma bandera.”

No tengo más papel ni más luz. Tengo la fecha.

Tuyo, apuntalado,

Amadeo

P. D. — Cuarenta y tres días.

EL CUADERNO ROJO (vii)

Asientos del capítulo séptimo — letra de Tomás Abril · cuaderno rojo

Que soportar es llevar desde abajo, comportarse es llevarse con otros y aportar es llevar hacia. Todo el oficio de adulto cabe en un verbo y tres preposiciones.

Que no se sostiene desde la perfección: se sostiene desde la herida elaborada. Mi vergüenza contada es mi título profesional. No dejar que caduque.

Que los cimientos de las casas no están en los salones: están en la majada, en el estiércol de la puerta, en la hija que volvió. Mirar quién sostiene de verdad, y decírselo antes del funeral.

Que el aceite no se presta y la llama sí. Cultivar a solas; alumbrar acompañado. Y con el saber y el dinero, la misma ley: granero o semilla, celemín o candelero.

Que la ayuda suprema es la que deja de hacer falta. Dos denarios, la cuenta abierta, y seguir camino. No fundar oenegés sobre los heridos.

Que perder dinero exige duelo, y el duelo negado se cobra con recargo. Los duelos se hacen contando. Escuchar el parte del accidente las veces que haga falta.

Que la solemnidad es barata y la alegría carísima, y que por eso la sonrisa del que conoce el percal es el certificado de solvencia más difícil de falsificar.

Que cuando se derrumbe el teleférico — se derrumbará —, pedir a tiempo: enséñame a bailar.