Capítulo 6 — Edipo ante el espejo conocerse para no engañarse #4
Tomás le contó todo — Basilisa escuchaba como escuchan los pantanos: sin prisa y quedándoselo — mientras Ciriaco, al fondo, arreglaba un cencerro con la concentración de un lutier.
Le contó la libreta, la palabra a lápiz, el salón parroquial, los tres mil euros, las ciento catorce cartas racionadas.
Cuando llegó a los vídeos de Yago, Basilisa lo interrumpió por única vez en la tarde: “¿Vídeos de esos del teléfono? Ciriaco tiene. Se le oye reírse solo en la cuadra, que la primera vez creí que era el macho cabrío. Yo no me fío de un aparato que te aprende las risas” — y durante un momento no fue el oráculo de la provincia sino una señora mayor con un mandil, que era la otra mitad de su autoridad, y quizá la mayor —.
Luego hizo el gesto de seguir, y Tomás siguió.
Y cuando terminó, Basilisa sirvió más café de puchero, se limpió las manos en el mandil y dictaminó, en este orden, las tres cosas por las que la humanidad le había escrito cartas durante décadas: — Lo primero: has hecho bien en avergonzarte y mejor en contarlo.
La vergüenza es como el estiércol, que guardado apesta la casa y esparcido abona el campo.
— Lo segundo, hijo: deja de preguntarte a dónde fue el dinero de tu tía.
Esa pregunta ya la has ordeñado. Pregúntate para qué una mujer que apuntaba hasta los botones quiso que no se supiera .
El que esconde una vergüenza esconde una herida.
El que esconde una obra buena esconde un amor.
Tu tía apuntó “saldado”, que es palabra de obra terminada, no de cosa perdida.
Búscale el amor, no el agujero. — Y lo tercero — y aquí Basilisa miró la caja de zapatos, que Tomás había subido a Chaorna sin saber por qué la metía en la maleta, y ahora lo sabía —: esas cartas que racionas como el santo maná.
Está bien leerlas despacio. Pero las cartas, Tomás, no son para leerlas.
Son para contestarlas . — Tomás objetó lo obvio: que el hombre que las escribió llevaría décadas muerto o desaparecido, que no había remite vigente, que contestar a quién.
Y Basilisa lo miró con esa paciencia de quien ha explicado lo mismo por correspondencia setecientas veces: — Las cartas se contestan aunque el que las mandó ya no esté.
Sobre todo entonces. Contestar una carta es ir a ver qué fue de la pregunta.
Tú tienes ciento catorce preguntas en una caja y las estás leyendo como quien mira fotos.
Coge la última, mira el matasellos, y ve.
Friburgo no se ha movido de sitio. Para eso están los barcos.
Nadie le había dicho lo del faro y los barcos.
Tomás sintió el escalofrío estadístico de las coincidencias que no lo son — las frases verdaderas, como las monedas buenas, circulan solas y acaban en las mismas manos — y preguntó, ya de retirada, lo que llevaba toda la tarde queriendo preguntar: que qué enseñaba ella, entonces, cuando enseñaba a distancia.
Basilisa recogió las tazas y contestó de espaldas, con la naturalidad de quien dice la hora: “Lo mismo que ahora de cerca. A distinguir. Que es lo único que se puede enseñar; lo demás se aprende solo.” [116] Ya en la puerta, con el sol poniéndose contra la piedra rosada, añadió la propina que Tomás copiaría esa noche en el cuaderno, bajo el título “Defensas naturales” — porque venía hablándose en el pueblo de un hombre de un pueblo vecino que había acabado mal, de rencor y de pleitos, y alguien había dicho “la locura mala”, y Basilisa había recogido la expresión del aire —: “Contra la locura mala no hay muro, hijo, que entra por las rendijas. Hay costumbres. La lealtad, que le cierra las puertas por dentro. El buen humor, que le seca las charcas donde cría. Y madrugar con algo entre manos, que la locura mala odia los cencerros a medio arreglar.” Ciriaco, al fondo, levantó el cencerro y lo hizo sonar una vez, como quien firma.
VIII. El sordo que bajó al pozo: los últimos cuartetos
De lo que un ser humano puede encontrar en el fondo del pozo, cuando ya no le queda más remedio que bajar, existe un testimonio supremo, y no está escrito con palabras.
Ludwig van Beethoven pasó sus últimos años en el desierto más radical que pueda imaginarse un músico: la sordera completa — el autor de la música más célebre de Europa, incapaz de oír un aplauso, una voz, una nota; encerrado, enfermo, litigando por la custodia de un sobrino, comunicándose por cuadernos donde las visitas le escribían las preguntas —.
Privado del espejo exterior — el oído, el público, el mundo —, a aquel hombre solo le quedó un sitio donde escuchar, y de ese descenso subió con cinco cuartetos de cuerda y una fuga que la humanidad tardó un siglo en alcanzar [117] .
Los últimos cuartetos no se parecen a nada anterior — ni de él ni de nadie —: música de cámara que conversa consigo misma, que pregunta y se responde, que cambia de humor como cambia un alma y no como manda una forma; los músicos de su tiempo los declararon incomprensibles, y Beethoven despachó las quejas con un encogimiento de hombros que era una profecía: no eran para ellos — eran para más adelante —.
En el tercer movimiento del opus 132, el convaleciente de una enfermedad que creyó final escribió sobre el pentagrama una dedicatoria: canto sagrado de acción de gracias a la divinidad, de un curado, en modo lidio — quince minutos de una serenidad que no es calma de balneario sino paz ganada , la del que ha mirado el final de cerca y da las gracias con las cuerdas —; quien quiera saber a qué suenan la aceptación y la gratitud de las que habló el capítulo cuarto, ahí tiene la partitura.
Y en el último movimiento de su último cuarteto, el opus 135, el sordo dejó escrita en alemán, sobre las notas, la pregunta y la respuesta que cierran su obra entera: Muss es sein?
— ¿debe ser? — pregunta el motivo grave, y el allegro responde: Es muss sein!
— ¡debe ser! — [118] . La pregunta de toda finitud y su aceptación, no resignada sino bailada : el sí al propio acontecer, dicho por un hombre al que el acontecer le había quitado el oído y no la música.
He aquí el extremo del autoconocimiento, y su recompensa monstruosa en el sentido exacto del capítulo cuarto — fuera de toda serie —: el que pierde todos los espejos y baja al pozo puede subir con lo más singular que se haya escrito jamás.
Nadie le desea a nadie la sordera de Beethoven; pero todos tenemos pendiente, en versión asequible, su movimiento: apagar los oídos del mundo un rato — el zoco, la línea verde, el coro — y comprobar qué música queda.
La que quede, esa es la propia. Tomás lo escuchó entero una noche de aquel agosto, en Chaorna, con los cascos de Leo prestados y las sabinas ahí fuera aguantando su milenio, y en el minuto once del canto de acción de gracias entendió por qué Basilisa forraba los libros: hay cosas que, con cubierta, no se dejarían leer.
IX. El soldado que volvió: el mito de Er
Platón cerró su República con un cuento que es, bien mirado, el examen final de este capítulo [119] .
Er, soldado, muere en batalla; doce días después, ya en la pira, despierta — ha vuelto del otro mundo con el encargo de contar lo que vio —.
Y lo que vio fue esto: las almas, tras su viaje, llegan a una pradera donde han de elegir su próxima vida.
Hay vidas de todas clases desplegadas como muestrarios — tiranías, vidas de artistas, de animales, de atletas, de hombres oscuros —, y un portavoz proclama la regla del juego, que es la frase más seria del libro más serio de la filosofía: la virtud no tiene dueño; cada cual la tendrá según la honre o la desprecie — la responsabilidad es del que elige; el dios es inocente —.
Y entonces, el espectáculo. El primero en elegir — un alma que venía del cielo, de una vida ordenada, premiada, sin examen — se abalanza sobre la mayor tiranía del muestrario, deslumbrado por el poder y el oro, y solo después, con calma, lee la letra pequeña: la vida incluye, entre otras cláusulas, devorar a sus propios hijos.
Se golpea el pecho, culpa a la fortuna, a los dioses, a todo — menos a sí mismo, anota Platón con frialdad de notario: eligió sin examinar —.
Es el primer inversor de la historia de la literatura: compró el producto por el folleto, sin leer el contrato, y presentó reclamación al cielo.
Y el desfile continúa hasta que le llega el turno a la última de todas, a la que la suerte ha dado el peor número: el alma de Ulises.
Y aquí Platón, que conocía a su Homero, escribe el final más conmovedor de su obra: el alma de Ulises, curada de ambiciones por la memoria de sus fatigas , busca despacio, por los rincones, una vida que los demás han despreciado — la vida de un hombre corriente y sin cargos, un particular que se ocupa de lo suyo —, la encuentra arrumbada en alguna parte, y declara, al tomarla, que habría elegido la misma aunque le hubiera tocado el primer turno.
El héroe de los mil recursos, el que oyó a las sirenas y cegó al cíclope, elige — con toda la información del universo en la mano — ser un señor anónimo con una vida tranquila. No como resto: como premio.