Capítulo 6 — Edipo ante el espejo conocerse para no engañarse #5
Tomás Abril leyó el mito la última noche de Chaorna — se lo había dejado Basilisa en la mesilla, forrado con la hoja de deportes de un periódico de 1987, sin comentario, que era su manera de subrayar — y tuvo que dejar el libro en las rodillas un momento, porque acababa de entender algo que le concernía administrativamente: que la vida que él llevaba — la nómina, el cuaderno rojo, los botones azules, la mujer canturreando mal en la cocina — era, palabra por palabra, la vida que el griego más listo de todos los tiempos había elegido en primera opción con conocimiento de causa.
Su existencia de hombre corriente no era lo que queda cuando no se llega a más: era, vista desde la pradera, el activo más codiciado del muestrario — solo que cotiza tan bajo en el zoco de los deseos ajenos que hay que haber vuelto de Troya para reconocerlo —.
Cerró el libro, apuntó la fecha en el cuaderno y, en el espacio reservado al porqué de las decisiones, escribió la única línea de todo el diario que no necesitaría auditarse nunca: “Hoy no he cambiado de vida. Esta vez, a sabiendas.”
Sexta carta de Amadeo
Freiburg im Breisgau, 25 de noviembre de 1973
Cecilia:
Te escribo un domingo por la tarde y por la ventana no pasa un solo coche, y no es figura poética: es que el Gobierno ha prohibido los coches los domingos, por lo del petróleo, que se ha puesto el mundo del revés en un mes — los árabes han cerrado el grifo por la guerra y aquí, que todo lo hacen con motor, andan los ministros pidiendo que la gente pedalee —.
La autopista, Cecilia, la autopista grande, estaba esta mañana vacía y con gente paseando por ella con niños y perros, como si fuera la rambla del pueblo.
El Rubio y yo hemos bajado a verla y él ha dicho que parecía el mundo después de algo, y luego, para quitarle el frío a la frase, se ha puesto a andar por la raya blanca del medio con los brazos en cruz, como un funambulista, cuarenta metros de autopista alemana él solo, y me ha gritado: “¡Amadeo, que le estoy andando por la espalda al progreso!” Los alemanes del paseo se reían sin querer reírse, que es como más se ríen.
Del taller no te voy a mentir, que a ti nunca: la cosa se ha torcido un punto.
No caído, Cecilia — torcido —. Con lo del petróleo se ha parado la mitad de los pedidos, que nuestros clientes hacen piezas para los coches, y si los coches descansan los domingos, nosotros descansamos entre semana, que es un descanso que no descansa nada.
Brenner dice que son tres meses, cuatro.
Yo digo que Brenner lleva razón, y si no la lleva, la llevaré yo por los dos, que para eso el rótulo tiene dos apellidos.
Lo de San Juan sigue en pie. Óyeme bien, que te veo desde aquí frunciendo el ceño encima del papel: SIGUE EN PIE.
Puede que en vez de anillo con piedra sea anillo a secas, y el banquete sea de bocadillos, pero el puente de Heidelberg no cobra entrada y las doce del mediodía son gratis en todo el mundo.
Tú trae el vestido azul, que lo demás — me lo has enseñado tú sin saberlo, en seis años de cartas — nunca fue lo demás.
Me acuerdo de ti con el frío. Es lo que tiene este país, que el frío está bien organizado y le deja a uno las manos libres para acordarse.
Anoche me dormí haciéndote la lista de las cosas que te voy a decir sin carta por medio, mirándote, y la lista iba por el número veintitrés cuando me venció el sueño, y esta mañana solo me acordaba de la número uno, pero con la número uno hay para empezar.
Tuyo, con petróleo o sin él,
Amadeo
P. D. — Dice el Rubio que si el mundo se queda sin gasolina, él sabe ir a Águilas andando. Le he preguntado que cuánto se tarda. Dice que da igual, que lo importante es que se sabe el camino. Apúntala también.
EL CUADERNO ROJO (vi)
Asientos del capítulo sexto — letra de Tomás Abril · cuaderno rojo
Que el más listo de Inglaterra perdió veinte mil libras por no auditar la única variable que firmaba con su nombre. Newton no suspendió matemáticas: suspendió espejo.
Que el test no es para que me conozcan: es para que el día del desplome no pueda decir que no me conocía.
Que tengo un pozo sin inventariar que firma con mi letra, y que al pozo no se baja a ojo: se baja con cuaderno, con desenlaces comparados, y con alguien que me vea la nuca. Alma me ve la nuca.
Que las sirenas no prometen placer: prometen saber. Desconfiar de todo canto que me prometa saber lo que nadie sabe. Atarme en frío. La voz puede temblar; la mano que levanta, no.
Que la vergüenza es como el estiércol: guardada apesta la casa, esparcida abona el campo. (Basilisa. Copiar más veces.)
Que a la pregunta ordeñada se la deja ir: ya no es a dónde fue el dinero — es para qué quiso ella que no se supiera. Buscarle el amor, no el agujero.
Que las cartas no son para leerlas: son para contestarlas. Sobre todo cuando ya no está el que las mandó. Friburgo no se ha movido de sitio.
Que contra la locura mala no hay muro: hay costumbres. Lealtad, buen humor, y madrugar con algo entre manos.
Que Muss es sein? Es muss sein. Y que se puede contestar bailando, hasta sordo. Sobre todo sordo.
Que la vida que tengo era la primera opción del griego más listo del muestrario. Hoy no he cambiado de vida. Esta vez, a sabiendas.
Final del volumen segundo — El telefonillo
Fue un martes de octubre, a las once y veinte de la noche, con Leo ya acostado y los dos leyendo en el sofá — Alma exámenes, Tomás la carta ciento siete, que Alma le había subrayado dos frases con lápiz, porque ahora las cartas se leían a dos voces, que es como se leen las historias de amor para que no hagan daño —, cuando sonó el telefonillo.
Dos toques cortos, uno largo: el código antiguo de Felipe, de cuando los cuñados eran novios y las visitas no avisaban.
Tomás y Alma se miraron por encima de las gafas con esa conferencia instantánea y completa que celebran los matrimonios largos en un cuarto de segundo.
La moneda de la línea verde había hecho, tres semanas atrás, lo que hacen todas — no hace falta contarlo; baste decir que el powerpoint llevaba veintiún domingos sin comparecer —, y desde entonces Felipe no cogía el teléfono, y Marisa contestaba a los mensajes de Alma con esa puntuación perfecta y sin emoticonos que en su idioma era una persiana bajada.
Tomás se levantó y descolgó el telefonillo. No preguntó quién era. Preguntó otra cosa, que era la única pregunta que aquel timbre merecía a las once y veinte de la noche: —¿Has cenado?
Hubo un silencio del grosor exacto de un orgullo tragándose entero, y luego la voz de Felipe, irreconocible de tan sin barniz, cuatro pisos más abajo: —No. —Sube.
Colgó. Alma ya estaba en la cocina sacando la cafetera y lo que quedaba del bizcocho, con los andares ejecutivos de las noches graves, y al pasar junto a su marido le apretó el antebrazo un segundo — el gesto con que en esta familia se dan las órdenes importantes y se conceden las medallas —.
Tomás abrió la puerta del piso y la dejó entornada, encendió la luz del descansillo, y se quedó oyendo subir el ascensor: ese ruido de máquina antigua y paciente, subiendo despacio lo que pesaba mucho.
Así termina el segundo volumen de esta historia: con la línea verde apagada en algún servidor, un hombre subiendo cuatro pisos con las manos vacías, y una puerta entornada con luz detrás.
Lo que Felipe traía — la cifra entera, lo que Marisa sabía y lo que no, y lo que se puede reconstruir cuando ya no queda powerpoint — pertenece al tercer volumen, que es el del sostener.
Aquí solo cabe el asiento de la noche, que Tomás escribió antes de dormir y que cierra el libro segundo como una bisagra engrasada: “Ha subido en el ascensor. Bajarse, se bajó solo. Da igual: la cafetera estaba puesta antes de que llamara. Debe: un cuñado. Haber: un hermano. Por una vez, cuadra.”
(Fin del Volumen II — La línea verde. El Volumen III — La carta 115 — comienza con el café aún caliente.)