Capítulo 6 — Edipo ante el espejo conocerse para no engañarse #2
Vale la pena repasarlo despacio, como se repasa un cuadro de amortización.
Estancia primera: los encadenados toman por realidad las sombras — y no son idiotas: son coherentes ; dentro de aquel régimen, el que mejor las predice gana los premios de la caverna —.
Estancia segunda: al liberado le vuelven la cabeza hacia el fuego y, deslumbrado, prefiere las sombras ; si pudiera, volvería a encadenarse.
Estancia tercera: arrastrado a la fuerza cuesta arriba — nadie sale de una caverna por gusto —, tampoco ve: hay que habituarse , y la verdad no se recibe: se le hace la digestión, con su tiempo y sus arcadas.
Y estancia cuarta, la que el póster siempre recorta: el que vio baja otra vez — vuelve a su antiguo asiento, con los ojos inútiles para la penumbra, a decir lo que vio — y los de dentro se ríen, y añade Platón, con una frase que le costaría la vida a su maestro: si pudieran echarle mano al que intenta desatarlos, ¿no lo matarían?
Ahora bien — y aquí hace falta el matiz que distingue una caverna de manual de una caverna de verdad —: lo que cambia de estancia en estancia no es la cantidad de información.
Es el que mira . Cada tránsito golpea al que lo hace — el tirón de las cadenas, el deslumbramiento, la cuesta, la burla — y ese golpe de vuelta, ese contragolpe de la verdad sobre el sujeto que la ve, es la firma de la verdad que educa: la verdad antigua no se tenía — le pasaba a uno; verla era ser transformado por ella, y por eso costaba —.
La modernidad, se ha señalado con precisión, rompió ese vínculo: desligó el acceso a la verdad de la transformación del que accede — se puede hoy saber sin ser tocado, acumular verdades como se acumulan puntos, informarse de todo sin que nada le pase a uno [114] —.
Y con ese criterio en la mano, el negocio de Yago Miral queda radiografiado hasta el hueso: sus catorce vídeos ofrecen eso mismo — verdad sin contragolpe: gráficas ciertas, datos ciertos, la sensación embriagadora de haber salido de la caverna sin moverse del sofá, sin deslumbramiento, sin cuesta, sin digestión —.
Iluminación a domicilio, en cómodos plazos.
Pero la caverna enseña que el que no ha pagado el precio de ver, no ve: ve que otros dicen que ven , que es el régimen de sombras más sofisticado de todos, porque proyecta certezas.
La educación de Tomás Abril, en cambio — repásese: el tirón del funeral, el deslumbramiento de la libreta, la cuesta de la vergüenza, mes a mes, arcada a arcada —, había sido contragolpe puro: cada verdad le había pasado a él , y por eso, aunque supiera menos finanzas que cualquier vídeo, veía más.
Le quedaba la cuarta estancia, la del descenso: volver a la caverna de su pueblo — un salón parroquial con crucifijo y rifa —, sentarse entre los encadenados que fueron los suyos y siguen siéndolo, y decir lo que vio, sabiendo lo que el mito promete a los que bajan.
Era domingo en seis días. La cuesta, esta vez, iba hacia abajo, y era la más empinada de todas.
Intermedio — La quinta columna
De los seis días que faltaban para el domingo, la señora Remedios empleó cinco en lo que ella llamaba “ir comentando”, que era el nombre civil de una operación de contrainteligencia que habría enorgullecido a cualquier servicio secreto con menos presupuesto y peores rebecas.
Su método era el de siempre y era insuperable: la conversación de pasada.
En la pescadería, mientras le quitaban la espina a la sama, deslizó que “a la difunta Cecilia estas charlas ya le daban que pensar, que me lo dijo a mí, y mira que ella entendía”.
En la farmacia, recogiendo lo del tensiómetro, observó que “el chico ese tan apañado no enseña nunca a los que perdieron, con la de fotos que hace”.
Y a la puerta de la iglesia, en el corrillo de después de misa de ocho, plantó la semilla maestra, dirigida con puntería de francotirador al marido de doña Angustias, que era cazador y entendía las metáforas de su gremio: “Manuel, tú que sabes de reclamos: cuando el reclamo canta demasiado bien, ¿qué hay debajo?” Manuel no contestó, que era su manera de empezar a pensar.
La señora Remedios remató la faena ofreciéndose a “ayudar con la merienda” del domingo — posición desde la cual, como todo el mundo sabe, se controla la sala entera: quién entra, quién firma, quién repite de bizcocho y quién tiene la mirada de los que ya han firmado por dentro —, y el sábado por la noche pasó por El Faro Chico a rendir parte.
“La cosa está así”, le dijo a Requena, contando con los dedos: “Cuatro seguros que firman, hagas lo que hagas. Seis que dudan. Y el resto, según sople. O sea: según quién hable después del chico. Que además el chico es de Teguise, que se le nota el habla, y eso aquí juega.” Requena secó despacio: “Es de la península, Remedios. Lo pone en sus vídeos.” “Pues eso”, zanjó ella, que no había perdido una discusión desde la Transición, “de Teguise para allá.” Requena secó un vaso que ya estaba seco, que era su manera de asentir, y miró hacia la mesa donde Tomás repasaba su carpeta con cara de estudiante de septiembre.
“Hablará”, dijo. “¿Y si se arruga?” Requena colocó el vaso en su estante con la exactitud de un relojero: “Le he guardado la segunda fila. De la segunda fila no se ha arrugado nunca nadie de esa familia.” La señora Remedios se fue a casa a preparar dos bizcochos — “uno de verdad y otro de distraer” —, y así quedó dispuesta, sin que figurara en ningún acta, la infantería del domingo: una merienda estratégica, un cazador pensativo y una silla guardada.
Las batallas importantes se ganan siempre la víspera, y casi siempre las gana alguien con rebeca.
VI. El domingo del salón parroquial
El salón olía a café de termo y a cera de suelo antiguo, y estaba lleno a las cinco menos cuarto: cuarenta y tantas sillas plegables, el cartel de la rifa del Rosario en su corcho de siempre, el crucifijo presidiendo con cara de haber visto entrar de todo, y en la tarima, junto a una pantalla portátil, Yago Miral — traje azul sin corbata, micrófono de diadema, la sonrisa calibrada de los que han ensayado la espontaneidad —.
Don Cosme, el párroco, hizo la presentación con la vaguedad bienintencionada de quien presenta lo que no entiende (“este joven, que viene a hablarnos de… del futuro”), y la señora Remedios, mesa de la merienda, contó las magdalenas dos veces, que era su manera de contar a los presentes.
En la segunda fila había dos sillas con una chaqueta encima: Requena guardando sitio, como había dicho.
Tomás se sentó con la carpeta en las rodillas.
Alma, a su lado — le había dicho solo “mañana necesito que vengas conmigo a la parroquia, y no me preguntes”, y ella no había preguntado, que es la forma superior de preguntar —, miraba la tarima con la expresión de quien corrige un examen antes de que lo escriban.
La charla fue impecable, y eso era lo terrible.
Yago no mintió una sola vez en cuarenta minutos: mostró gráficas verdaderas de subidas verdaderas, testimonios verdaderos de gente verdadera que había ganado dinero de verdad, y fue tejiendo, con verdades seleccionadas, la manta bajo la cual dormiría el desastre — las brujas no mienten: seleccionan —.
Habló de “una ventana histórica”, de “un producto reservado que no está al alcance de cualquiera”, de que “los bancos no quieren que ustedes sepan esto” — y Tomás vio a don Braulio, de pie junto a la puerta, encajar la frase sin mover una ceja, con la paciencia de los que llevan treinta años siendo el villano equivocado —.
Y cuando Yago pasó a la última diapositiva — una mesa con carpetas azules y bolígrafos, “para los que quieran dar hoy el paso” — y doña Angustias ya se volvía hacia su marido con la cara iluminada de futuro, Tomás Abril levantó la mano.
La voz le tembló, conforme a lo previsto.
La mano no. —Una pregunta — dijo, y el salón entero giró hacia la segunda fila —.
Ha enseñado usted las gráficas de los que ganaron.
¿Cuántos de los que entraron con usted el año pasado han recuperado su dinero?
El número, digo. De cuántos entraron, cuántos salieron ganando.
Yago sonrió con la primera sonrisa no ensayada de la tarde, que fue como ver el forro de una prenda cara.
—Los resultados dependen del compromiso de cada…
—Porque yo he contado — siguió Tomás, y abrió la carpeta con las manos torpes de la gente honrada — catorce vídeos suyos donde promete lo mismo con tres monedas distintas.
Dos de esas monedas ya no existen. Esta de hoy es la tercera.
Y he encontrado un vídeo de hace tres años donde usted daba las gracias a las parroquias que le abrían sus puertas — esta parroquia, este salón, ese corcho — y en la segunda fila de su foto, señor Miral, en esta misma silla o en la de al lado, está sentada mi tía.
— Se le quebró la voz exactamente ahí, en la palabra tía, y la dejó quebrada, porque a esas alturas ya había entendido que la voz rota era la única credencial que aquel salón no le podría discutir —.
Cecilia. La de la mercería la conocía. Usted no se acordará de ella, porque ustedes no se acuerdan de las segundas filas.
Pero de su cuenta de ahorro salieron sesenta y ocho mil euros en dos años, y yo llevo desde el funeral intentando saber a dónde, y no le voy a acusar a usted de nada que no pueda probar — no puedo probar nada, aún —, pero sí puedo hacer la cuenta delante de todos: si de esta sala salen hoy cuarenta firmas de tres mil euros, son ciento veinte mil.
La merienda la pone la parroquia. El riesgo lo ponen ustedes.
Y el coche, se lo digo porque lo he mirado, lo pone una empresa de alquiler de Arrecife: veintinueve euros al día, con el seguro aparte.