Todo lo que debes Capítulo 6 — Edipo ante el espejo conocerse para no engañarse #3
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Capítulo 6 — Edipo ante el espejo conocerse para no engañarse #3

Hubo un silencio de los que hacen época en los pueblos, roto por el ruido inconfundible de la señora Remedios cruzando los brazos con intención.

Yago, que era un producto pero era un producto bien acabado, no perdió la compostura: preguntó, con una suavidad quirúrgica, de dónde sacaba “el señor” tanta información sobre su comunidad, si es que no sería un resentido, o un enviado de la banca — y miró a don Braulio con teatro —, o alguien con algo personal que ocultar.

Y Tomás, que llevaba la respuesta escrita en frío desde la víspera, la dijo entera, mirando alternativamente a Yago y a Alma, porque era a los dos: —Tengo algo personal, sí.

Le debía tres mil euros a esa mujer de la foto y no se los pagué nunca, porque pagárselos era contarle en qué los había perdido, y me daba vergüenza.

Se murió sin reclamármelos. Así que sé exactamente cómo funciona lo que usted vende, señor Miral, porque yo ya se lo compré una vez a otro como usted: se vende con la vergüenza.

La de no llegar, la de no entender, la de quedarse fuera mientras todo el mundo entra.

Yo soy el hombre de la segunda fila, igual que mi tía.

Y lo único que he venido a decir es que la vergüenza no se invierte. Se cuenta. Sale más barata contada.

No fue una victoria de película, y el libro no la va a falsificar: siete vecinos firmaron de todos modos — doña Angustias entre ellos, con la barbilla alta de los que ya no pueden permitirse dudar —, y Yago recogió su pantalla con la eficiencia de quien tiene más parroquias en la agenda.

Pero treinta y tantos no firmaron; el marido de doña Angustias devolvió el bolígrafo a la mesa con un “yo me lo pienso” que en su idioma era una enmienda a la totalidad; don Cosme, pálido, anunció que “la parroquia estudiaría mejor las próximas cesiones del salón”; y Requena, desde la tercera fila, resumió la jornada en voz perfectamente audible: “La merienda, eso sí, estaba buena.” Fuera, en la plaza, con la luz de las siete dándole a la fachada ese ocre de las cosas que acaban bien a medias, Alma se detuvo, miró a su marido un momento largo — el momento más largo del volumen — y dijo: —Tres mil euros.

— Y luego, antes de que él pudiera empezar el discurso que llevaba cuatro capítulos ensayando: — Lo de la libreta gris lo sé desde marzo, Tomás.

Soy profesora: distingo cuándo alguien esconde el examen.

Lo que no sabía era lo tuyo. — Le cogió la carpeta de las manos, se la puso bajo el brazo, como se le quita el peso a alguien que ya ha cargado bastante por hoy, y echó a andar hacia casa —.

Esta noche me lo cuentas todo. Desde el sobre de la clínica dental.

Y mañana me enseñas las cartas, que llevas meses leyéndote una historia de amor tú solo, y eso, en esta casa, es lo más parecido que hay a una infidelidad.

Tomás la siguió bajo la última luz.

VI. La huida del espejo: el chivo

La semana siguiente al domingo fue instructiva de una manera que Tomás no había previsto.

El pueblo, que había tardado meses en ver al lobo, tardó tres días en organizarle la cacería: el grupo de mensajería “Vecinos Informados” (fundado el lunes, cuarenta y siete miembros el martes) hervía de capturas de pantalla, teorías y mayúsculas; alguien averiguó la matrícula del coche de alquiler; alguien propuso “esperarlo” si volvía; y doña Angustias, que había firmado, era ahora — la conversión de los conversos — la más feroz de todas: exigía cárcel, devolución y, a ser posible, escarnio.

El miércoles amaneció pintado en la fachada del salón parroquial, con spray negro y ortografía de urgencia, un LADRON sin tilde que don Cosme cubrió con una sábana hasta que vino el de la pintura.

Y Tomás, que tenía más motivos que nadie para encabezar la comitiva, descubrió que no podía.

Cada vez que el relato de unas finanzas tiene un solo villano y ningún papel para nosotros, es estadísticamente probable que estemos sacrificando un chivo para no bajar al pozo; y él llevaba meses sabiendo dónde estaba su pozo.

(El cine lo maquetó una vez sin paredes: Dogville , el pueblo de tiza de Lars von Trier, donde la hospitalidad se vuelve contabilidad y la huésped, deudora universal — el mecanismo del chivo con las líneas del suelo a la vista.)

Contra el mecanismo entero hay una escena antigua: la mujer sorprendida, el corro con las piedras ya en la mano — la paz del grupo a un lanzamiento de distancia —, y la frase que desarma el dispositivo por dentro: el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra [115] .

No niega la falta; redirige la mirada — de la acusada a cada acusador —, y el corro se deshace, dice el texto con precisión de acta, empezando por los más viejos , que son los que más pozo tienen.

El jueves, en El Faro Chico, cuando la tertulia le pidió a Tomás que encabezara “lo que hubiera que encabezar”, él dijo su versión, menos solemne y del mismo material: que denunciar, sí — don Braulio, jugando el mejor dominó de su carrera, ya había canalizado el expediente hacia el regulador y la Guardia Civil, con fechas, capturas y las siete firmas de los que quisieron sumarse: la vía aburrida, la que funciona —; pero que la pintada, no, y la espera en la esquina, tampoco.

“Porque el chico del coche es culpable de lo suyo”, dijo, “que ya se lo medirán. Pero de lo nuestro, no. De creernos más listos que el vecino, de querer el pelotazo con merienda, de no preguntar cuando tocaba — de eso el spray no sabe. Y si le echamos a él lo nuestro encima de lo suyo, salimos de aquí en paz y en mentira, que es como se sale de todas las hogueras.” La señora Remedios, que era la más vieja del corro, fue — el texto antiguo tenía razón — la primera en asentir.

Y Requena cerró la sesión con la sentencia de la casa: “Aquí se fía a las personas, no a las pancartas.” El viernes, en la gasolinera de la rotonda, Leo vio a Yago Miral solo, de pie junto al coche de alquiler, comiéndose un sándwich de máquina con la diadema del micrófono todavía puesta, colgando apagada del cuello como un estetoscopio de médico expulsado, y le hizo una foto que luego, sin saber muy bien por qué, borró.

Se lo contó a su padre por la noche. “¿Por qué la borraste?”, preguntó Tomás.

Leo se encogió de hombros con los dieciséis años enteros: “No sé. Comía como comemos en el instituto los que no tienen grupo.” El cuaderno rojo de aquella noche tiene un asiento breve: El primer estafado de cada estafador es él mismo. No es disculpa. Es información.

La ronda

El lunes después del domingo, Tomás entró en El Faro Chico a la hora del café con la aprensión del que ha dado un discurso en su pueblo, que es un género del que no se vuelve igual.

La barra enmudeció ese medio segundo protocolario que los bares dedican a los acontecimientos, y luego siguió a lo suyo, que es la forma superior de la acogida.

Pidió el café. Cuando fue a pagarlo, Requena señaló con la barbilla al fondo: “Está pagado. Manuel.” Manuel, el cazador, el marido de doña Angustias, levantó dos dedos desde su mesa sin interrumpir su periódico, que es como los hombres de su generación conceden medallas.

Al día siguiente el café se lo pagó el practicante jubilado; al otro, la señora Remedios, “de parte de la merienda”; y así durante semanas, sin que nadie dijera nunca nada, en un orden que parecía casual y que — Tomás lo entendió a la tercera taza — no lo era en absoluto: era la ronda, el sistema de pagos más antiguo del bar, girando por una vez en dirección a él, como gira el respeto en los sitios donde el respeto no se declama.

No le salió gratis el café un mes: le salió contado.

Cada taza era un voto emitido en la única urna que aquel pueblo se tomaba en serio.

Tomás lo apuntó en el cuaderno con la fórmula exacta: “Cobrado en especie lo del domingo. La divisa local es el café. El tipo de cambio, el aprecio. No admite conversión a euros: lo he mirado.”

VII. Chaorna, o el lugar de la pregunta

En agosto subieron a Chaorna, como todos los veranos desde que se conocían — el pueblo de la abuela de Alma: veintidós habitantes en invierno, piedra rosada, un torreón, sabinas, y un silencio tan bien conservado que debería tener protección de la Unesco —, y esta vez Tomás subió con encargo propio, porque la mitad de lo que le estaba pasando por dentro necesitaba consulta, y en Chaorna vivía la consulta.

Basilisa era la mujer de Ciriaco el pastor, tendría — nadie lo sabía con precisión y preguntarlo parecía de mala educación — entre setenta y muchos y una edad geológica, y era, según el censo, ama de casa, y según el pueblo entero, otra cosa que nadie sabía nombrar.

De ella se decía que “enseñó a distancia alguna vez”: la fórmula era esa, con ese “alguna vez” que en Soria puede abarcar décadas, y las versiones divergían — que si por radio, que si por correspondencia, que si contestaba cartas de gente que le escribía de toda España preguntándole cosas, y que el cartero de entonces subía dos veces por semana solo por ella —.

Basilisa no lo aclaraba nunca, que era su manera de confirmarlo.

Su casa olía a membrillo y a lana, y tenía más libros que el resto del pueblo junto, todos forrados con papel de periódico — “para que no se peleen por las cubiertas”, explicó una vez, y nadie supo si hablaba de los libros o de los vecinos —.

De aquella biblioteca camuflada había salido, treinta veranos atrás, el Banquete que Alma citaba en clase.