Capítulo 7 — Quirón soportar, sostenerse, aportar
I. Felipe sin powerpoint
Felipe subió sin corbata, que no era su estilo, y se sentó en la cocina sin pedir café, que no era él.
La moneda con nombre de satélite había hecho lo que hacen los satélites cuando se les acaba la órbita, y Felipe había aguantado la caída entera — un noventa y cuatro por ciento — con la fe del que ya no puede permitirse dejar de creer, promediando a la baja, como decía su asesor del coche alquilado, hasta que no quedó nada que promediar: ni los ahorros, ni el dinero del plan de pensiones rescatado “estratégicamente”, ni — esto lo dijo mirando el salvamanteles — una parte de un préstamo que Marisa no sabía completa.
Lo contó todo en once minutos, con la voz de quien lee el parte de su propio accidente, y al terminar se quedó mirando las manos como se mira un powerpoint apagado.
En el silencio que siguió cabían tres respuestas, y Tomás Abril las vio pasar, nítidas, como diapositivas.
La primera era la frase, la frase, que llevaba meses criando en su jaula: te lo dije.
La segunda era el sermón: el triángulo, el becerro, las brujas de Macbeth — todo el capítulo cuarto recitado de memoria sobre el cadáver del powerpoint —.
Y la tercera era la que eligió, porque acababa de pasar seis capítulos aprendiéndola sin saber para qué: se levantó, puso la cafetera y dijo: “Vamos a ver los números. Todos. Y luego cenas aquí.” Hay un momento en que toda la filosofía del dinero del mundo se reduce a poner una cafetera.
Este capítulo trata de ese momento: del arte de sostener — a otros, y antes, para poder hacerlo, a uno mismo —.
Los números, vistos todos, eran malos con orden: cuarenta y un mil euros evaporados, de los cuales once mil eran del préstamo que Marisa no sabía completa — la cifra quedó sobre la mesa de la cocina, entre las tazas, con esa fisicidad que tienen las cifras dichas por fin en voz alta: parecen pesar más que escritas —.
Tomás no dijo te lo dije en toda la noche, hazaña de la que estuvo discretamente orgulloso el resto de su vida, y solo legisló una vez, cuando Felipe, en un espasmo final del viejo evangelio, murmuró que “quizá recuperando algo con otra entrada más agresiva…”: entonces Tomás le puso delante, sin comentario, el azucarero — y Felipe, mirando el azucarero, que era de los de tapa, entendió solo la parábola doméstica: que hay cosas que se acabaron cuando se acabaron, y que rebañar el fondo con la cuchara no es una estrategia, es un ruido —.
A las doce y veinte, Alma, que había hecho números en paralelo con su bolígrafo rojo, dictó el plan con la serenidad de quien corrige un examen difícil pero corregible: cuánto a cada deuda, en qué orden, qué gasto se cae, cuántos meses.
“Veintiséis meses”, dijo. “Con dos nóminas y sin milagros. Los milagros” — y aquí miró a su cuñado por encima de las gafas — “os los prohíbo durante veintiséis meses.” Felipe cenó allí.
Tortilla, pan, y la primera conversación en años en que nadie de la mesa quiso convencer a nadie de nada.
Al despedirse en el descansillo abrazó a Tomás más tiempo del reglamentario, y dijo, ya con el ascensor abierto, la frase por la que este capítulo lleva su título sin que él lo supiera: “No sé cómo se devuelve esto.” Tomás contestó lo que había aprendido en un cuaderno rojo y le costó tres volúmenes: “No se devuelve. Se pasa.” Y apagó la luz de la escalera, que en las casas de vecinos es el gesto litúrgico con que se cierran los actos importantes.
Fue Marisa quien contó, mucho después, lo que Felipe le dijo aquella noche en el coche, con las manos quietas en el volante de un coche parado: que él nunca había querido ser rico.
Que lo que quería era llegar una Nochebuena y que el padre de ellas — el director de sucursal, el hombre que medía a los yernos en nóminas — lo mirara como miraba a Tomás.
Que la línea verde no había sido nunca una inversión: era una carta de presentación.
Marisa le cogió una mano del volante y no dijo nada.
Cuando todos se fueron, Alma se quedó un momento con las palmas apoyadas en la mesa, mirando el plan como se mira un mapa de carreteras secundarias.
— Yo esto ya lo he vivido — dijo, sin drama, casi con curiosidad científica —.
En mi casa. Con nueve años. Solo que entonces no hubo pizarra, ni plan, ni café: hubo un armario que se vaciaba por dentro sin que nadie dijera nada.
— Se enderezó y le puso el capuchón al bolígrafo rojo, ese gesto suyo de cerrar el quirófano —.
Por eso corrijo tanto, Tomás. Por eso lo apunto todo.
No es orden: es que a los nueve años decidí que en mi casa se iba a saber siempre cuánto hay.
— Y se fue a acostar. Al pasar apagó la luz de la cocina, como cualquier otra noche.
II. El centauro herido
La lengua, como siempre, llegó primero y dejó el mapa dibujado en una sola raíz.
Portar es llevar; soportar ( sub-portare : llevar desde abajo) es padecer un peso y, a la vez, sostenerlo — la misma palabra para la viga y para el que la aguanta —; comportarse es con-portarse — llevarse con otros: no existe conducta que no sea compañía —; y aportar es llevar hacia — la parte que se trae a lo común —.
Soportar, comportarse, aportar: el arco completo de una vida adulta cabe en las preposiciones de un solo verbo.
Y el mito griego le puso cuerpo al arco, y el cuerpo es doble, como corresponde: Quirón, el centauro [122] .
A diferencia de sus hermanos — brutos de taberna mitológica, mitad hombre y mitad caballo y enteramente problema —, Quirón es el sabio: médico, músico, astrónomo, maestro de Aquiles, de Jasón, de Asclepio; la criatura híbrida que civilizó su propia monstruosidad y la puso a enseñar.
Pero su título profundo es otro: Quirón es el sanador herido .
Una flecha perdida, untada con un veneno incurable, lo alcanza — y el inmortal queda condenado a un dolor sin fin que no puede matarlo —.
Y de esa herida que no cierra, dice el mito, salió su medicina: el que no podía curarse aprendió a curar; convirtió la flecha en cátedra.
Es la figura exacta de lo que este capítulo viene a decir contra toda la propaganda de la invulnerabilidad: no se sostiene a otros desde la perfección — se sostiene desde la herida elaborada —.
El consejero financiero intachable que nunca perdió un euro tiene poco que enseñarle a Felipe; el que conoce el sabor del pánico, la vergüenza de la deuda escondida y el insomnio del cuadro de amortización, ese tiene clínica.
Por eso la cafetera de Tomás valía aquella noche más que un máster: no era la ayuda del que está arriba — era la compañía del que también ha estado dentro —.
Un mes antes, en el salón parroquial, Tomás había convertido su vergüenza en confesión; aquella noche la confesión terminó de convertirse en oficio.
La flecha, en cátedra. El herido, en enfermero.
Es la única carrera profesional que este libro recomienda sin reservas, y no la imparte ninguna escuela de negocios: la imparte la herida, con matrícula obligatoria y a precio de herida.
III. Marisa, o el perdón con condiciones
A Marisa se lo contó el propio Felipe dos días después, empujado por la cláusula tercera del plan de Alma (“la verdad entera, antes del viernes, o el plan no arranca”), y lo que ocurrió en aquella cocina — la de ellos — no lo presenció nadie de esta novela, pero Marisa se lo refirió a su hermana el domingo, en la playa, con las dos sentadas en la arena mirando a Leo hacer el idiota en las olas con una dignidad de dieciséis años, y la novela lo cuenta como Alma lo oyó, que es como se cuentan las cosas importantes de las casas: en segunda persona y de perfil.
Marisa lo dejó hablar sin interrumpir — once minutos también; el parte del accidente ya venía con duración de fábrica — y cuando Felipe terminó, con la cabeza baja, esperando el estallido que en cierto modo habría sido un alivio (el estallido es una forma de pago: se cobra la escena y se amortiza la culpa), Marisa no estalló.
Fue a por su bolso, sacó una libretita de tapas de flores, y la abrió sobre la mesa: allí estaban, apuntados con su letra redonda de primera de la clase en sumar, todos los sobres doblados de los últimos catorce meses — fechas, importes deducidos, movimientos que no cuadraban —, la contabilidad en la sombra que ella había ido llevando en paralelo, sola, sin decir nada, esperando a que él hablara primero.
“Yo lo sabía casi todo, Felipe”, dijo. “Lo que no sabía era si me lo ibas a contar tú o lo iba a tener que contar yo. Y eso” — cerró la libretita — “eso era lo único que de verdad estaba en juego, porque el dinero se rehace y hay una cosa que no.”