Capítulo 6 — Edipo ante el espejo conocerse para no engañarse
En verano las recompró.
I. El test de idoneidad
Después del susto de las flechas, el banco de Tomás Abril consideró oportuno conocerlo mejor, para lo cual le sometió, por imperativo regulatorio europeo, a un cuestionario de doce preguntas titulado Test de Conveniencia e Idoneidad del Inversor.
La primera pregunta ofrecía cuatro retratos posibles de Tomás Abril para que Tomás Abril eligiera el suyo, como en una rueda de reconocimiento.
La quinta le preguntaba qué haría si su inversión cayera un veinte por ciento, con tres respuestas que venían a ser: a) vender presa del pánico, b) mantener la calma con dignidad, c) comprar más con gallardía.
Tomás marcó la b, naturalmente — la b la marca todo el mundo: el test no mide lo que uno haría, mide lo que uno querría haber hecho —.
A los tres días, una carta le comunicó solemnemente que era un “inversor de perfil moderado con horizonte de medio plazo”, diagnóstico que le produjo la misma emoción que su signo del zodiaco.
Aquella noche se lo contó a Alma, que corrigió el test en dos frases, como era su costumbre: “El banco ya sabe quién eres: el extracto se lo dice mejor que tú. El test no es para que te conozcan ellos, Tomás. Es para que el día del desplome no puedas decir que no te conocías.” Y ahí quedó, vibrando, la cuestión de este capítulo, que es la más antigua de todas y la única que ningún regulador ha sabido meter en doce preguntas: ¿quién contesta cuando yo contesto?
¿Y cuánto sabe de mí el que firma con mi nombre?
II. El campeón de enigmas que no sabía el suyo
La advertencia mayor sobre este asunto la dejó Sófocles en la figura del hombre más inteligente de Grecia — Newton con clámide, si se quiere, que las burbujas también repiten vestuario —.
A las puertas de Tebas, la Esfinge — rostro de mujer, cuerpo de león, alas de águila, y la afición de devorar a quien no acierta — proponía su enigma: ¿qué ser camina con cuatro patas al alba, dos al mediodía y tres al ocaso?
Generaciones de tebanos habían muerto sin la respuesta.
Llegó Edipo y la dijo sin pestañear: el hombre — que gatea de niño, camina erguido de adulto y se apoya en bastón de viejo —.
La Esfinge se despeñó, Tebas lo coronó, y el campeón mundial de enigmas se instaló en palacio.
Años después, la peste. El oráculo exige encontrar al asesino del antiguo rey, y Edipo, investigador soberbio, jura dar con él — maldice al culpable, interroga, deduce, estrecha el cerco con una competencia admirable —, hasta que el ciego Tiresias, hartado, se lo dice a la cara: el asesino que buscas eres tú [107] .
El resto es la anagnórisis más terrible del teatro: el hombre que sabía qué es el hombre en general no sabía quién era él — había resuelto el enigma de la especie y suspendido el propio —.
Y nótese la lección: el saber experto no protege del desconocimiento de sí; lo agrava, porque lo disfraza.
Los mercados están llenos de Edipos: analistas brillantes del enigma general — tipos, ciclos, valoraciones — que ignoran olímpicamente al sujeto que ejecuta sus órdenes; inversores capaces de explicar la Reserva Federal y no la propia mano que vendió en pánico un martes.
Tiresias, ciego, veía; Edipo, vidente, no.
El instrumento del conocimiento de sí no es el ojo que mira afuera: hay que conseguir otro, y a buscarlo dedicamos lo que sigue.
III. El pozo y la pirámide
Hegel, en sus páginas sobre el espíritu, dejó dos imágenes que el filósofo Derrida rescató y puso a brillar juntas, y que valen aquí su peso en oro — nunca mejor dicho [108] —.
La primera es el pozo : la inteligencia conserva sus imágenes en un pozo nocturno — una mina inconsciente donde todo lo vivido duerme apilado, sin orden visible, sin que el dueño sepa siquiera lo que guarda, hasta que algo (un olor, una pérdida, un precio) sube un cubo inesperado —.
Antes de Freud y su huésped desconocido, Hegel ya había excavado el sótano: somos propietarios de un almacén que no hemos inventariado jamás — el pozo donde duermen, entre otras cosas, todas las escenas originarias de nuestra relación con el dinero: la cara del padre ante una factura, la vergüenza de un patio de colegio, la abundancia o la angustia que se respiraba en una cocina —.
Nuestro “perfil de inversor” real no lo redactó ningún test: lo redactó el pozo, hace décadas, y sigue firmando con nuestra letra.
La segunda imagen es la pirámide : el signo, dice Hegel, es como una pirámide — un cuerpo visible que alberga dentro un alma depositada, un significado que no es suyo y que habita en él como el faraón embalsamado en su tumba —.
Derrida observó que toda la teoría del lenguaje cabe en esa cripta.
Y ahí se ve, de paso, que no hay pirámide más perfecta que un billete: un cuerpo de papel que alberga un alma ajena — el valor, la fe de todos, la promesa — depositada dentro como un muerto ilustre; sarcófago portátil que pasa de mano en mano sin que nadie piense en lo que transporta.
El dinero es semiología con esquinas. Y el autoconocimiento financiero, si se toman las dos imágenes juntas, queda definido con una precisión que ningún manual mejora: consiste en bajar al propio pozo con un candil — a ver qué imágenes dormidas administran nuestras compras, nuestros pánicos y nuestras avaricias — y en abrir de vez en cuando la pirámide — a comprobar qué alma hemos depositado nosotros en el dinero: si la del instrumento o la del faraón —.
Lacan añadió la advertencia sobre el candil: el yo que baja al pozo es él mismo una construcción del espejo — un retrato favorecido que el niño abrazó un día en el azogue y defendemos desde entonces [109] —, de modo que el descenso exige rodeos: el registro escrito, el desenlace comparado con la intención, el otro que ve nuestra nuca.
Nadie se audita a sí mismo a ojo: el ojo es parte interesada.
IV. Cera, cuerdas y un cuaderno
La tecnología para gobernar al que sube del pozo en los peores momentos la inventó el navegante de Ítaca en el episodio más citado y peor imitado de su viaje.
Quería oír a las sirenas: el canto que promete a cada navegante el conocimiento que más desea (las sirenas, detalle olvidado, no prometen placer: prometen saber — saberlo todo —; son el chivatazo definitivo, la información privilegiada cantada a dos voces [110] ) y que conduce, invariablemente, a los huesos de la playa.
Y su solución no fue la fuerza de voluntad, ese músculo del que todo el mundo presume en el test de idoneidad: fue el precompromiso .
Cera en los oídos de los remeros — que no deben oír nada —; él, que quiere oír, atado al mástil; y la orden dictada en frío, antes, cuando aún era dueño de sí: si suplico, si ordeno, si lloro pidiendo que me soltéis — apretad más las cuerdas —.
El navegante lúcido del mediodía legislando contra el navegante hechizado de la tarde: toda la economía conductual moderna, con sus arquitecturas de la decisión y sus aportaciones automáticas, es una nota a pie de página de ese mástil [111] .
Las reglas escritas en frío — el porcentaje que se ahorra el día de la nómina, antes de que opine el deseo; la norma de no vender en lunes de pánico; el plazo de cuarenta y ocho horas ante toda línea verde de cuñado — no son corsés para débiles: son la firma del yo lúcido gobernando en ausencia, que es la única forma de gobierno que funciona cuando cantan las sirenas.
El cuaderno rojo de Tomás, que llevaba con él desde la semana del funeral, estrenó por estas fechas una sección nueva, la más adulta: el diario de decisiones — fecha, decisión, por qué creo hoy que hago esto , y un espacio en blanco para el desenlace, que es donde el retrato favorecido va a juicio —.
Gracián habría aprobado método y precio: el aragonés llamó desengaño a ese oficio — no la amargura, sino el arte de irse quitando engaños como se quitan capas de pintura vieja, empezando por la más adherida, que es el retrato favorecido —.
Y Shakespeare dejó la ironía de guardia ante todo este apartado: el consejo más sensato de su teatro — ni prestes ni pidas prestado; y sobre todo: sé fiel a ti mismo — lo pronuncia Polonio, un cortesano fatuo que muere apuñalado detrás de un tapiz, espiando [112] .
Conocer la máxima no es vivirla: el papel lo aguanta todo, incluso el cuaderno rojo; lo que cuenta es la cuerda en el mástil.
La víspera del domingo, Tomás escribió en frío tres cuerdas para sí mismo, con fecha y hora: Uno: mañana hablo, pase lo que pase, aunque me tiemble la voz — la voz puede temblar; la mano que levanta, no —.
Dos: no acuso de nada que no pueda probar con lo que llevo en la carpeta.
Tres: si preguntan cómo lo sé — y van a preguntar —, digo la verdad entera.
Entera, Tomás. La libreta también. Los tres mil también.
Releyó la última cuerda dos veces, cerró el cuaderno y no durmió, que era lo previsto: el mástil no quita el canto — quita el naufragio.
V. La caverna, o el precio de ver
Queda por visitar, antes del domingo, el sótano más famoso de la filosofía, y hay que visitarlo bien, porque el uso lo ha gastado hasta dejarlo en póster: la caverna de Platón no es una alegoría sobre tontos que ven sombras y listos que ven ideas — es un mapa de tránsitos , y lo que se transita son regímenes de verdad, cada uno con su precio [113] .